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Los días del pasado

18 septiembre 2019 Críticas, Portada

Annie Ernaux | Foto: Babsy | WikiMedia Commons

“El lenguaje no es la verdad. Es nuestra forma de existir en el universo”.
Paul Auster

“He empezado a hacer de mí un ser literario, alguien que vive las cosas como si un día debieran escribirse”.
Annie Ernaux

La narrativa de Annie Ernaux comienza en 1974 con la publicación de Los armarios vacíos (publicado en España en Galba, 1976), y llega, por el momento, hasta Memoria de chica (Cabaret Voltaire, 2016). A lo largo de esos años, obra tras obra, la escritora francesa ha elaborado un conjunto literario de gran coherencia estética y discursiva, con variaciones formales y temáticas, pero siempre abogando por una mirada y una perspectiva muy particulares. Si bien sus primeras tres obras parecen adecuarse de manera más normativa a los contornos de la novela, tras El lugar (Tusquets, 1992; publicada originariamente en 1983), su cuarta obra, Ernaux varía hacia un trabajo no alejado de la novela, pero en el que la voz narrativa asume una personalidad cercana a lo autobiográfico. Ernaux, en muchos casos, se sitúa en el centro de sus relatos, de manera más o menos simulada, en un proyecto que se abre a diferentes vertientes, pero que tiene como base testimoniar la historia contemporánea de Francia con su vida y sus experiencias como perspectiva centrípeta alrededor de la cual desarrollar una visión descriptiva de cada momento. Sus obras conjugan la historia social y cultural, también política, con un intimismo autobiográfico que Ernaux utiliza como reflexión personal.

“La distancia que separa el pasado del presente quizá se mida por la luz esparcida por el suelo entre las sombras, deslizándose por los rostros, acentuando los pliegues de una falda, por la claridad crepuscular, sea cual sea la hora de la exposición, de una foto en blanco y negro”.

Espacios, vivencias
Ernaux nace el 1 de septiembre de 1940 en Lillebone (Francia), una ciudad obrera, de provincias, con apenas siete mil habitantes en aquella época. En 1945, tras terminar la guerra, sus padres regresan a Yvetot, su ciudad de origen, donde abren un comercio como el que tenían en Lillebone, mitad café, mitad tienda de comestibles.

Exceptuando obras como Pura pasión (Tusquets, 1993; publicada originariamente en 1992) o El uso de la foto (Cabaret Voltaire, 2018; publicado originariamente en 2005), y alguna otra obra entre ambas, Yvetot es el epicentro del universo narrativo de Ernaux. Es allí a donde vuelve a su infancia, adolescencia y primera juventud para recrear esos años y para interrogarse, y tiene en Los años (Cabaret Voltaire, 2019; publicada originariamente en 2008) quizá su más amplia y precisa reconstrucción de la época, de las películas que se veían, de los libros y revistas que se leían, de la vida diaria de una ciudad de provincias a la que, sin embargo, sí llegan las noticias de la guerra de Argelia, por ejemplo, donde mucho de sus jóvenes deben marchar a combatir. Es allí dónde Ernaux, como otras jóvenes de su edad, experimenta el deseo sexual y se enfrenta a una sociedad represiva.

Pero Yvetot es también un espacio representativo, en el recuerdo de Ernaux, de una división. Su madre, como narra en Memoria de chica, también figura esencial en la narrativa de Ernaux, intentó que su hija prosperase -ella venía del mundo campesino-, y la inscribió en un colegio católico en el que Ernaux descubrió, como también expone en Los años, mundos opuestos cuya confrontación se ha ocupado a lo largo de su obra de poner por escrito, de entender mediante la literatura -y la escritura-. Así, observa que su entorno familiar difiere mucho, sobre todo en cuestiones de lenguaje, de aquello que encuentra en la escuela; pero también que, en esta, hay amplias diferencias de clase. Algo que desubica a Ernaux, situándola en un espacio que no será capaz de abandonar: la permanente duda sobre su pertenencia a algo. Descubre que hay quienes dominan y quienes son dominados, y ella, desde entonces, se sitúa en el grupo de los segundos, postura política de fuerte conciencia de clase siempre presente en sus obras.

De ahí el uso de la literatura como escritura para ordenar la memoria y los recuerdos, para testimoniar, para plasmar en letra aquello que no quiere que se olvide; pero, también, como ejercicio (auto)reflexivo para comprender quién era y dónde estaba; quién es y dónde está. Y, con ello, para hablar de quiénes eran y dónde estaban, y qué sucedía, aquellos que la rodeaban.

