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Yo que nunca supe de los hombres

La escritora belga Jacqueline Hartpman reflexiona sobre qué nos hace humanos a partir de un relato distópico centrado en la reclusión | Foto: Pixabay

Una mujer, que vive sola y, por lo que parece, aislada, ha escrito el relato de las experiencias vividas; el resultado es el texto que se ofrece al lector en Yo que nunca supe de los hombres (Moi qui n’ai pas connu les hommes (1995)), de la escritora belga de origen judío Jacqueline Hartpman.

«¿Qué significa haber vivido cuando se ha dejado de vivir?».

Su recuerdo más antiguo la ubica, recién llegada a la adolescencia, aislada en un sótano, en una especie de reclusión de mujeres, que en su mayoría son de extracción popular, donde están privadas de todo trato con otros seres humanos.

Ella es la prisionera más joven y su enfrentamiento con una de las ancianas de la jaula la enemista con el resto de presas, a excepción de una sola confidente. A pesar de permanecer en un estado de privación de cualquier tipo de relación íntima con las compañeras, con el ritmo diario establecido mediante las luces de la jaula, vida comunitaria sin ningún tipo de privacidad y sometimiento a una vigilancia constante, la falta de recuerdos anteriores al encierro les hace más llevadera su situación; sin embargo, no las libra del terror que provoca la incertidumbre: no saber la razón de la reclusión las lleva a autocensurar su conducta por el temor a violar unas reglas que se desconocen.

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Esa confidente, que lleva más tiempo presa, la pone en situación: nadie sabe por qué están allí, nadie recuerda qué sucedió pero, por lo que parece, van a tener que vivir enjauladas hasta su muerte. Ante esa perspectiva, la protagonista plantea diversas opciones de resistencia pasiva; la primera, el desarrollo de un sistema de medición del tiempo, una forma de escapar del incoherente ritmo impuesto por los carceleros que les procurará cierta sensación de libertad, libres del control de los guardias. La arbitrariedad de esos ritmos y de todo aquello que, en la vida en libertad, está sujeto a una rutina o a una sucesión ordenada y regular, desubica a las presas y les impide la ordenación de sus actividades; su recurso para evitar esa dificultad es aplicar carácter rutinario a las labores que, en principio, no están sujetas a ese hábito.

Otra forma de supervivencia consiste en la evocación colectiva de recuerdos, conscientes de que sin ellos no hay pasado, y sin esa memoria jamás podrían recuperar, en el caso de alcanzar la libertad, la vida anterior al encarcelamiento.

Un incidente de naturaleza desconocida provoca la huida de los guardias ―con la consiguiente excitación de las presas, pero también con el terror provocado por la desaparición de quien les había cubierto las necesidades más elementales, un terror que puede llegar a superar el miedo que provocaba su presencia― y permite a las prisioneras recuperar la libertad; pero esa liberación no está exenta de problemas: el lugar donde se encuentran parece estar en medio de un desierto y, además, la recién liberadas sufren una especie de vértigo a lo desconocido, una vez fuera de la acomodaticia reclusión, que las hace dudar de los beneficios de la evasión y de la recuperación de unas condiciones que no son capaces de recordar. Rota la lógica instaurada en su mente, que incluía todas las posibilidades del binomio carcelero-prisionero, se hace necesario instaurar otra que contemple la nueva situación ―que implica, por ejemplo, la soledad física, nunca antes experimentada―, y esa implantación es lenta, laboriosa y sujeta a obstáculos. Una vez conseguida la libertad, las presas se convierten en nuevas robinsones en su isla desierta y desconocida, y su vínculo con la civilización, igual que el barco naufragado, son los instrumentos útiles y los víveres que van recuperando de las diversas prisiones con que se encuentran.

La extrañeza ante los espacios abiertos las lleva a sospechar que no están en la Tierra, si bien es el desconocimiento, el miedo y la ausencia de recuerdos lo que provoca esa desubicación.

