Revista de Letras
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Escohotado sin límites

La crítica literaria no es un oficio fácil, requiere una ecuanimidad que, no pocas veces, resulta complicada de mantener, pues cegados por nuestras propias ideas, por nuestras más férreas convicciones, realizamos juicios de valor desde la transversalidad y parcialidad de una única perspectiva crítica. No se trata de abandonar las propias convicciones, no hay peor traición que traicionarse a uno mismo; sin embargo, quienes nos dedicamos a escribir sobre obras ajenas debemos ser capaces de reconocer los méritos del autor, la valía de la obra, a pesar de no comulgar con las ideas allí expresadas.

Consciente de ello y consciente del reto intelectual que supone adentrarse en la magna obra de Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio. Historia moral de la propiedad privada, me resulta, ante todo, imposible no subscribir las palabras del profesor Juan Carlos Usó, quien afirmó que estamos frente a "una aportación fundamental sobre la supervivencia del capitalismo".

En este segundo volumen, Escohotado continua su estudio acerca del concepto de propiedad y busca, como él mismo afirma, reconstruir la historia de "quienes, y en qué contextos han sostenido que la propiedad privada constituye un robo, y el comercio en su instrumento". Convencido de que no deben ponerse límites en el sistema capitalista, Escohotado señala, tras sugerirme que me informe "en vez de repetir consignas", que "la realidad merece respeto y está llena de instructivos detalles, con ayuda de los cuales podemos ir por el mundo teniendo todos los sentidos abiertos, no como quien se tapa los ojos para evitar cuadros pecaminosos".

Antonio Escohotado lee con atenta minuciosidad cada uno de los detalles que han conformado la realidad a lo largo de la historia; no se tapa los ojos frente a los frecuentes "cuadros pecaminosos" cuando se enfrenta al siglo XIX y analiza "los azares inherentes al comunismo instrumental y al comunismo como fin en sí mismo". Si bien me insiste que "Los enemigos del comercio solo intenta remediar la ignorancia –para empezar la mía propia- sobre qué ocurrió y cómo, qué dijo o no esta y aquella persona", preguntarse acerca de lo que ocurrió, tratar de hallar una respuesta a dicha pregunta, obliga al estudioso a posicionarse, le obliga a decidir desde donde observar el pasado y sus protagonistas y, sobre todo, desde dónde hablar al presente. Le comento que todo planteamiento filosófico es un cuestionamiento de las ideas hasta entonces sostenidas, pero él parece no estar de acuerdo e insiste una vez más que su investigación no se orienta a un "cuestionamiento de las ideas, sino a precisar qué ocurrió aquí y allá, permitiéndole al lector decidir por sí mismo". Sin embargo, resulta poco creíble pensar en Los enemigos del comercio como una simple descripción de cuánto ocurrió. El lector, en realidad, se halla frente a un ensayo, donde el autor condena todo posicionamiento contrario a la propiedad privada y al liberalismo, afirmando que quienes se oponen a la propiedad son aquellos que "obtuvieron peores cartas".

Espasa

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Una historia más allá de buenos y malos
Sin duda no sería de rigor por mi parte definir esta afirmación como una boutade, pero el escenario actual de crisis, obliga a preguntarse, no sin cierto estupor, si resulta ética y filosóficamente válida un comentario tal acerca de quienes critican, no la propiedad que en sí misma, sino el sistema que niega la propiedad pública en pos de la iniciativa privada. Escohotado es tajante en cada una de sus respuestas: con mi pregunta demuestro haber pasado "por alto todo el volumen I de la obra, dedicado a las peripecias derivadas de reunir como si fuesen hermanos a los pobres de espíritu, los afligidos y los perseguidos". No niego la parcialidad de mi lectura, en absoluto; ni siquiera niego mi indudable ignorancia filosófica, sin embargo no puedo dejar de preguntar si, en verdad, la culpa de estar peores cartas no es de quién las distribuye y no de quien las posee. "Solo puedo recordarle", matiza Escohotado, "que mi esfuerzo ha sido y es rememorar el pasado para que deje de ser un cómic circunscrito a buenos y malos, donde la simpleza escamotea por norma el complejo pormenor del tema". La historia de Occidente no es una simple historieta de cómic, ni siquiera es un western en el que malos y buenos se reparten parte del protagonismo, sin embargo, en la historia, como ya demostró Walter Benjamin, hay vencedores y vencidos, los primeros la escriben, mientras los segundos permanecen ocultos por ese relato oficial que los niega. El Angelus Novus de Klimt se convertía, en las tesis benjaminianas, en la mirada del historiador que vuelve a mirar hacia atrás para rescatar la historia perdida, aquella que los anales nunca recogieron.