“Quizá un día serán las cosas y sus nombres lo que no coincida y ya no podrá nombrar la realidad y solo quedará una realidad indecible. Ahora es cuando debe dar forma gracias a la escritura a su ausencia futura, empezar ese libro, todavía en estado de esbozo de miles de notas, que duplica su existencia desde hace más de veinte años, obligada a cubrir de golpe una duración cada vez más larga”.

Un deseo de escribir que surge en el año 1967, cuando su padre fallece. Por entonces, Ernaux ha desarrollado su carrera en la enseñanza, pero la muerte del padre hace brotar de nuevo ese sentimiento de duda sobre la permanencia. Para luchar contra esos sentimientos, escribe Los armarios vacíos, cuya protagonista cuenta en tiempo presente su aborto a la par que recupera recuerdos felices en compañía de sus padres -en un pueblo de provincia y en una tienda-café-, para constatar cómo ese sentimiento de exclusión social y de desigualdad borran esa felicidad.

Después de Los armarios vacíos, vendrán Ce qu'ils disent ou rien (1977) y La mujer helada (Cabaret Voltaire, 2015; publicado originariamente en 1981). Una, sobre sus años de juventud, elaborando de manera más amplia algunas cuestiones sobre su rebeldía que aparecen en otras obras de forma más o menos fragmentada o puntual; la segunda, para entregar un relato, bastante irónico y mordaz, no exento de humor negro, sobre su vida sexual matrimonial, ahondando desde su presente en el pasado del país y en el lugar que ocupaba la mujer y su sexualidad, arrancando con una panorámica alrededor de las mujeres, familiares o vecinas, que poblaron su infancia y su juventud.

El padre, la madre, la hermana
En 1984 se publica El lugar; en 1988, Una mujer (Seix Barral, 1988). En el primero aborda la figura de su padre, fallecido en 1967; en el segundo, la de su madre, fallecida en 1986. El lugar supone un punto de inflexión en su literatura y su primer éxito. Ernaux no solo rinde homenaje personal e íntimo a la figura de su padre, también lleva a cabo, siguiendo algunos elementos desarrollados en La mujer helada, una visión más general sobre una parte de la sociedad francesa, de origen humilde y sin acceso a la cultura, trabajadores y supervivientes de una sociedad -la de la ocupación alemana, la de postguerra-, que conectó con gran parte de los franceses. Ernaux emprende en El lugar ese recorrido por la Historia de su país a partir de su experiencia. Estilísticamente, depura su narrativa, logra que la sencillez estructural y gramatical esconda una enorme complejidad.

“Escribir sobre la propia madre plantea, a la fuerza, el problema de la escritura”.

Si la figura de su madre estaba muy presente en La mujer helada, sobre todo en la primera parte, en Una mujer retoma lo planteado en ella para desarrollarlo de manera más amplia. A través de ella, igual que en El lugar con su padre, se sirve de su vida para explorar su relación íntima y todo aquello que su madre hizo para que Ernaux tuviese una vida a la que ella no tuvo acceso, obligada a abandonar los estudios con poco más de diez años para trabajar en una fábrica. Una obra que lleva a cabo un interesante diálogo con Una mujer muy dulce, de Simone de Beauvoir

En No he salido de mi noche (Cabaret Voltaire, 2017), publicada originariamente en 1997, Ernaux recupera su diario íntimo -base de gran parte de su narrativa como fuente a la que la escritora regresa constantemente, tanto para citar como para cuestionar su pasado- durante los dos últimos años de vida de su madre, afectada de Alzheimer. Se trata de un texto desnudo, que expone los sentimientos de Ernaux en esos momentos. Recupera esas páginas diez años después del fallecimiento de su madre, y titula el texto a partir de sus últimas palabras. No he salido de mi noche es un libro crudo, doliente en su gravedad, por la objetividad de exponer cada día, a veces en apenas dos frases, la experiencia diaria de Ernaux de ver la decadencia física y mental de su madre, la cual, asusta a la escritora en varios sentidos. Primero, por lo que supone exponerse ante la pérdida inevitable de su madre, con la que ya no puede comunicarse, evidenciando día tras días que se convierte en otra persona; segundo, porque Ernaux ve reflejado en ella lo que, posiblemente, algún día ella sufrirá.

