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Patología del fracaso

En su última novela, 'La delatora', Joyce Carol Oates se adentra en la parte más oscura de la familia y en la necesidad de romper con ella para ser dueños de nuestro destino | Foto: Pixabay Commons

¿Hemos tenido una vida feliz? Revisitar la infancia, la adolescencia, la juventud, con toda la violencia que hemos padecido, puede llevarnos a una respuesta sorprendente. Ese es el planteamiento del que arranca esta novela, Delatora, con la que Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) sacude, de nuevo, los cimientos de la familia. Oates idea una situación extrema como detonante: dos hermanos blancos propinan a otro muchacho, negro, una paliza, como consecuencia de la cual terminará falleciendo; la hermana menor de la familia, bastante numerosa, de doce años, tiene la clave para resolver el crimen, pues ha presenciado cómo sus hermanos borran los rastros. La consecuencia de la delación, que se demora, será su marginación familiar, pues por alguna suerte de defecto genético o de sometimiento a la dictadura de unos principios que anteponen la integridad familiar a la justicia, los padres toman un partido innecesario: la malvada será la niña y la consecuencia en destierro. Asistimos a un inexplicable carácter cruel, como si fuera algo más que inevitable, como si se asumiera que así debemos ser, pues Oates nos ha ido presentando una atmósfera de urbe alejada de cualquier moral, y de cualquier lugar, en la que se respira la violencia: la violencia masculina y la violencia racial, incluida la justificación de la violencia racial como una lucha antirracial.

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El relato sucede en primera persona, contado por la víctima, que recurre a la segunda persona para imprecar al lector. Pues la novela es un retrato de nuestros monstruos, los de la clase media, los de la vida cotidiana, que jamás es tan cotidiana y a veces ni siquiera es vida. Para que la vida sea considerada como tal, deberíamos estar convencidos de que somos dueños de buena parte de nuestro destino, pero la protagonista es una cáscara de nuez en la tormenta de su alrededor, allí donde sea que caiga. Y cae en lugares de lo más variado: el hogar de sus tíos, el instituto, la residencia de un doctor, la universidad y hasta el regreso a la ciudad de los padres. Y siempre caerá presa de esa otra tensión que sobrevuela nuestros días y nuestras noches, la que se refiere al sexo, y que con tanta frecuencia, como le sucederá a ella, se rompe con estrépito, nos destroza, nos desarma, nos deshace.

El comportamiento de la narración nos lleva de un lugar a otro, como a Eneas en el relato de Virgilio, en una estructura itinerante en la que nos vamos deteniendo en cada puerto, hasta que la acción se consume y nos vemos abocados a la huida. Aunque, en realidad, la protagonista trata de esconderse: sus hermanos saldrán algún día de la cárcel y la buscarán, damos por supuesto, como traidora, como la responsable de su condena. Son seres que podrían perdonarse a sí mismos haberse convertido en asesinos, y hasta perdonar al sistema legal por regirse bajo unos acuerdos que los llevan al castigo, pero jamás perdonarán, ni ellos ni los padres, una delación.

Cargando con su condena allí por donde va, la protagonista sufre acoso, abusos, insomnio y toda suerte de males que brotan de la tracción de la personalidad irascible que se va imponiendo en esta sociedad, la que lleva a transformar las frustraciones y los fracasos en patologías y degeneraciones. El punto fuerte de esta novela, escrita con un oficio mucho más que digno, es, precisamente, el de la psicología que nos nutre y a la vez nos derrota: los sentimientos encontrados, las emociones cargadísimas, los acosos insoportables, la angustia, la gran tristeza (que tiñe, como substrato, toda la obra) y, por encima de todo, la culpa.

La protagonista no duda a la hora de saber que tiene que salir adelante, pero sí duda sobre si se lo merece. Oates comienza metiéndonos dentro de su cabeza y contemplamos la presión moral a que se somete a una púber. Luego ella irá creciendo, pero jamás se librará de ese dilema tóxico, vivirá maldiciendo y se hará adulta en el exilio, en esa situación en la que se le niega a uno hasta el derecho a la nostalgia. Compartirá situaciones de sexo no consentido, y a veces consentido en un trance que se asemeja mucho al duelo, con personajes de baja estofa, de mala ética, subidos al carro de la violencia, que son una muestra de la perversión a la que nos asomamos desde las aceras, en las calles, en el centro de trabajo o en el lugar de estudio. Ella visita su propia existencia sin decidir si merece ese castigo, que es social y que es personal. Quisiera esconderse, preferiría no saber las cosas que sabe y duda que haya un solo ser en el mundo que la quiera sanamente. Pero no renuncia a apostar por una nueva versión de supervivencia y se reinventa.

El drama, todos lo sabemos, es que siempre ganan los más poderosos, los más fuertes, los más malos. El drama es el pesimismo, a pesar de lo cual no debemos dejar de coser el botón de la camisa mientras escuchamos un aria de Verdi. De ahí que no exista un final, porque el final es propio del cine y no de esta novela que da un paso más allá de la realidad para retratarla, y que concluye con una gran duda, la de pensar que tal vez, al contrario que nuestros padres, por muy equivocados que estuvieran, no seamos capaces de formar una familia. Es posible que no seamos merecedores de esa suerte.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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