¿Existe alguna diferencia entre un intelectual que escribe y un escritor intelectual? ¿Y entre llevar una vida de filósofo y vivir una vida filosófica?
¿Qué tienen que ver estas cuestiones con el libro de Mary McCarthy? No lo sé, que cada cual se lo tome como quiera, pero lo que a mà me sucede es que cuando leo un libro inteligente la mayorÃa de notas de lectura se me convierten en preguntas.
O en digresiones. Ahà va otra.
Mientras los principios teóricos en aquellas disciplinas relacionadas con la humanidades se extravÃan en el inhóspito campo de las hipótesis infructuosas y acaban consumiéndose en el galimatÃas de la artificiosa complejidad, a menudo encerrada en la ineludible prisión del lenguaje, en que se ha sumido su inevitable inutilidad, la experimentación abre el ángulo de visión, busca posibilidades de relación, investiga en las interdependencias y establece, frente al manual de la teorÃa, el método; es decir, una vez más, el cómo -instrumental, explicativo, definitivo- que debe acabar sustituyendo al infantil por qué –siempre titubeante y provisional-.
Para un individuo como este que escribe, que huye del dogma como de la peste, la impostada seriedad -o, incluso, reverencia- indisolublemente asociada a la teorÃa no procova más que aburrimiento. La ironÃa, y en gran medida su hermano mayor, el cinismo, ambos inconcebibles para los constructos teóricos, acompañan al verdadero progreso de la razón; y este es el motivo por el que posee más valor una sola página del relato en apariencia más inocente de Diderot que toda la FenomenologÃa del espÃritu.
Y la última.
Todos los conflictos de alcance sociológico se originan en el ámbito psicológico.
Pero aquà he venido a hablar del libro de Mary McCarthy El oasis (The Oasis, 1949). Vamos a ello.
Un grupo de neoyorquinos de dispares procedencias, pero movidos por el deseo común de experimentar una autogestión más intelectual que económica -y más ficticia que real-, fundan una comunidad utópica –UtopÃa es, precisamente, el nombre que le dan- en una zona aislada de las montañas de Nueva Inglaterra. Aunque en los motivos que los llevan a aislarse en compañÃa pueden encontrarse trazos comunes, la forma de gestión de ese deseo no es unánime. Ya desde el mismo planteamiento del experimento, los participantes se dividen en dos grupos claramente diferenciados: los puristas -«la tendencia estricta»-, liderados por un editor rigurosamente libertario, un censor insobornable que se hace cargo de la imprescindible ortodoxia; y los realistas -«la tendencia latitudinaria»-, a la cabeza de los cuales se sitúa un exmarxista resabiado -un pleonasmo- cuya principal virtud es la oposición. Del equilibrio entre ambas facciones dependerá, en principio, el éxito o el fracaso de UtopÃa.
«Los puristas creÃan que habÃan ganado [en su intento de rechazar a los comunistas] y los moderados se conformaban con que la colonia se mantuviera fiel a sus principios, el menos hasta que llegara el momento en el que fuera necesario ponerlos en práctica.»
McCarthy abre el relato, precisamente, con la primera diferencia surgida en el seno de la comunidad: la aceptación o el rechazo de la propuesta de adhesión de un individuo que no parece reunir los requisitos para ser admitido.
«Â¿DebÃa colegirse, pues, que cualquiera podÃa ser admitido en UtopÃa: un ladrón, un chantajista, un asesino? ¿Por qué no?, declararon los puristas, abogando por una vida de riesgos y citando el precedente de los candelabros del obispo. Imposible, dijeron los realistas: la supervivencia fÃsica de la colonia era más importante que la mera demostración de un principio (una UtopÃa fuerte y segura de sà misma tal vez pudiera permitirse un asesino, pero una UtopÃa que todavÃa no estaba consolidada debÃa aplazar el goce de este lujo). Por suerte, quizá, la cuestión se mantenÃa en el plano teórico. Ningún asesino ni ladrón habÃa pedido ser admitido, solo lo habÃan solicitado personas corrientes con una moralidad corriente, de notable alto, es decir, personas cuyos crÃmenes se limitaban a su cÃrculo Ãntimo y que nunca habÃan herido a nadie que no fuera un amigo cercano, un familiar, una esposa, un marido, a sà mismos. En UtopÃa no habÃa santos, ni nadie que creyera serlo. El único santo que los colonos conocÃan personalmente habÃa desaparecido en una oscura ciudad de Europa y el cónsul estadounidense creÃa que, con toda probabilidad, habÃa muerto.»