Si la reflexión sobre el cuerpo, propio y ajeno, es tema transversal en la narrativa de Ernaux, en No he salido de mi noche se presenta como fundamental en cuanto a cómo la escritora observa la decrepitud de la madre y en cómo lo contrasta Ernaux con el suyo, con su vida. El miedo hacia la desaparición es, quizá, incluso menor ante la idea, insoslayable, de la enfermedad física.

“Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginario, el sueño y la historia”.

En 2011, publica La otra hija (KRK 2014), donde aparece la figura de la hermana muerta de Ernaux, Ginette, fallecida en 1938, dos años antes de que ella naciera. La otra hija es una larga carta, en teoría, destinada a Ginette, pero en verdad supone un proceso de reflexión por parte de la escritora sobre un pasado traumático para ella, cuando en un momento dado de su vida descubre que la existencia de Ginette le fue ocultado durante tiempo; apenas tiene información sobre ella, y a través de la poca documentación fotográfica -y algún recuerdo-, intenta reconstruir ese pasado y, con él, ahondar en un sentimiento humillante que fue, desde ese momento, el que acompañará a la escritora durante su vida. En su brevedad, La otra hija propone un ejercicio literario que, de manera dialéctica en el interior del texto, sitúa a la escritura como forma de evocar, de transmitir y de representar el pasado, de testimoniarlo; pero también la dificultad cuando, carente de fuentes que alimente el recuerdo, es imposible tener pruebas más o menos fehacientes sobre él.

La vergüenza (Tusquets, 1999), publicada en 1997, reúne de nuevo a sus padres para relatar lo que sucedió en su casa el 15 de junio de 1952. El libro comienza, precisamente, resumiéndolo: “Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio. Fue a primera hora de la tarde”. A partir de ese suceso, en su primera parte, desde un aspecto sociológico, ahonda en las causas generales; en la segunda parte, analiza, con vistas a lo expuesto en las páginas anteriores, qué códigos de convivencia, en toda su amplitud, regían los comportamientos de su hogar. A continuación, se adentra en su experiencia en la escuela, buscando en la educación conservadora y religiosa elementos que puedan explicar ese acontecimiento tan traumático para ella. Finalmente, aúna todo lo anterior para dar una visión general. La vergüenza es un libro impactante, aunque no por ello se encuentra entre lo mejor de Ernaux. Hay algo automático en el procedimiento y cierta repetición de escenarios e ideas ya previamente elaborados en su obra, pero permanece el acercamiento hacia una imagen adscrita a su memoria, la cual cree recordar de manera límpida, pero, a su vez, resulta borrosa.

“¿No habré querido, subrepticiamente, desplegar ese momento de mi vida para experimentar los límites de la escritura, llevar hasta el extremo la lucha contra la realidad?”.

Tras La vergüenza Ernaux publica una de sus novelas más celebradas, El acontecimiento (Tusquets, 2001; publicado originariamente en 2000). En ella, la escritura organiza la narración entre 1999 -presente de su escritura, y cuando la escritora recoge los análisis de la prueba de Sida, que, dan resultado negativo- y 1963/1964, cuando descubre que está embarazada y decide abortar. Hasta 1974, en Francia, el aborto era ilegal. El tema está presente en gran parte de su narrativa desde diferentes perspectivas, pero aquí toma el protagonismo absoluto. En El acontecimiento, Ernaux mira hacia aquel momento, de nuevo, para organizar los recuerdos, para que tomen cuerpo mediante la escritura. También para usar su experiencia, analizando cómo su decisión fue recibida en su ámbito más cercano e íntimo, como forma de exposición de una organización social.

Tanto La vergüenza como El acontecimiento, dos obras de diferente temática, pero conectadas de manera muy directa, tanto que pueden conformar una suerte de díptico, presentan estrategias estructurales y narrativas muy cercanas, y no es de extrañar que sus publicaciones se encuentren en medio de otras tres: Journal du dehors (1993), La Vie extérieure (2000), Se Perdre (2001), así como de la comentada No he salido de mi noche, diarios íntimos que Ernaux publica como complemento de sus “novelas”. De hecho, dan cuenta de lo narrado en ellas, pero con el punto de vista, en teoría, directo del momento.

