Revista de Letras
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"Contra el viento del norte", de Daniel Glattauer

19 agosto 2010 Críticas

Contra el viento del norte. Daniel Glattauer
Traducción de Macarena González
Alfaguara (Madrid, 2010)

Poco a poco voy asimilando que debería huir despavorido cuando pretenden venderme un libro haciendo uso del éxito obtenido en otros países. Cuanto mayor sea el número de ejemplares vendidos, más lejos debería estar de él. Sin embargo, he vuelto a cometer el error de acercarme a un best seller, Contra el viento del norte, novela que despertó mi curiosidad en mala hora. Para ser consecuente, expondré la opinión a vuelapluma, técnica que parece ser utilizada también por Daniel Glattauer para escribir.

Dos personajes, Emmi y Leo. Ambos parecen vivir en una eterna adolescencia a pesar de su edad (que no desvelaré porque, ¡oh! es un dato fundamental que forma parte de la "intriga", imaginen el nivel), y mantienen una relación amorosa a través de mensajes electrónicos sin conocerse, debido a un error de la primera al querer anular la suscripción a una revista. A golpe de correo, nos vamos enterando de pequeños detalles de sus vidas, para nada felices, y nace una relación que nunca les sacará de la pantalla del ordenador, salvo en una ocasión en la que se citan como dos pipiolos para jugar a intentar descubrirse entre el ambiente de una cafetería.

Siento lástima por Emmi y Leo, que llegan a crear una fantasía (sin que se elabore juego de seducción alguno) de manera tan ridícula. Sus vidas, por supuesto, han de estar tan vacías que la única manera de llenar los huecos es intentando volver a tener quince años. Daniel Glattauer, el hombre que ideó semejante cosa, ha sabido darle al público algo con lo que identificarse: La comunicación presencial se ha resentido a consecuencia de la facilidad con la que nos desenvolvemos en internet. No es que nos comuniquemos menos, es que no sabemos con quién nos comunicamos porque nuestro interlocutor ya no está frente a nosotros. Está "al otro lado". Y esa cercanía con la experiencia de millones de personas, sospecho, es lo que provoca el éxito de la novela. O quizás sea el querer sentirnos como estos dos personajes porque nuestra vida, como la de ambos interlocutores, está hecha un desastre. Tanto una opción como la otra debería hacernos reflexionar seriamente en lo que aceptamos como un buen libro y en lo que nos ha llevado a reconocer que nos gusta. Da un poco de miedo, ¿no? Pero, por eso, Contra el viento del norte es tan fácil de leer como de olvidar. La consumimos de la misma manera que nuestra vida: Cuanto menos pensamos mientras vivimos, más entusiastas.

La narración no es tan original ni tan fuera de lo común como la pintan. Sospecho que en las carpetas privadas de la mayoría de nuestros correos conservamos correspondencia mucho más interesante y visceral que la que contiene esta obra. Seguro que nos encantaría colarnos en el gmail de una cuñada para chismorrear. Pues Glattauer nos ofrece algo así como el sustituto del correo de la mujer que aguanta a nuestro hermano.

Por supuesto, lo de citar piezas maestras de la literatura epistolar, a Flaubert o a Zweig, como se ha leído en algunas críticas, me parece fuera de lugar. Insisto en que la seducción, imprescindible en este tipo de relaciones, brilla por su ausencia. No hay nada inventado, claro, pero tampoco pongamos el libro de Glattauer a una altura que no le corresponde. Semejante ñoñería, más cercana a la literatura de Federico Moccia, no puede mezclarse con los clásicos, háganme el favor. Y les aseguro que si deciden leerlo sin referencias a los intocables, al menos llegarán a reirse.

Estamos, digámoslo ya, ante la superficialidad en estado puro, una historia hueca cubierta de celofán para lectores poco exigentes, con dos personajes cuyas reacciones son más propias de chavales inmaduros que de personas con amplio bagaje emocional. Emmi es una mujer agotadora, pesadísima, manipuladora, celosa, egoista, que cuando algo le molesta o se siente incómoda se dedica a escribir sobre el tiempo. Y Leo es tan corto que le sigue el juego en varios mensajes soporíferos sin acabar de echar el cierre. Seguir sus textos, largos o breves dependiendo de las ganas de escribir que tuviera Glattauer, es una manera estupenda de adentrarse en la siesta. No quiero olvidarme de los golpes de efecto facilones, a modo de cliffhanger televisivo (creo que esto ya lo he utilizado en alguna otra reseña, debe estar de moda), que desvían la atención para alargar la trama (no me tiren de la lengua, evitemos arruinar los pocos momentos que pueden hacer entretenida la lectura) rumbo a una segunda parte (¡!) que se anuncia al final del libro: Cada siete olas. El título de la continuación ya remite a la rutina. Si se atreven con la primera y sus energías neuronales están bajo mínimos, podrían llegar al orgasmo y recomendársela a todos sus amigos.

Les doy un consejo: Por favor, denle la oportunidad a una obra mucho más intensa, elaborada y repleta de recovecos que, a mi juicio, ya perjudicado debido a novelitas como la que nos ocupa, resulta de mejor factura, abordando una relación a través de internet y sms: El arte de perder, de Lola Beccaria, ganadora del Premio Azorín y publicada por Planeta. Léanla y comenten. De antemano, les prometo unas horas mejor aprovechadas que con el super éxito de Glattauer.

Y, como digo siempre, empecemos a valorar los libros por lo que son y no por lo que aparentan o pretenden ser.

José A. Muñoz

Etiquetas: Alfaguara, Contra el viento del norte, Daniel Glattauer

Sobre el autor

José A. Muñoz

José A. Muñoz (Badalona, 1970), periodista cultural. Licenciado en Ciencias de la Información, ha colaborado en varias emisoras de radio locales, realizando programas de cine y magazines culturales y literarios. Ha sido Jefe de Comunicación de Casa del Llibre y de diversas editoriales.

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