Cada individuo, en cualquiera de las facciones, se preocupa por restablecer el marco teórico que debe regir su conducta -reformulado desde el dÃa que tomó la decisión de apuntarse al experimento, pero nunca planteado con anterioridad, en su vida civil– con la misma intensidad con la que se perdona cualquier transgresión, como si lo principal de las prohibiciones fuera ser consciente de su existencia y no tanto cumplirlas.
En realidad, como es fácil de comprender, UtopÃa es un proyecto colectivo pero, dados los diferentes antecedentes de los participantes, está abierto a tantas posibilidades como elementos la componen y no todas con el mismo peso especÃfico. Las expectativas de los cabecillas de cada facción, debido al poder que se les ha concedido por los subalternos, expresa o tácitamente, tienen más posibilidades de imponerse que las esperanzas de los que han renunciado a ejercerlo pero que las mantienen intactas a pesar de esa dimisión y que, ante la imposibilidad de imponerlas de forma explÃcita, tratarán de aplicarlas subrepticiamente. De esa forma, los enfrentamientos por desacuerdos en cuestiones cruciales se sostendrán entre facciones, mientras que los que hagan referencia a la cotidianidad no conocerán planteamientos previos y desembocarán en un caótico todos-contra-todos cuyo efecto principal será ir minando de manera silenciosa pero irremediable la pretendida coherencia interna del grupo.
Aunque el principio teórico -dirÃase, incluso, fundacional- que regÃa el experimento era que cada individuo aportara su contribución a la comunidad para, de este modo, hacer la experiencia más humanamente enriquecedora, en realidad, esa aportación acaba consolidándose en negativo, ya que con lo que contribuye cada uno es con sus limitaciones, para las que espera encontrar remedio en el seno de la asociación y en el reducido número de iguales, en lugar de quedar en evidencia ante la sociedad en su conjunto.
«Todo un sistema de vida esperaba ser reiniciado, un detalle que habÃa convencido a los realistas para someterse a la ideologÃa de los puristas que, en particular desde el reclutamiento de los trabajadores y la escasez de los materiales, debido a la guerra inminente, habÃan descartado completamente la modernización a gran escala. Y los realistas de ambas tendencias tampoco eran insensibles al encanto de un nuevo comienzo, simbolizado con tanto acierto por el viejo hotel y sus aparatos, que los devolvÃan a la edad de la inocencia, al alba de la memoria y a las arcaicas figuras del padre y la madre. En cualquier caso, por el momento, todos veÃan posible volver a empezar por el principio y corregir el pequeño error que habÃa ocasionado aquella enorme confusión, como ese fallo que uno comete al inicio de un cálculo matemático y que acaba por traducirse en una diferencia de miles de millones en la respuesta final.»
El extrañamiento de un modo de vida conocido y asumido y el planteamiento de nuevas necesidades cuya solución se habÃa propuesto solo en el plano teórico no provocó la aparición del elenco de virtudes con el que resolver cualquier tipo de incidencias, sino que las dificultades hicieron emerger lo peor de cada uno -una posibilidad que, en teorÃa, debÃa ser descartada como principio fundacional de la colonia- para agravar los enfrentamientos, poner en cuestión el experimento y crear nuevas rencillas personales entre individuos con anterioridad desconocidos.
«-A Helen le encantará quedarse con los niños -prometió el realista más joven. Igual que Susan, tenÃa ciertas dudas acerca de la validez de aquel procedimiento, pues él también era un escritor «creativo» y, por lo tanto, más sensible a las cuestiones morales. Pero, de temperamento más estable que Susan, la inquietud no le duró mucho tiempo: estaba seguro de que el lugar de reunión no supondrÃa ninguna diferencia; Joe Lockman le parecÃa más bien el tÃpico jasÃdico simplón; las reivindicaciones de Taub y sus manifestaciones solo le interesaban de un modo superficial. Aquel joven pálido, gordo y rubio, de ojos redondos y mirada divertida y campechana, seguÃa en la facción de Taub principalmente por pereza, y por satisfacer su inclinación de novelista por la trama. Taub, por su parte, lo miraba con indulgencia paternal; el «descubrimiento» de nuevos talentos constituÃa una de sus actividades de ocio principales, y nunca se habÃa parado a pensar en el momento en que el niño caminarÃa sin ayuda.»
Cada conflicto, por tanto, es una muestra de las dificultades en la convivencia de personas con intereses dispares, y el hecho de mantener un objetivo común -todo lo que las llevó a trasladarse a la colonia- no las libra de los enfrentamientos provocados por esa misma convivencia; pero también de la incapacidad, personal, de hacer que ese objetivo común se imponga sobre los intereses propios, las convicciones, las expectativas o los prejuicios.