Algunos críticos criticaron el mesianismo de la filosofía de la historia de Benjamin, pero fue precisamente ese mesianismo, esa idea de un posible rescate final, lo que permitió al filósofo alemán seguir escribiendo en busca de aquellas ruinas perdidas. La búsqueda incesante, la convicción -en estos días tan difícil de conservar- de que una realidad otra es posible, hace que el concepto de utopía no sólo reaparezca, sino que se haga indispensable. "La utopía es una memez y una inmoralidad", afirmó en una ocasión Escohotado, pero ¿acaso la utopía no evita caer en la aceptación pasiva de la realidad y del sistema presente? La ingenuidad de la juventud, piensa el filósofo, mientras recuerda cómo "unas 1.300 páginas sobre distintas reformas e iniciativas muestran que las de estirpe realista salieron adelante en bastantes casos, y las de estirpe utópica o bien se mantuvieron en la inanidad o bien fueron atropellos salvajes a la dignidad humana".

De la utopía a la dialéctica negativa
De la misma forma que negar la utopía implica indiferencia y desconfianza, la confianza en el esquema dialéctico hegeliano, según el cual la síntesis final en el punto final de la oposición ente tesis y antítesis, puede llevar a una ausencia de crítica, a un momento reflexivo vacío; esa "síntesis definitiva", precisa Escohotado, quien se presenta como un "scholar hegeliano", "carece de sentido dialéctico, y solo puede emparentarse con un desiderátum efectivamente vacío de crítica y reflexión". No hay, sin embargo, desiderátum alguno en mi pregunta, sino el intento de buscar la manera de huir de la cosificación a la que se refería Adorno en Dialéctica de la Ilustración. Me pregunta si he leído últimamente al filósofo de Frankfurt, sí le contesto ahora, le leo y le releo, convencida de que aquella ilustración que condujo hasta Auschwitz es la misma que nos ha conducido hasta el presente actual. "El volumen II", contesta el autor en referencia a la huída de la cosificación, "le dedica un epígrafe específico, y tras analizar uno por uno los ejemplos de Marx descubre que su tratamiento del tema no puede ser más cosificador, porque la fluencia de lo real se canaliza a través de verbos, y él pretende sustituirlo por aliteraciones de adjetivos, como los 17 empleados para definir la mercancía". Insisto en la necesidad de releer a Adorno: "En los años 60 me pareció muy lúcido, pero al releerle compruebo que no tiene ni idea de economía política".

Su respuesta me reafirma, no hay síntesis, no hay acuerdo, la dialéctica de la entrevista debe continuar y continúa a través de Max Weber; recuerdo que en la entrevista que le realizó Rafa Ruiz, Escohotado había afirmado que los protestantes, a los que aquí se había combatido, "eran la única fuerza viva e interesante del mundo". No puedo dejar de interrogarme de si la historia, de si nuestra historia, hubiera sido distinta si el protestantismo hubiera arraigado en nuestra tierra. No puedo sino pensar que la propia Madame de Staël miraba con melancólica envidia a Alemania a la vez que suspiraba para que su Francia natal siguiera los pasos trazados por Lutero. "Para el protestante trabajar es rezar, no un potro de tortura impuesto como maldición divina, según la leyenda de Adán, Eva y el Edén. Los países que adoptaron el cristianismo reformado rompieron con la santa pobreza y el comunismo protocristiano, aceptaron que su deber era remediar con ingenio y tenacidad la intemperie natural, y nada tiene de extraño que les vaya mejor. Unidos por el sueño de regresar al Edén confiscando la riqueza del vecino, el listillo latino y el llorón eslavo pagan con miseria la mezcla de pereza y arrogancia que lleva a ignorar la maestría profesional, privándose así del amor propio y la tranquilidad derivadas de saber prestar servicios realmente útiles a terceros". Se trata, en definitiva, concluye el entrevistado de "vivir del trabajo experto o del cuento", una oposición que, sin duda, no deja margen para la duda, pues ¿cómo considerar viable y socialmente productivo el vivir del cuento? Sin embargo, el trabajo experto, la productividad o la utilidad son, asimismo, un cuchillo de doble filo: "eres útil, luego eres", afirma Escohotado.