Por ejemplo, Se Perdre amplía sustancialmente lo expuesto en Pura pasión, publicada en 1992 con gran éxito de ventas y no exenta de polémica. En ella se aleja de sus recuerdos de juventud y habla sobre una mujer -podemos entender que el alter ego de Ernaux- que espera a un hombre, un diplomático ruso con el que la narradora mantiene una relación sentimental de un año. Novela cruda, desnuda y honesta, fue entendida por muchos como simplemente obscena. Pura pasión puede leerse como una descarnada historia emocional y pasional y, a su vez, como una deconstrucción de ese tipo de narraciones a partir de ciertos elementos arquetípicos. También como un ejercicio de recuperación de los sentimientos y de la experiencia extrema de aquel momento mediante la escritura. Pura pasión, en medio de libros y diarios de (auto)biografías familiares, surge como una obra singular, tan honesta y valiente como, por ejemplo, El acontecimiento y que, en su comparación, arroja luz sobre la complejidad que anida bajo la fragmentación y aparente sencillez de la obra de Ernaux.

“Explorar el abismo entre la espantosa realidad de lo que ocurre, en el momento en que ocurre y la extraña realidad que reviste, años después, lo que ha ocurrido”.

La ocupación (Herce, 2008), de 2002, resulta en cierto modo un complemento de Pura pasión, aunque escrito dos décadas más tarde. En esencia, es un libro sobre los celos: la narradora recibe la llamada del hombre con el que hasta entonces había mantenido una relación y le comunica que se irá a vivir con otra mujer. A partir de ahí, La ocupación es el relato, casi fabulador, de la furia de la narradora al sentir que otra mujer ocupará su lugar. El procedimiento, como decíamos, recuerda a Pura pasión: a partir de las formas de una novela de sentimientos descarnados, Ernaux expone con crudeza lo íntimo, en este caso, pensamientos que bordan lo cruel, para, finalmente, llegar a un momento de indiferencia tras la desaparición de las pasiones y las iras previas. Entre los elementos interesantes de La ocupación se encuentra cómo Ernaux lleva hasta el límite las descripciones literarias, como la escritura se convierte en un complemento, en su ejercicio, de esa locura que ahoga a la narradora. Del mismo modo, aparece la distancia temporal entre lo vivido y su plasmación por escrito. Una distancia que sirve no tanto para tomar perspectiva, que también, como para poder enfrentarse a los recuerdos sin vergüenza. No hablamos, ni mucho menos, de literatura como terapia, sino de escritura para reinterpretar lo acontecido, para dar un orden, que no una explicación, y ahondar reflexivamente en aquello que se narra.

Imágenes y cuerpos
“El mayor grado de realidad, sin embargo, se alcanzará solamente si esas fotos escritas se transforman en otras escenas en la memoria y la imaginación de los lectores”.

Además de usar de forma explícita o a partir de citas puntuales su diario íntimo como fuente de documentación, Ernaux, desde El lugar, procede en muchas ocasiones al uso de imágenes, de fotografías, para recuperar el pasado. No es de extrañar que, junto a Marc Marie, publicase en 2005 El uso de la foto. Un proyecto que surge cuando Ernaux y Marie deciden fotografiar, antes o después de sus encuentros sexuales, cómo quedaba la ropa dispersa por la casa.  Una de las diferencias entre El uso de la foto y otras obras de Enaux en que cita imágenes se encuentra en que en esta ocasión podemos verlas, pero, en esencia, su uso responde a una misma pulsión: la imagen como detonante de un recuerdo, de un momento, a partir del cual dar forma a la palabra. Otra diferencia es la distancia de la escritura: en este caso, apenas dos años desde la toma de esas fotografías y la escritura -o la publicación al menos-. Ernaux habla casi en presente, algo que, en términos generales, no suele suceder en su obra.

Pero no es El uso de la foto un ensayo sobre la imagen -aunque en el fondo algo de eso tiene-, ni, como en otras ocasiones, una mirada íntima a partir de la cual articular discursos sociales más amplios. Se trata de un libro muy constreñido a ese momento, a una vivencia que va más allá de la relación con Marie y sus encuentros sexuales retratados en las imágenes. Por entonces, Ernaux se encontraba en tratamiento médico debido a un cáncer de mama. Erotismo y enfermedad, también lo mortuorio, se dan la mano en un relato muy oscuro y, por momentos, incluso hermético, en el que la prosa de Ernaux está más cerca de Pura pasión o La ocupación, que de otras obras en cuanto a lo crudo y desnudo.

Si lo corpóreo había tenido siempre un papel importante en sus obras, en El uso de la foto surge con más fuerza: cuerpos sexuales y cuerpos enfermos en unos rituales -la toma de las imágenes termina siendo una suerte de ritual- que dan consistencia vital a Ernaux durante una época en la que la enfermedad, siempre tan temida -recordemos No he salido de mi noche-, aparece de manera abrupta y violenta. Ernaux toma conciencia, como nunca, de su cuerpo. De su fragilidad y su caducidad; también de su poder, de su sexualidad.

