/

El devenir negro del mundo

Con una prosa especialmente luminosa, el filósofo camerunés Achille Mbembe desentraña en 'Crítica de la razón negra' los procesos que permitieron transformar al hombre africano | Foto: Heike Huslage Koch, WikiMedia

Existen pensadores que poseen una clarividencia profética, cuya mirada es capaz de reflejarse en el pasado para adivinar la posibilidad, más o menos amenazante, de un futuro concreto. Achille Mbembe es uno de ellos. Nacido en Camerún y asentado en Sudáfrica, Mbembe es considerado, además, uno de los intelectuales más importantes en la actualidad sobre teoría postcolonial. Desde esa posición se nutre de fuentes como Aimé Césaire, Frantz Fanon o Michael Foucault para trazar una historia clínica del racismo contemporáneo, pero también para aventurar un pronóstico. Porque ese racismo que hunde sus raíces más profundas en la trata de esclavos se mantiene vigente en el estado actual del capitalismo:

«Por primera vez en la historia de la humanidad, la palabra negro no remite solamente a la condición que se les impuso a las personas de origen africano durante el primer capitalismo –depredaciones de toda índole, desposesión de todo poder de autodeterminación y, sobre todo, del futuro y del tiempo, esas dos matrices de lo posible. Es esta nueva característica fungible, esta solubilidad, su institucionalización como una nueva forma de existencia y su propagación al resto del planeta, lo que llamamos devenir-negro del mundo».

Mbembe, en su obra Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo (Ned Ediciones y Futuro Anterior), escrita con una prosa particularmente luminosa y estética, desentraña el proceso por el cual la razón negra creó un sujeto específico de raza, el negro, a partir de narraciones y fabulaciones que permitieron transformar al individuo africano en un «hombre-cosa, un hombre-máquina, un hombre-flujo» (no todos los africanos son negros, ni todos los negros son africanos, pero existe un enlazamiento íntimo entre ambos, de manera que aludir a lo negro es mencionar, de un modo u otro, a África). De este modo, tras un proceso de extracción y desalojo se le hizo susceptible de ser explotado para obtener el máximo beneficio económico.

Tan es así que Mbembe defiende que el papel dominante de Occidente en el mundo, la expansión del capitalismo y la modernidad no pueden comprenderse sino es a través del papel fundamental que jugó el comercio transatlántico de esclavos, el cual se sustentó en un discurso programático (cultural, político, biológico) que fue articulado por lo que ha denominado como lógica de raza. Esta dinámica racista promovió, entre otras cosas, la violenta y salvaje expansión europea fuera de sus fronteras que no es otra cosa que la colonización, fundamentalmente en el continente africano. Porque «en la defensa y en la ilustración de la colonización, ninguna justificación escapa a priori al discurso general sobre lo que se designa por ese entonces como las cualidades de la raza».

Pero, más allá de ese proceso concreto, Achille Mbembe advierte de su alcance, que llega a todos los ámbitos: «La lógica de raza en el mundo moderno atraviesa las estructuras y los movimientos sociales y económicos y se metamorfosea sin cesar». Siguiendo ese impulso, el neoliberalismo crea nuevos sujetos susceptibles de ser explotados, nuevos negros despojados de sus derechos y transformados en monedas de cambio en un sistema que considera que todo puede adquirir un valor de mercado, incluido la vida humana. En este devenir-negro del mundo los excluidos del sistema económico y social (los inmigrantes, los refugiados, los trabajadores precarios…) serían esos nuevos sujetos sobre los que proyectar una ideología alienadora que permitiera manipularlos, como se afirma en el prólogo, tal que «hombre-mineral, hombre-metal, hombre-moneda». Pero no solo los excluidos están amenazados. Porque ese flujo, recordemos, es mutable y transversal a todas las esferas socio-culturales y no parece que nada ni nadie nos encontremos a salvo, libres de la posibilidad de que hasta nosotros mismos, los seres humanos, seamos reducidos a datos y estadísticas, cosificados para ser manejados así como simples mercancías.

