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La tristeza ideal

Con una prosa precisa y delicada, Esther Kinsky recrea en 'Arboleda' el duelo por un ser querido a través de un viaje que hace de la lectura una experiencia estética | Foto: Heike Steinweg, Periférica

Esther Kinsky (Renannia, 1956) nos propone en esta Arboleda un idilio con la tristeza:

“En la carretera de la playa me topé con un cementerio de aspecto nuevo: un parque de hormigón en mitad de los labrantíos, donde picoteaban las cornejas. Unas hierbas y hierbajos con flores amarillas rodeaban consoladoramente la tapia circundante, cuya pétrea geometría no brindaba mucho sostén ni sosiego a la vista”.

Editorial Periférica

En este tono se desgrana toda la obra, que es un texto en el que el tono se impone, marca la lectura, marca la impresión, que es lo que pretende la autora. Kinsky es valiente porque atiende al patetismo en el sentido más estricto del término: infundir en el ánimo del lector una tristeza, una lástima, que se corresponde con el momento vital de la protagonista, en pleno duelo. Y para solventar ese duelo, la narradora emprende un viaje al sur, que es la dirección tradicional en la que la gente que viene del mundo del frío encuentra la felicidad, al menos en nuestra Europa. De Alemania viaja a Italia y el viaje resulta ser un contraparaíso. La decadencia emocional la acompaña y se proyecta en todo aquello que cae bajo su percepción, siendo la percepción mayoritariamente visual:

“El corazón de plomo se amalgamaba con todo lo que había visto y que se depositaba en mí. Con la imagen de los olivares en la niebla, de las ovejas en la ladera, del barranco de las encinas, de los caballos que, en ocasiones, pacían sin ruido detrás del cementerio, con la perspectiva de la llanura y sus pequeños bancales de tenue resplandor, escarchados las mañanas frías de color azulado. Con las diarias columnas de humo de las ramas de olivo ardiendo, con las sombras de las nubes, con los matojos de palidez invernal y las zarzas violáceas en los bordes de los caminos”.

El tema del duelo no es la muerte, sino la ausencia. Y esta, la del ser amado, flota a lo largo de un texto que nos define a una narradora que ha sustituido le felicidad de vivir por el pathos. No cae en la sensiblería ni en la autocompasión, pues el desarrollo de los paisajes en su mirada nos habla de la búsqueda de consuelo, no de la lástima por uno mismo. Se le podría atribuir un lirismo que a veces nos fatiga, pero eso es lo que pretende y en nosotros está elegir como leer la obra, que enfrenta a la depresión con la libertad: a la incomodidad de vivir con el anhelo de disfrutar de la vida moviéndose libremente tanto con el cuerpo como con la memoria.

Kinsky va recorriendo los parajes habitados por unos seres sonámbulos, a los que la narradora apenas atribuye todavía rasgos de la condición de seres humanos. Pero los que conservan, son determinantes, pues tienen que ver con la esencia de pasar por el valle de lágrimas con dignidad. Y la dignidad tal vez sea uno de los grandes temas de la literatura, incluso cuando, como en este caso, se impone el pesimismo. Y ahí es donde nos lleva a habitar, al mismo lugar en el que se imponen el pesimismo y la dignidad, dentro de la cabeza o de esa región de la cabeza que con frecuencia llamamos alma. Respecto al resto del cuerpo, es un recipiente sensible que da lugar al mejor solipsismo: sólo se conoce, o sólo se quiere conocer, lo que entra directo por los sentidos. En estos momentos, uno no está para erudiciones.

Este aspecto, el de separarse del conocimiento erudito, es el que separa a Kinsky del primer referente que a uno se le viene a la mente durante la lectura, que es Sebald. Se menciona, también, la influencia de Thoreau, en buena medida por el amor por la naturaleza o por la vida rural, o el deseo de amarla. Sin embargo, cuando uno entra en la segunda parte del relato y se inmiscuye, junto a la narradora, en la vida de una familia expresada a partir de la memoria propia y de la memoria prestada, descubre que el gran maestro sólo puede ser Proust. Como el autor francés, consigue un texto que sabe a pasado a pesar de recurrir en algunas ocasiones a tiempos verbales presentes, es decir, a la presencia. La obra es muy delicada y se construye sobre enumeraciones exquisitas. Uno de los grandes referentes artísticos de la narradora serán las pinturas de Fray Angelico:

“La madera de los chopos siempre me había parecido astillosa y de calidad inferior, pero en algún momento me fijé en el gran número de cuadros que, pintados sobre la madera de chopo, habían perdurado siglos. Fra Angelico, cuyo azul provocaba en mi padre estados de arrobo francamente consternadores y siempre le inspiraba prolíficos comentarios, pintaba sobre madrea de ese árbol”.

Existe la intención de mantenerse en un universal registro sublime, de voz alta, cosa que no podemos sino agradecer en este planeta habitado por el ruido del reggaetón, de las manifestaciones en automóvil y de voces desde los púlpitos de gente que está de vuelta sin haber ido a ninguna parte. No decepcionará esta Arboleda a quien siga creyendo en la literatura como una experiencia estética.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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