«El hecho de que una persona que estaba empeñado en destruir le expresara su estima solo incrementaba su desdén e inflamaba su fervor punitivo, pues ya no temÃa las represalias. Incorruptible en la venganza, tampoco lo movÃa la compasión, pues la consideraba una forma de soborno a las emociones más tiernas.»
Entendiendo el conflicto como un ente dotado de voluntad propia cuya única intención es perpetuarse, la reconciliación de los lÃderes de cada facción -haciendo uso de una capacidad posible solo en el nivel personal, la empatÃa- traspasará las diferencias de nivel, que quedarán establecidas entre los numerarios de cada facción, y en un contexto doble: externo, enfrentada a los numerarios del otro grupo; interno, contra la rendición de su lÃder ante su adversario. Y esa enemistad es de consecuencias mucho más graves que la que enfrentaba la de los dos lÃderes ya que ni el razonamiento ni la empatÃa, ambos restringidos al plano personal, son susceptibles de participación.
«Este fue el último combate abierto que se produjo entre los dos lÃderes. Ambos salieron de él con la sensación de haber vencido y, también, de haber perdido el tiempo. A partir de entonces, las conversaciones entre ellos se limitaron a cuestiones prácticas o a temas asépticos que no requerÃan que ninguno se posicionara. Dado que ambos habÃan perdido la esperanza de convencer al otro o de asestarle un golpe que pudiera incapacitarlo, optaron por aceptar sus diferencias y, a falta de algo mejor, comenzaron a tener en consideración sus virtudes. A esta mejora de las relaciones le siguió una explosión de amistad, como ocurre a menudo en los romances cuando dos personas deciden que no «significan demasiado» la una para la otra. Los consiguientes beneficios prácticos en el plano social -las veladas conjuntas, el trabajo en equipo o los consejos dados y recibidos- fueron inmensos.»
En todo caso, esa socialización de los deseos, la colectivización de las aspiraciones, aún lastradas por las diferencias de enfoque y las rivalidades entre lÃderes y entre facciones, posibilita que esos anhelos alcancen un grado de inverosimilitud que jamás podrÃa haberse dado si los promotores fueran personas individuales, mucho más razonables en sus deseos que cuando se cuenta con el refuerzo de la colectividad.
La intención consciente se ha trasladado desde la vida convencional hasta la convivencia en la colonia, y los participantes han aprendido a modular sus aspiraciones y sus reacciones a su nueva situación; pero cuando surge un conflicto que afecta, además de a la comunidad, a la propia existencia o a la cohesión del grupo, los frenos conscientes dejan de ser efectivos y emergen las personalidades reales, con lo que se agrava el conflicto al situarlo fuera del ámbito de la comunidad, entre unos individuos que ya no se reconocen entre sà -y a los que no les gustarÃa reconocerse por sà mismos- y por razón de unos enfrentamientos que no entraban en el marco de las posibilidades.
«Al principio, nadie reconoció abiertamente que el picnic se habÃa echado a perder; aquel encuentro habÃa magullado y vapuleado demasiado la moral de la colonia, pero, cuando abrieron las cestas y el áspero vino tinto empezó a circular, los miembros se dividieron en pequeños grupos y, sentados en cÃrculo, bajaron la cabeza y la voz para repartir culpas y perdones y extraer la moraleja de la historia. Todos eran secretamente conscientes de que una fase de la colonia habÃa llegado a su fin; se habÃa perdido algo que tal vez fuera un ingrediente esencial: un hombre puede vivir sin respetarse a sà mismo, pero un grupo se hace añicos, se disgrega, cuando ve el reflejo de su propia fealdad.»
¿Está preparada la colonia para repeler un ataque exterior usando sus propias normas, adoptadas por consenso, cuando ese enfrentamiento la pone más allá de los lÃmites de su constructo teórico, y cuando ese enemigo no solo representa todo lo que ellos han dejado atrás, sino que elude del fair play que ellos tienen en cuenta en sus diferencias internas? ¿Dónde está el mayor peligro para la supervivencia de la colonia, en las desavenencias intrÃnsecas -para las cuales las formas fundacionales deberÃan haberlos preparado desde el inicio- o en un ataque exterior -para cuya respuesta no sirve el planteamiento fundacional-?
