Juan Eduardo Cirlot | Foto: Francesc Català Roca | Ediciones Siruela

Nebiros

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Juan Eduardo Cirlot | Foto: Francesc Català Roca | Ediciones Siruela

«Dejó el tomo de medicina y volvió a tomar el que trataba de las interioridades del infierno. En una especie de tabla, de manera muy científica, estaban indicados los nombres de las altas jerarquías del submundo, con cita de los poderes peculiares que les estaban conferidos. Luzbel, Satanachia, Crararia, Nebiros, Aglipheret, etc. Cada demonio reinaba sobre un pecado capital, pero de Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia. Al ver esta directa alusión, no pudo menos de estremecerse. ¿Cómo no había advertido nunca tal cosa? Si había un pecado desconocido, era equivalente a la enfermedad desconocida, a aquello por lo que él sufría sin saber a ciencia cierta la razón y para llegar a la entraña de lo cual solamente había contado con el paralelismo establecido por la herida de Amfortas, en Parsifal. Nebiros. El gran demonio estaba representado con todos sus atributos; la cola era especialmente poderosa, provista de un garfio agudo como el de un alacrán, Nebiros era su dueño.»

Nebiros, la única novela de la extensa producción de Juan Eduardo Cirlot, fue escrita en 1950, rechazada y condenada a la no publicación por la censura franquista, olvidada y extraviada, y publicada por primera vez en 2016, con un epílogo donde se da cuenta de los avatares del manuscrito debido a Victoria Cirlot.

Informe del lector número 20 de la Dirección General de Propaganda del Ministerio de Educación Nacional (citado en el epílogo):

«Libro fatalista, saturado de contradicciones y pesimismo, cuyo protagonista -un imaginativo sexual, tímido y sin fe-, después de un largo paseo por el barrio de los prostíbulos de su ciudad, en el que se le ocurren los más paradójicos y peregrinos comentarios, llega a la escéptica conclusión que toda ansia de superación y mejora espiritual es inútil. El libro además de pesado es peligroso por los disparates que dice, y la turbia sexualidad servida en descripciones pornográficas, y no está exento de cierto matiz demagógico. NO DEBE SER AUTORIZADO.»

El heredero y gerente de una empresa predestinada a la quiebra, un ser solitario y misántropo, se encuentra sumergido en una crisis personal provocada por una mezcla de inapetencia y de sumisión a un destino desgraciado contra el que tampoco está dispuesto a luchar.

«Era pronto para salir a la calle. Volvió a sentarse ante su mesa y sintió el deseo de hacer las paces consigo mismo, de aceptar otra vez el hecho de su sino y de repetirse, como en muchas otras ocasiones, que debía principiar por hallar exactamente cuál era su situación en la vida, qué aspiraciones tenía y a dónde pensaba encaminarse, con los medios que contaba. Pero, con más celeridad que otras veces, reprimió este anhelo de meditar; no era cansancio lo que experimentaba, sino más bien la sensación de que pronto iba a cambiar todo para él.»

Envuelto en una espiral de degradación moral y decadencia física, revuelve en su interior no tanto en busca de una salida como en análisis de un intelecto en plena posesión de los recursos para superar la abulia existencial pero carente de la voluntad para poner en marcha los mecanismos necesarios.

«Lo que ha de morir está esencialmente muerto.»

Ante el riesgo de que la fuerza de los acontecimientos pueda arrastrarle hacia lugares que no desea visitar, toma el firme propósito de inmovilizarse, de convertirse en una isla, indiferente a la fuerza o a la dirección de las corrientes; de ver pasar los acontecimientos sin inmutarse, sin dejarse influenciar; de sucumbir a la degradación inherente a todo aquello privado de movimiento voluntario; de no dejarse vencer por la tentadora erótica de los sentimientos.

«En el fondo de su mente yacía la convicción indestructible de que nada podía aniquilar la soledad substancial de la persona. Ni el amor, ni la compasión, ni la nostalgia; ni vivir la realidad física, ni la espiritual o imaginativa. Todo era tangencia leve, figurada. El yo, como un cuerpo material dotado de tres dimensiones, era impenetrable a cualquier otro yo.»

En su periplo nocturno sin rumbo fijo -aunque no se trate de una huida: sabe a la perfección que la fuga es imposible, además de inútil: no se puede escapar mediante un cambio de espacio si el que se mueve es el mismo individuo-, visita el puerto y recuerda aquel tiempo en que estaba ávido de aventuras y ansioso por vivir otras vidas, cuando creía que era posible.

