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Revista de Letras
10 años de Periodismo Cultural

El lenguaje y los cuerpos

Nigella | Foto: Michael Gaida | Pixabay Commons

Durante la lectura de Peach, primera novela de la galesa Emma Glass, es fácil evocar, por su carácter reciente, otras dos obras con las que mantiene ciertas consonancias. Por un lado, A Girl Is a Half-formed Thing, de Eimear McBride; por otro lado, La vegetariana, de Han Kang. En los tres casos afrontan el tema del dolor en sus personajes femeninos, pero también se asoman a su corporeidad, a la gestión que hacen de sus cuerpos, ellas y los demás, así como problematizan la sexualidad. También porque, con diferentes resultados, las tres novelistas afrontan sus narraciones atendiendo de manera muy específica al lenguaje, esto es, a cómo transmitir ese dolor, esas heridas abiertas tanto en la carne como en su interior, a cómo proyectar un sufrimiento personal en unos contornos sociales muy precisos, o carentes de ellos, como en cierta manera sucede en Peach, a través de una búsqueda de un estilo que sin abandonar lo narrativo lo trascienda y confeccione un territorio literario nuevo. Explorar y entender el lenguaje como única manera, en su reformulación, de poder expresar esos sentimientos y esas sensaciones. En definitiva, buscar una voz propia y novedosa.

“Cierro la puerta de mi habitación y me apoyo contra ella. Miro a mi alrededor. No sé qué estoy buscando. Recojo la toalla y la vuelvo a extender en el mismo lugar. Me saco el clínex empapado de entre las piernas y lo tiro a la basura. Busco un hilo de color rosa o melocotón en el costurero. No encuentro ninguno. Uso el blanco”.

Peach es una joven que llega a casa y se encierra en el baño, mientras en la parte inferior de su casa sus padres, de manera jovial, preparan la cena. Pero Peach ha sufrido algún tipo de agresión, entendemos rápidamente que sexual, en el momento en que decide coserse la vagina. Las primeras páginas de Peach resultan impactantes en la concentración que Glass lleva a cabo de emoción y brutalidad, por los contrastes entre lo que sucede fuera del cuarto de baño y aquello que acontece en su interior como extensión del trauma recién adquirido. A partir de ahí, la novela sigue a Peach durante los días siguientes a su agresión, intentando mostrar una cotidianidad reconocible frente a una abstracción que comienza con el nombre de los personajes, remitiendo a frutas o alimentos de manera metafórica, y sigue con la percepción de Peach de la realidad. Todo encaminando hacia una venganza y una descomposición, o varias, en un terreno literario, el creado por Glass, en el que lo físico —tanto los cuerpos como los flujos, por ejemplo— toma una forma muy definitoria como manera de expresar el interior.

“Debo haber aspirado todo el aire de la habitación, porque ya no puedo respirar. Voy hasta la ventana y abro el pestillo y un chillido, el marco chilla cuando subo la hoja. Saco el rostro al aire libre e inspiro, inspiro. El aliento que espiro que se congela y vuelva vuelto niebla. El día se ha vuelto gris. Dios debe de haberse tomado ya el desayuno y los tés porque ahora todas las nubes son una, tan extensa que no la abarcan mis ojos. El día se ha hecho mayor y se ha le ha puesto el pelo gris. No me importa. Me gustaría que este día. Se acabara. El aire frío se me mete en la nariz, me entumece los orificios nasales, me anega de escarcha la faringe. Y ah. Inhalo el aire que se me aferra a los pelos de la nariz, el aire que se me congela en la garganta, el aire que me atraganta. Me atraganta. El olor. El. Olor. A. Humo. Cerdo a la parrilla”.