En su viaje en busca de la civilización ―en definitiva, en busca de semejantes―, encuentran otras prisiones con los cadáveres de los presos que no pudieron escapar tras la huida de los vigilantes, una de las cuales era de hombres. El periplo dura años, surgen las enfermedades y las expedicionarias mayores empiezan a morir; cunde el desánimo. Desesperanzadas por no encontrar signos de otros individuos, se instalan en un lugar permanente. La narradora lidera las cuestiones logísticas y de organización, pero debe ser instruida en otras cuestiones como las fisiológicas, las relativas a la reproducción; ese asentamiento definitivo parece provocar nuevas preocupaciones, una vez cubiertas las necesidades más elementales relacionadas con la supervivencia. La narradora, la menos condicionada por los recuerdos anteriores a la reclusión, se convierte en la verdadera líder del decreciente grupo. Pero la imposibilidad de prever el futuro y de hallar respuesta a las preguntas que la propia existencia plantea les provoca un sentimiento de desesperanza y derrota que las hace añorar la reclusión, cuando la ausencia de expectativas podía ser incluso tranquilizadora, hasta el día que muere la última compañera y la narradora se convierte en la única superviviente; cuando llega el momento, se marcha, sin destino, para mantenerse viva a través de la búsqueda y del movimiento. La paradoja de la libertad conseguida consiste en poder moverse pero sin la posibilidad relacionarse con nadie.

A medida que explora el territorio, viajando de prisión en prisión, que encuentra  abandonadas pero que le sirven de aprovisionamiento de comida o de enseres útiles, empieza a plantearse las preguntas trascendentales que lo peculiar de su situación le había impedido proponerse, y que representan el acceso a la parte íntima de la condición humana. La paradoja que se plantea consiste en que parece alcanzar la plena humanidad cuando se queda sola y en unas condiciones vitales de extrema perentoriedad. Además, experimenta el desasosegante sentimiento de que no solo muchas cosas que hace las hace por última vez, sino que también es probable que sea la última vez que son hechas.

El primer suceso significativo que rompe la rutina es el descubrimiento de los restos de un autobús ocupado por guardias, todos cadáveres; entre los equipajes personales, ve que llevaban un arma y un libro, todos el mismo, Breve compendio de jardinería; con este libro, podrá practicar la lectura que le enseñó su compañera en prisión.

El otro descubrimiento relevante es un habitáculo humano que no es una prisión, lo más parecido a una casa, pero también subterráneo, con una distribución racional para ser usado como vivienda, y, entre otras cosas cuya utilidad ignora, libros ―de astronáutica―, que puede leer, pero de cuyo contenido no comprende nada; así descubre una de las paradojas del conocimiento: saber descifrar los signos escritos, las letras, no asegura la comprensión del contenido. Es en ese medio impregnado de humanidad donde ella acaba recuperando la suya, en forma de pequeños rituales que recuerda de conversaciones con sus compañeras, o que inventa, auxiliada por la utilidad de los enseres que va descubriendo.

Pese a no haber vivido, posee una posibilidad de existencia, pero, si se materializa, lo hará cuando ella haya muerto: quizá alguien encuentre las hojas de papel en las que escribe su historia, esa misma historia que leemos, y le prestará su vida.

Al final de su existencia, comprende que no se vive si no es con relación a alguien.

Es a medida que se aprende cuando se es más consciente de lo mucho que se ignora.

Pese a algunos problemas de verosimilitud, que dejan de tener importancia cuando el lector se apercibe de lo que realmente quiere trasmitir la escritora, Yo que nunca supe de los hombres es un texto con un respetable contenido de ideas que, a pesar del planteamiento inicial, consigue evitar el aspecto panfletario y doctrinal. La estructura narrativa es cuidada y el desarrollo argumental, trabajado y original; pero, como sucede con algunas novelas distópicas de última generación, su mayor mérito es el personaje de la narradora ―una narración convencional con narrador omnisciente no hubiera aguantado la tensión con  la misma fiabilidad― potente, equilibrada y verosímil.

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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