«La cultura no es más que un innecesario añadido a las condiciones generales de la vida.»

Una funesta concepción de sí mismo, apoyada, sustentada, auxiliada por los diversos fracasos -de índole personal, de insatisfacción consigo mismo y con aquellas expectativas que, en momentos de alienación sentimental, cuando se veía capaz de llevar a buen puerto todo aquello que se proponía, pudo albergar- experimentados desde que tuvo uso de razón, conlleva una postura crítica a la que no se ve capaz de enfrentarse más que con las armas de la indiferencia.

«Era el desorden de siempre, el estado fangoso de su pensamiento. Y en él, lo único que perduraba con cierta pureza era la sensibilidad para lo físico. Lo que le apartaba de convertirse en un hedonista era el predominio del drama espiritual, no la incapacidad ni la debilidad de sus sensaciones.»

Limitar la relación con el mundo a todo aquello con lo que, de forma única, restringe a la esfera de las sensaciones los puntos de contacto y, como consecuencia, de contaminación; de nuevo, la huida se rebela imposible, pues aun cuando pudiera anularse la intromisión indeseada de la memoria, ese recuerdo que modifica el sabor de la experiencia haciéndolo más digerible o completamente indigesto, la presencia física de todo un mundo que existe en contraposición a la existencia de uno mismo se impone con una inevitabilidad insoslayable.

«Efectivamente, el paseo estaba inundado de objetos vivientes. Manos, brazos, caderas y senos que se acusaban bajo los trajes ceñidos, de colores violentos, o que se insinuaban más delicadamente en mujeres cuyo aspecto espiritual era lo más adecuado para declararlas desprovistas de toda alma y de todo espíritu.»

Ante la imposibilidad de evitar ese punto de tangente entre un yo replegado y dispuesto a reducir su interacción al mínimo posible y un mundo que existe con el único fin de hacerse evidente, la idea menos descabellada es llevar el contacto al término de lo infame, de lo vil para, de este modo, poner en evidencia la bajeza moral del mundo que se impone como modelo. Así pues, decidido a explorar los abismos de la abyección, plantea una noche que transcurrirá en un paréntesis moral, sin cuestionamiento, suspendido a pocos centímetros de la laguna de aguas grises en la que habita el mal.

«… Él no tenía convicciones sobre nada por la razón de que le parecían sustancialmente falsas e hijas siempre de la voluntad. La posición de la razón es la duda y él, que en ese sentido no se desprendía del pesado lastre de su intelectualismo, pretendía conservarse en la pureza del que quiere lo verdadero y no puede renunciar a utilizar la razón como medio para conseguirlo.»

La imposibilidad de establecer jerarquías y de adecuar su conducta a esa clasificación  mantiene al protagonista en un limbo existencial permanente que le incapacita para cualquier manifestación que tenga que ver con el deseo en cualquiera de sus modalidades, sea el dirigido hacia un ascenso social, hacia una mayor integración con sus semejantes o incluso el de índole sexual; no es un aislamiento provocado por la apatía sino una inapetencia consciente y voluntaria como la de aquel que sabe con certeza que la relación con los demás, sea del carácter que sea y con todo el abanico de intereses posible, conllevará siempre un saldo negativo.

«Todo lo negativo era muerte. Muerte era la distancia, muerte la soledad, muerte la angustia, muerte la pérdida de algo, o de alguien, muerte era el tránsito más leve, en cuanto ese cambio alterara un proceso psíquico elementalmente necesario para el pensamiento. En aquellos momentos, en que él iba andando solo por las calles del barrio antiguo, todo lo que no estaba en él estaba muerto, muerto irremediablemente. Y esa muerte entraba a formar parte de la vida, no como algo externo y adversario, sino como condición fundamental, ya que si esa muerte constantemente acaecida no podía haber vida, recepción, llegada de nuevos factores y estímulos.»

Todo aislamiento espiritual, el caparazón mental que separa el mundo propio del de los demás, debe conllevar, para ser eficiente, una especie de aislamiento espacial, la delimitación de un volumen en el que puedan satisfacerse todas las necesidades primarias básicas pero también las relacionadas con el universo, incluidos los deseos y los placeres, físicos o no, un espacio amurallado de uso exclusivo, una ciudadela infranqueable sin puente levadizo en la que tanto el cuerpo como el espíritu se reivindiquen como únicos habitantes.