Sexto Piso

Glass no descontextualiza la acción de su novela, pero tampoco crea unos perfiles muy definitorios ni de época, ni de tiempo, ni de lugar. Se puede precisar algunos elementos a partir de la familia de Peach y de sus movimientos, pero la escritora está más interesada en conformar una fábula atemporal, tan absurda como cruda, de pura abstracción física. Para ello opta por un estilo de frases cortas, en ocasiones, tan solo una palabra. El uso del flujo de conciencia —como también lo usaba McBridge— sirve para mostrar el presente de Peach, con inmediatez y de manera directa, a la par que evidenciar la manera tan particular de concebir la realidad de la joven, quizá por desequilibrio, quizá por la necesidad de concebir lo real de una manera diferente para enfrentarse al dolor y a la herida. El miedo hacia su agresor, Lincoln, cuya presencia es constante en su mente y, por tanto, en las páginas de Peach, conducen a la joven hacia una cotidianidad extraña en la que las relaciones con su novio, Green, están tan afectadas en un primer momento, mientras sus padres mantienen relaciones sexuales en su casa de manera abierta y sin tapujos. A la par, Peach siente de manera paulatina cómo su estómago se hincha, quizá esté embarazada o quizá se esté produciendo en su interior algún tipo de manifestación que no alcanza a comprender.

Los grandes logros de Peach se encuentran en cómo Glass conjuga unos cuantos elementos narrativos para transformarlos mediante el lenguaje en algo diferente. Glass crea imágenes de gran potencia en su evocación, a veces por la ternura en cuanto a lo que siente Peach; en otras ocasiones por la dureza que transmite su manera de concebir la realidad desde lo violento, desde la amenaza que anida, al menos así lo siente ella, desde cualquier rincón. La realidad para Peach se ha convertido en algo diferente, de ahí su manera de percibirla y pensarla: y ahí Glass se adecúa a la creación de esa percepción a través de la experimentación literaria, creando con el lenguaje un espacio personal que subvierte la realidad.

“Lo huelo antes de verlo. El hedor a carne de cerdo podrida se expande por el aire estancado y húmedo del callejón. El aire está denso, cargado de glóbulo de grasa. Veo su cuerpo hinchado deslizándose sobre la acera. Su cuerpo es firme y abultado, está erecto y rueda hacia mí. Veo que el tajo de su cara se abre completamente cuando me ve, un tajo negro abriéndose completamente, y en su interior un cartílago de cerdo rosa y ennegrecido comienza a erizarse”.

La novelista galesa entiende que, aunque esté narrando una historia cuyos parámetros son más o menos reconocible, no puede hacerlo de manera normativa. Aunque de desarrollo lineal, la concisión temporal y espacial de Peach permiten a la escritora poder centrarse en la desfiguración espacial que lleva a cabo Peach, percibiendo su realidad y modificándola en su mente. Del mismo modo, Glass se esfuerza en conferir a sus páginas de una gran fisicidad para hablar de un cuerpo que se está transformando después de lo sucedido, para hablar de cómo la joven Peach debe gestionar la violentación física que ha sufrido.

Su cuerpo, ya no es su cuerpo. O es un cuerpo muy diferente al que era. Por eso se transfigura de manera extraña, lindando con lo fantástico, en la parte final de la novela; quizá una resolución discutible en cuanto a lo que tiene de relación con el trauma y el dolor, como respuesta a ambos. Pero Glass ha conseguido con Peach convertir la literatura en cuerpo, que el lector pueda sentir en su lectura cómo la protagonista se relaciona con un cuerpo que ha sido maltratado y violentado y, por tanto, transfigurado y transformado en algo diferente. Y Peach, enfrentada a esa circunstancia, debe tomar posición de nuevo de la gestión de su cuerpo como forma de mitigar el dolor. Eso, y una decisión violenta, quizá imaginada, que Glass conduce hacia un absurdo que no evita el impacto de las imágenes. Con sus altibajos, Peach supone una novela magnífica por su exploración del lenguaje y la experimentación con él para crear territorios literarios nuevos sobre una base conocida. Reconstruir la mirada hacia los cuerpos y el dolor.

“Un desgarrón me rajo un tajo un desgarrón maduro crudo. Escupo por el tajo que tengo ahí abajo, entre las piernas. El tajo el corte que no se ha curado. La carne mojada se desgarra, se descarna. El vello anaranjado y la carne anaranjada flotan enfrente de mí, delante de mis ojos. Estoy perpleja estoy sobrecogida estoy acongojada estoy jodida”.

Etiquetas: agresión, cuerpo, Eimar McBride, Emma Glass, Han Kang, Peach, sexualidad

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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