«El problema para la colonia consiste en no confundir sus triunfos materiales con el triunfo de su ideal. Aquà no hay nada -dijo, señalando con un gesto impreciso la lejanÃa azulada- de lo que la colonia no pueda prescindir. Eso es lo que deberÃamos preocuparnos por demostrar. Hemos probado que podemos apañárnoslas sin coches y sin electricidad, pero también deberÃamos probar que podemos apañárnoslas sin mantequeras y lámparas de aceite, y que serÃamos capaces de volver a las lavadoras y a las batidoras, si fuera necesario. La colonia no debe identificarse con sus herramientas.
La invasión de unos foráneos de un prado propiedad de la colonia para recoger unas fresas silvestres provoca el cuestionamiento de las bases de UtopÃa porque ese hecho no entraba en el marco teórico establecido; contraviniendo un código no escrito pero fácilmente comprensible, son rechazados mediante disparos de salvas al aire, una reacción que acentúa el debate hasta lÃmites insospechados y convierte la respuesta a la transgresión en la mayor amenaza para la continuidad del experimento.
«-La mente, hablando con propiedad, solo debe desear sus propios objetos: el amor, la belleza formal, la virtud. Pero, si la mente no está entrenada para distinguir sus objetos de los del cuerpo, los confunde. Convierte el capricho de las fresas en una exigencia ética; la mente, entonces, cree que necesita las fresas y, en consecuencia, cualquier acción que pueda emprender para garantizarlas está moralmente justificada. Pero, en la medida en que las fresas son algo material, solo pueden, en un último análisis, garantizarse por la fuerza; es decir, se trata de una necesidad fÃsica. Si hubiéramos tenido hambre -añadió-, no habrÃa nada incongruente en el hecho de iniciar una batalla por ellas. Sin embargo, dado que nuestro deseo era mental, lo mismo daba una fresa que cien, pues no hacÃa falta disputarnos su posesión, ya que dos mentes pueden tener un único objeto al mismo tiempo.»
En manos de un escritor menos hábil, el planteamiento de la novela podrÃa haberla convertido en una ideologizada novela de tesis absurda, cargante y aburrida. Pero McCarthy no se encierra en la novela filosófica, en el peor sentido aplicable -de nuevo, el fantasma de la teorÃa sobrevuela la estructura del texto- porque su intención no es perorar acerca de las comunidades utopistas, sino mostrar los errores en los que puede sumirse el esnobismo de clase al intentar poner en práctica un modelo teórico cuya aplicación conlleva más problemas de los esperables. Pero esa no es la única intención de la autora -ni, tal vez, la principal-; sin ánimo de revancha, pero con un incuestionable sentido de la ironÃa, McCarthy no solo pone en el punto de mira a toda una clase -la intelectualidad neoyorquina de mediados del siglo XX- sino que se inspira, para la caracterización de sus personajes, en individuos reales de su entorno inmediato -amigos, amantes y solo algún enemigo-, a los que caricaturiza sin disimulo y sin otra consideración que la que sobrevive después de aplicar un hiriente y jocoso sarcasmo.
Ese carácter de roman à clef de El oasis, por el cual cada personaje corresponde a una persona real perteneciente al cÃrculo de amistades de la autora, se pierde para el lector actual -del mismo modo que sucede con la mayorÃa de personajes de À la recherche du temps perdu-, pero ello no es óbice para disfrutar de la lectura de una novela en la que la inteligencia empleada en su construcción sobrepase con creces la ironÃa de su forma exterior; en todo caso, es relevante saber que existen esas correspondencias -y que, una vez publicada, levantó ampollas entre las personas reales que aparecÃan retratadas, en términos por lo general, poco favorables, en su traslación como personajes ficticios-, pero es más gratificante, para el lector no especialista en la esfera intelectual norteamericana de la época, la existencia de tal correlación que la identificación de cada protagonista como persona real.
McCarthy se muestra especialmente cáustica cuando, después de la división del grupo en las dos facciones mencionadas, pone en evidencia aquellas conductas que chocan frontalmente con los principios teóricos que cada una de ellas se ha autoimpuesto y, en especial, con la indulgencia con la que tratan esas traiciones por parte de los encargados de mantener la ortodoxia, como si sus transgresiones formaran parte de sus atribuciones como vigilantes o como si, con mayor frecuencia, su papel los mantuviera al margen de sus propias normas.
«Y la propia colonia, tal y como ella la veÃa, con sus energÃas, sus incertidumbres, sus euforias, sus ciclos de recesión y recuperación, también parecÃa haber estado reproduciendo la imagen del mundo galvánico de allá abajo a través de un prisma. (En el terreno social, se habÃa considerado a sà misma como una especie de fábrica o negocio para manufacturar y exportar moralidad)».
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