Siguiendo el caso del negro, podemos ver cómo aquellos intentos de manipulación pretendían y pretenden reducirlo una condición no-humana, despojada de lo que la tradición occidental ha proclamado como definitorios del hombre: la razón y la lengua. Desprovisto de esos atributos, la humanidad del negro se pierde en un horizonte sin historia, pero también se ausenta en un presente y en un futuro en los que debe reconocerse a través del otro, ese que inventa su figura y se la impone a través de la violencia sistémica hasta hacer que se cuestione, en un desgarro de consecuencias nefastas, tanto físicas como psíquicas: «¿Quién soy yo en realidad?». Esa pregunta remite al negro a la «experiencia del espejo», en la que un posible yo auténtico acaba transformado en un reflejo que no es sino un otro creado a través de una difracción impuesta desde afuera. De tal modo los deseos y fantasías de la sociedad occidental han convertido lo negro en una mercancía dispuesta a ser comercializada que han condicionado su identidad, su memoria y su palabra, pero también han marcado irremisiblemente sus literaturas, músicas, religiones y artefactos culturales. Así pues, no es posible acceder a la historia y la identidad cultural del continente sin tener presente este proceso en el que la relación entre realidad y creencia no es, ni mucho menos, determinante: «cuando la cuestión es África, importa poco la correspondencia entre las palabras, las imágenes y la cosa».

Esa complicada y perversa situación encarna ciertos riesgos, entre otros muchos la simplificación y la caricaturización, pero sobre todo, el de continuar sometiéndose a un mercado que busca en lo negro la encarnación de lo atávico, lo primitivo, lo exuberante; el frenesí de la crueldad, la ebriedad y el ensueño; es decir, más negro tal y como lo conocemos. Y por tanto, de un mercado supeditado a una lógica de raza, la cual sigue amenazando el porvenir: «Raza y racismo, en consecuencia, no tienen únicamente un pasado en común. También comparten un futuro en el que la posibilidad de transformar lo viviente y crear especies mutantes no parece estar reservado únicamente al universo de la ficción».

¿Cómo podríamos encontrar un remedio para evitar ser arrastrados por ese impulso? Una posible solución sería, parafraseando a la filósofa india Gayatri Chakravorty Spivak, mediante el entrenamiento del «gran instrumento de comprensión de la otredad que llevamos incorporado»: la imaginación (esa que ha creado el negro y la África que tenemos incrustado, queramos o no, en la cabeza de Occidente). Para ello, Mbembe reivindica entre otros al poeta antillano Aimé Césaire y su concepto de lo negro: «Para él ese nombre remite no a una realidad biológica o a un color de piel, sino a “una de las formas históricas de la condición impuesta al hombre”. Pero esa palabra es igualmente sinónimo de una lucha obstinada por la libertad y de indomable esperanza». En Césaire, y en otros intelectuales de la Negritud, la exaltación de la raza negra es un desesperado grito que pretende rescatarla de la degradación absoluta a la que había sido condenada y en el que el creador se «rebela no contra la pertenencia del negro a una raza distinta, sino contra el prejuicio de inferioridad que se vincula a dicha raza».

Estaríamos necesitados de un cambio de paradigma que reconsidere el concepto de lo negro y que pase además, como propone Mbembe, por crear una nueva visión global, la de un único mundo habitado en equilibrio por todos los seres humanos (que remite al todo-mundo de Edouard Glissant), pero a su vez, transitado y compartido desde el respeto a la diferencia y a la no imposición de un pensamiento único y homogeneizador (que también evoca a Glissant y su concepto de huella, o al cosmopolitismo integrador de Kwame Anthony Appiah). Un mundo en que la identidad, y en particular la de lo negro y lo africano, no sea un bien consumible, pero tampoco una herramienta de tortura, una condena, o una prisión estanca e irreductible de la que hubiera que liberarse (tal y como sostenía Fanon). Porque como dice Achille Mbembe, «la verdadera identidad no es la que se fija a un lugar determinado. Al contrario, es la que permite negociar la travesía de espacios que están también en movimiento, puesto que poseen una geometría variable». Todos deberíamos formar parte de esa negociación que quizá podría evitar la profecía que nos amenaza en forma de devenir-negro del mundo y, por consiguiente, de todos sus habitantes y sus manifestaciones culturales.

Rosauro Varo Cobos

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982. Es pediatra y cooperante. Ha ejercido en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. Actualmente vive en Barcelona donde ha cursado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Es cofundador de la revista 'Café con Letras' y de las tertulias literarias del mismo nombre. Ha publicado artículos de opinión en diferentes medios, un cuaderno de crónicas de viaje y un libro de cuentos titulado 'El embudo' (Andrómina, 2014). Recientemente, ha publicado su primera novela: 'Plagio' (Ediciones en Huida, 2018)

1 Comentario

  1. El problema de la identidad es que como comunidad o grupo cultural cada ser humano pretende pertenecer a una de ellas. Ello es más complejo que la propia identidad de cada grupo y de alguna manera es el incoveniente máximo, amén del uso mercantilista de una etiqueta. Por otra parte magnífico artículo que resume bien la cuestión.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.