“La ausencia de sentido de lo que se vive en el momento en el que se vive es lo que multiplica las posibilidades de escritura”.

En Memoria de chica, hasta el momento su última obra publicada, Ernaux se sumerge en el verano de 1958, cuando experimentó su primera relación sexual durante un campamento en el que era monitora. A partir de esa noche, desde su presente, reconstruye su vida por entonces a través de imágenes y cartas, buscando a sus compañeros de entonces, intentando mediante la escritura extender un momento, un instante de gran trascendencia para su vida. No tanto por la pérdida de la virginidad, que también, si no por lo que eso significaba en ese momento, por lo que supuso para Ernaux después. Las imágenes y anotaciones de su diario apenas sirven a la escritora para entender algunas sensaciones, algunas decisiones. De nuevo, aparece la sociedad de su momento, sus restricciones y sus tabúes; también los deseos y las aspiraciones de los jóvenes. Memoria de chica es, quizá, una de las obras de Ernaux más melancólicas, en la que la distancia con lo relatado no sirve, como en obras previas, para el simple proceso de testimoniarlo. Hay, a su vez, un intento, casi desesperado, de preservar, de salvar incluso, esos momentos. Algo que ya había planteado en otra obra igual de melancólica, Los años.

“Todas las imágenes desaparecerán”.

Así comienza Los años, una autobiografía impersonal -en palabras de Ernaux-, que supone un compendio, casi obra magna, de su narrativa. Para quien haya leído, total o parcialmente, sus obras anteriores, Los años puede no sorprender a nivel de elementos argumentales o narrativos. En ella, Ernaux abarca cuarenta años de la historia de Francia a partir de su experiencia de una manera brillante en cuanto a la manera en la que, en muchos casos, de nuevo, a través de fotografías, retrata un itinerario social y político a partir tanto de los acontecimientos históricos en mayúsculas, como desde lo íntimo y personal. Con un ritmo magnífico, Los años es una biografía insertada en la colectividad; o bien, una colectividad explicada a través de una biografía. En cierto modo, recuerda a Una vida, Guy de Maupassant.

Pero si algo distingue a Los años de otras obras de Ernaux, se encuentra en que ella aflora un sentimiento más acentuado de necesidad de salvar esos recuerdos. Esto provoca la enumeración de acontecimientos tanto personales como históricos, de referencias de lecturas, de películas y de revistas, de la transformación social de la Francia de postguerra. Así, Los años deviene en crónica de unas décadas, de esos años que son, a su vez, los que ha vivido. Resulta muy interesante el análisis que hace de la generación del mayo de 1968: de las pulsiones del momento, pero también de cierta desilusión posterior hacia la evolución de la sociedad y la política francesa: “Los ideales de Mayo se convertían en objetos y diversión”. A este respecto, aunque centrada en Francia, Los años resulta una crónica mucho más amplía sobre el devenir de la sociedad europea. Y ahí en la mirada una clara melancolía, cuando no tristeza, sobre aquello que nunca fue y pudo ser.

Los años desprende un tono casi desesperado por recoger en sus páginas todas las imágenes, las vivencias, las experiencias, los recuerdos, personales y sociales. Testimoniarlos y revivirlos a través de una escritura en la que Ernaux muestras ese estilo neutro y sencillo, pero cargado de complejidad, que caracteriza su narrativa. No hay artificio. Simplemente la palabra. Los años, como el resto de las obras de Ernaux, supone una lucha constante por conseguir que esos recuerdos permanezcan. Un ejercicio personal de una escritora enfrentada al proceso de creación: la escritura como parte indisociable de esas vivencias y como forma única de dar sentido a una existencia.

“No será un trabajo de rememoración, como suele entenderse generalmente, con la pretensión de relatar una vida, una explicación de sí. Solo mirará en su interior para encontrar el mundo, la memoria y el imaginario de los días pasados, captar el cambio de las ideas, de las creencias y de la sensibilidad, la transformación de las personas y del sujeto, que ella ha conocido y que no son nada, quizá, frente a quienes conocerá su nieta y todos los vivos en 2070. Ir a la caza de las sensaciones que ya están presentes, pero sin nombre, como la que la mueve a escribir”.

Etiquetas: aborto, Annie Ernaux, autobiográfico, El uso de la foto, Francia, memoria, recuerdos

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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