Los posibles límites de lo útil y los no-límites del capitalismo
La utilidad como razón de ser, le pregunto, pues ¿qué significa la utilidad? El utilitarismo, que ha relacionado lo útil con la producción y con la mercancía, pone en duda la utilidad del pensamiento abstracto, del arte, de la cultura, en definitiva, si ésta no reporta beneficio mercantil. "La noción de lo útil", explica Escohotado", "fue introducida por Montesquieu, Hume, Smith y otros sabios del XVIII como sustituto ventajoso para el dogmatismo de lo verdadero y la razón de Estado. Una generación más tarde surgió la filosofía utilitarista de Bentham, que es en buena medida una caricatura del sentido común preconizado por Hume, incurre en el más ingenuo de los dogmatismos y descubre el Mediterráneo con el principio del máximo placer para el máximo número, donde Marx encuentra la base social de nuestro comunismo". Por tanto, me corrige Escohotado, "no me preguntaría sobre si la utilidad si estuviese al corriente de lo que pude descubrir al respecto"; sin duda, no estoy al corriente y, aunque el filósofo espera "que el dato recién expuesto le ayude a matizar la relación del marxismo con el utilitarismo", yo insisto, convencida de que el utilitarismo así entendido subordina -y la actual política cultural del gobierno es un claro ejemplo- las humanidades y la cultura, condenando a gran parte de la sociedad a la ignorancia. "Lo peligroso es inventarse una hostilidad entre lo práctico y el cultivo de artes y ciencias", responde sin vacilación el autor de Los enemigos del comercio, convencido de que "las humanidades y el civismo están infinitamente mejor preservadas cuando prescindimos de falacias análogas, causa y efecto de actitudes tan consentidas como empezar la jornada laboral suspirando porque llegue el momento de interrumpirla", para concluir, con cínica contundencia, que no debemos engañarnos al imaginar "que seguir como aprendices desganados contribuye a la cultura".

Un debate sin conclusión
La entrevista llega a su fin, hay ocasiones en las que la dialéctica no conduce a ninguna síntesis; las tesis y las antítesis se siguen una vez tras otra, pero el valor crítico que yo misma había aplaudido desaparece al pasar del rato. Hay circunstancias en que la dialéctica se convierte en palabrería y la discusión en una vacua retórica de oposición. Antonio Escohotado lo deja claro a lo largo de su obra, no hay límites para el liberalismo, el individuo no debe temer a la libertad, un temor que, para el entrevistado, subyace en el comunismo, donde persiste la convicción de que el pueblo "necesita tutela perpetua ante el riesgo de traficar con el trabajo". Sin embargo, cambian las tutelas y aquella libertad que Escohotado preconiza se convierten, hoy en día, en el enmascarado dominio del poder financiero; la condena, indiscutible, a los sistemas dictatoriales, independientemente del color, no implica la ceguera hacia este nuestro sistema, donde la libertad es privilegio de unos pocos". "Llevo casi quince años tratando de contextualizar las etapas de un ideal, cosa que básicamente me depara puntos de comparación para cada estado de cosas, y sobre el rostro del poder económico se me ocurre que quizá prefiere disponer de uno solo, como el de Raúl Castro o el mozalbete de Pyonyang", me contesta Antonio Escohotado. Las palabras hablan por sí solas, pero vuelvo a preguntarle. ¿Dónde poner los límites? Le pregunto tras recordarle su tajante afirmación acerca del trabajo infantil "se prescinda de él cuando se pueda", afirma en Los enemigos del comercio, "El límite está en que el remedio no agrave la enfermedad", me responde. Ya no hay más preguntas, pues como el propio Antonio Escohotado dice, es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones.

Anna Maria Iglesia es especialista en teoría literaria. En twitter: @AnnaMIglesia

 

Etiquetas: Antonio Escohotado, capitalismo, comunismo, los enemigos del comercio, trabajo, utilitarismo, Walter Benjamin

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

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