Joy Williams | Foto: Seix-Barral

Cuentos escogidos

/
Joy Williams | Foto: Seix-Barral

Conocida en el ámbito literario en castellano por la relativamente reciente traducción de tres de sus cuatro novelas por la editorial Alpha Decay, Joy Williams es autora también de varios volúmenes de relatos, ahora recogidos en la antología de Seix-Barral Cuentos escogidos (The Visiting Privilege. New and Collected Stories, 2015). Aparte de las diferencias técnicas entre el relato largo y el relato corto, ampliamente documentadas por la crítica y sobre las que no es objeto de este artículo pormenorizar, los relatos de Williams poseen un carácter propio debido fundamentalmente a dos razones, el estilo narrativo y el carácter de sus protagonistas, y es sobre estos dos aspectos sobre los que intentaré incidir.

Seix-Barral

Los protagonistas de Williams son personajes a los que la vida parece pasar por encima sin tocarles. No es sólo que un hastío vital les corroa la existencia, un día tras otro, indistinguibles, sino que todas las referencias a las que podrían asociarse desaparecen del conjunto de opciones a su disposición: madres incapaces de representar su papel, amantes inconstantes, hijos despiadados con sus progenitores, amigos traidores. Tal vez por ese desapego existencial, los sentimientos que ponen en juego son invariablemente de baja intensidad: un amor que si se observa de cerca no es más que comprensión; un odio que se limita a ser una simple ojeriza; una amistad que no va mucho más allá de la costumbre; una vida cotidiana dominada por la grisura y el hastío. Las grandes desgracias no son más que malas rachas pasajeras, y el más deseado golpe de fortuna una agradable casualidad.

Instalados en lo que parece una espera permanente, apenas si son conscientes de la ausencia de objeto, como si el estado de demora fuera su aspiración máxima, como si estuvieran haciendo uso de un privilegio que no habían reivindicado y que ni siquiera merecieran.

«El mundo no es un nido ni tampoco un patio de recreo.»

Como si salieran en persecución del futuro, de los hechos antes de que ocurran, se mueven a una velocidad distinta de la que se mueve el tiempo; a veces más rápidos, lo adelantan y se quedan sin referencias; más a menudo, su velocidad de crucero es más lenta, de modo que los acontecimientos les superan y no disponen de la oportunidad de reaccionar; perdidos en la corriente, no les queda más que dejarse llevar y buscar remedios a sus conflictos sin posibilidad alguna de previsión ni de programación.

«El tiempo no se movía lateralmente, como siempre había pensado, sino que trepaba hacia arriba y luego caía y empezaba a dar tumbos como un animal envenenado y herido.»

A esa descoordinación tratan de ponerle remedio mediante el recurso de deconstruir su vida en una doble cara de signo contrario, separadas y sin solución de continuidad: la vida habitual, con sus familias, sus vecinos, sus filias y sus fobias; y la vida que transcurre en su interior, hecha de aspiraciones malogradas e intenciones irrealizables, una vida de frustraciones y sueños, absolutamente imaginaria, pero que es la encargada de mantener a la vida real.

Una vida real en la que el cometido que ocupa todos sus recursos es la gestión de la ausencia: de un hermano fallecido, de un consorte huido, de un trabajo perdido, de una vida soñada. Siempre intentando soslayar una carencia de algo no imprescindible pero sí necesario. El trabajo requerido para olvidar un recuerdo no es el mismo ni en dirección ni en intensidad que el que demanda reclamar el regreso del recuerdo que se perdió involuntariamente.

«Ocurrirá algo, una cosa inusual para la que estamos preparados desde el primer día. La vida de tu papá ha dado un giro, y es para peor, es obvio. Es como si ahora fuera un desconocido que avanza por un camino equivocado. ¿Entiendes lo que quiero decir? O más bien es su vida la que se parece a un desconocido que se ha quedado completamente inmóvil. Un desconocido en el margen de un camino oscuro esperando a que pase tu padre.»

Como sucede en todo tipo de relación interpersonal, adquieren suma importancia las palabras no pronunciadas en su día cuyo recuerdo hiere, quema a la mínima ocasión en que su omisión queda manifiesta; las disculpas rechazadas en un instante de tensión por un mal entendido sentimiento de ofensa; el perdón no concedido cuando hubiese revelado que el error propio era mayor que aquel que solicitaba la clemencia. El peso de todo aquello que debimos decir y no dijimos, que debimos hacer y no hicimos, nos inmoviliza y nos impide avanzar, y nuestros desesperados movimientos por escapar no hacen más que ahondar en pozo en el que estamos confinados.

«La gente no es de mucha ayuda en casi ninguna circunstancia, eso es lo que he descubierto.»

Al final, la sensación que sobrevuela por encima de la acción es una tristeza profunda, ineluctable, acentuada por la imposibilidad de redención, incapacidad que los personajes conocen a la perfección aunque hayan aprendido a convivir -ese aprendizaje es, tal vez, su única esperanza de supervivencia- con esa carencia, como quien se conforma a vivir con una minusvalía y es capaz de organizar su vida como si aquélla no existiera.

Williams utiliza en su narrativa corta, a diferencia de sus novelas, un estilo cortante y desprendido, objetivo y frío, con pocas concesiones al sentimentalismo, y caracterizando a sus personajes de forma externa, por sus acciones. Williams nunca penetra en las conciencias de sus protagonistas para elaborar complejas hipótesis psicológicas ni juzga en ningún momento ni las acciones ni las intenciones de sus protagonistas: expone, mediante sucintas pinceladas, el objeto del relato, dejando parta el lector el relleno de los huecos que, fruto de deliberada decisión, ha ido dejando por el camino.

Los parámetros principales entre los que se desarrolla son la economía expresiva, las descripciones restringidas a delimitar simplificadamente los escenarios y los personajes, sin digresiones que amplían o entorpezcan la trama; una trama que se limita a hechos incidentales, a acción sin intriga. Aun resaltando la importancia de las intervenciones de los personajes, y aunque técnicamente sean diálogos, cada uno se dedica únicamente a exponer su posición con ánimo de imponerla. La interlocución no existe aunque existan intervenciones sucesivas; sus conversaciones son la muestra de que, a menudo, la incomunicación está llena de palabras.

«Los recuerdos felices pueden ser muy engañosos.»

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Previous Story

¿Y si lo de Catalunya es una contrarrevolución?

Next Story

Conferencia sobre la lluvia

Latest from Críticas

La memoria cercana

En 'La estratagema', Miguel Herráez construye una trama de intriga que une las dictaduras española y

Adiós por ahora

Eterna cadencia publica 'Sopa de ciruela', volumen que recupera los escritos personales de Katherine Mansfield