«Lo horroroso del mundo era la contradicción interior que se alojaba en cada cosa.»

La concepción pesimista y la actitud indiferente hacia la vida en general y la poca consideración hacia la colectividad de sus semejantes hace imprescindible el desarrollo de una estrategia permanente que evite la caída en la desesperación. Sobrellevar la bajeza moral es posible no evitándola ni rehuyéndola sino aprovechándola en beneficio propio, sucumbiendo conscientemente a sus tentaciones, pero con el discernimiento pleno de estar utilizándola como quien, al igual que una vacuna, se inocula virus para evitar la infección.

«Ã‰l se separaba de los demás no por su culpa, sino por la de ellos. No era él el enfermo, sino los otros. No solamente no era egoísta, sino que era en extremo generoso, tanto que huía de todos por adivinar que no iban a comprender ni a tolerar su actitud, absolutamente directa, abierta, franqueada en la autenticidad. La masa se refugiaba en unas relaciones falsas. Lo social no era simple producto de una clase refinada y acostumbrada a la hipocresía; esa lacra de lo convencional, de lo embustero, era patrimonio de todos los hombres, en todas las clases sociales. Se trataban entre sí como dentro de las reglas de un juego; abrir los sentimientos bruscamente, pedir lo que se necesitaba u ofrecerlo a quien no lo pedía, eran trampas.»

La vista al prostíbulo, pues, no es más que la materialización del conflicto entre el deseo, la comedia de las demandas del cuerpo, y el espanto, la tragedia de los reparos del espíritu.

«Quedaba por resolver el gran misterio del porqué de esa multiplicación indefinida, de ese espejismo inmenso que repetía en las personas el drama esencial del ser […]. Todo lo que multiplicaba algo original era misterioso, aparentemente inútil y nocivo. En la extensión yacía la esencia de la separación, esto es, de las rupturas que lo disgregaban todo y corrompían la unidad purísima del principio eterno. Tales ideas no procedían de un misticismo aprendido en los libros o intelectualmente sostenido más allá de la vida; eran fruto de su dolorosa experiencia cotidiana, de su timidez ante los demás, de su orgullo, del odio y del amor que sentía hacia ellos, hombres y mujeres, de la tentación de poseer y dominar, de huir y de acercarse que regía su conducta y le marcaba con aquel signo extraño que era inútil intentar borrar, porque había sido impreso con fuego en todas las líneas de su rostro.»

Las reminiscencias de Nebiros con respecto a la narración nocturna del Ulises de James Joyce son indudables; por extensión, las referencias comunes con la Odisea pueden seguirse casi capítulo a capítulo: la empresa, el casco antiguo, el comedor social, el barrio chino, el prostíbulo, el muelle y, finalmente, el nostos, el regreso al hogar, incluida una singular Penélope.

Ediciones Siruela

En otro orden de cosas, Cirlot consigue describir a la perfección el ambiente oscuro y opresivo en que se desenvuelve el protagonista, cuyo peso no puede soportar; el olor a viejo y rancio que inunda los sentidos de todos los personajes, acentuando su tristeza y facilitando la invasión de la bajeza moral. Al mismo tiempo, se hace omnipresente una tenue pero ubicua bruma que desdibuja los objetos, rompe el contraste, uniformiza los colores en un gris mortecino y disuelve las identidades, llevando a un incongruente primer plano la disolución de los volúmenes y la perspectiva. En contraste con esa atmósfera opresiva, se contraponen los gemidos de la mujer que parece que está dando a luz en el piso inferior, el surgimiento de una nueva vida que, aunque condenada como todas, nace con la totalidad de expectativas intactas; ese ruido, esos gemidos tan parecidos a los de una cópula salvaje como a los de los mártires en su tormento, son los únicos que rompen el silencio de los muertos en la casa del protagonista.

«En ese instante comprendía que el hecho de que las cosas estén, sean, determina nuestra dependencia fatal con respecto a ellas, aun cuando personalmente nos apartemos de su camino. Esta es la trágica razón que impele al místico, cuando ha vencido las fuerzas del mal dentro de su alma, a buscar el dolor y los pecados de los demás, de la humanidad entera, para sufrirlos e intentar redimirse con la redención de ellos. Era lo mismo de antes. La unidad de todo. La imposibilidad de desatarse de las cosas, de negarse a ellas y de escindir una vida de la vida, un pensamiento del pensamiento.»

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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