Pablo Martín Sánchez | Foto: Bárbara Balcells Matas

Ver la vida a ras de suelo

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Pablo Martín Sánchez | Foto: Bárbara Balcells Matas

Tantas cosas me hacen pensar en Georges Perec en la magnífica novela de Pablo Martín Sánchez, Tuyo es el mañana. En desorden: la estructura oulipiana que juega con el número seis; los dos relatos en paralelo, uno en redonda y el otro en cursiva, como en W o el recuerdo de la infancia; la segunda persona del singular que hace eco al narrador de Un hombre que duerme; el nacimiento del bebé el 18 de marzo de 1977, un año antes de la muerte de Bartlebooth el 23 de junio de 1978; la «autobiografía mínima» de Martín Sánchez que prolonga la «autobiografía oblicua» de Perec, gran renovador del campo autobiográfico; el tema de la orfandad.

Acantilado

Sin embargo, quisiera detenerme unos minutos en dos personajes de la novela: Clara y Solitario VI. De los seis personajes, aparte de la tronchante pintura de María Dolores Ros de Olano, me quedo con esta singular pareja. Clara es una niña que sufre acoso escolar y fue abandonada por su padre, de modo que trata de entender su vida a través de la etimología de las palabras y el comportamiento de los animales. Por su parte, Solitario VI es un galgo de carreras, maltratado, al que fuerzan a correr cada semana en el canódromo de la Meridiana, y que sueña con escapar y convertirse, por qué no, en un lobo o un coyote, «esos parientes nuestros que adoran la libertad».

Ambos tienen esto en común que se encuentran al margen del mundo normativo de los adultos y comparten una mirada sin prejuicios hacia las cosas. Hay en ellos algo de los ingenuos de los cuentos filosóficos del Siglo de las Luces, como Micromegas o Cándido, personajes que tienen el don de la observación y que formulan preguntas básicas, pero esenciales, –preguntas de niña o de perro– poniendo en tela de juicio nuestras costumbres más arraigadas. De hecho, no es una casualidad que Clara le pidiera a sus padres el libro que más caracteriza la Ilustración: una enciclopedia.

De ahí que Clara trate de comprender el acoso escolar al que está sometida mediante la definición de palabras como sadismo y algolagnia que encuentra en su Larousse. También se pregunta cosas como, por ejemplo, por qué las personas no pueden estornudar con los ojos abiertos, propone una curiosa explicación de por qué “las medias lunas blancas que hay en las uñas” empiezan a desaparecer a partir del dedo corazón, se interroga sobre las prisas con las que vivimos, sobre el miedo a sonrojarse, sobre el miedo a tener miedo, sobre los diferentes tipos de supersticiosos… «Â¿Cómo se llama el hueco ese entre las paletas?».

Es curioso ver cómo José María Raich y Ros de Olano, el viejo empresario franquista de la novela, se convierte por un breve instante en un doble de Clara cuando, de niño, dice algo tan perspicaz como que «era injusto que hubiese un nombre para los niños sin padres y que no hubiese para los padres sin hijos».

De modo similar, pero en un registro más perruno, Solitario VI se asombra ante la conducta de los humanos. Obviamente, la gran pregunta que le persigue y que no alcanza a contestar es por qué diablos lo maltratan de semejante manera. Insultos, amenazas, palizas, manguerazos, desnutrición, bozales. A pesar de esto, Solitario VI –un personaje extremadamente sensible– es capaz de admirar «lo que los humanos pueden hacer con su pelo», se ríe de la letra de nuestras canciones, no entiende «la obsesión de los humanos por cubrirse la piel con trapos», reflexiona sobre nuestra capacidad de herir con las palabras o de complicarnos la vida.

Clara libera a Solitario VI del canódromo y lo adopta. «Por qué tú y yo somos compañeros, ¿no?». Este encuentro es de lo más hermoso de la novela, no sólo a nivel de la trama –Solitario VI cumple su sueño de libertad y al fin es querido, mientras que Clara encuentra en Solitario VI al hermanito que nunca tuvo–, sino porque las dos miradas, la de la niña y la del perro, se fundirán en una sola. Solitario VI observa:

«La gente asegura que los niños no son buenos amos, que son caprichosos, que se olvidan de darte de comer y de sacarte a pasear. Pero a mí me gustan porque ven la vida como nosotros: a ras de suelo».

«Ver la vida a ras de suelo». Si bien estas palabras están dichas de pasada por un galgo socarrón, uno siente que encierran algo capital para el autor. De alguna forma, toda la novela de Martín Sánchez está impregnada de esta mirada a ras de suelo, que consiste en cambiar el punto de vista, colocarse en un lugar inusual frente a la realidad que nos rodea. Como si en lugar de acomodarnos en nuestra butaca de siempre, nos estiráramos en la alfombra de casa y observáramos por unos instantes nuestros objetos más cotidianos desde otra perspectiva.

Y, claro, esto tiene mucho que ver con Georges Perec –al que habíamos dejado aparcado– y su reflexión sobre «lo infraordinario», esa voluntad que siempre tuvo de hacer visible «lo banal, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual». Los personajes de Tuyo es el mañana, especialmente Clara y Solitario VI, prolongan la empresa de Perec e interrogan continuamente «lo que parece ir tan por su cuenta que nos hemos olvidado de su origen».

«Â¿Cómo dar cuenta de lo infraordinario, cómo interrogarlo, cómo describirlo?», se preguntaba Perec. La respuesta que propone Martín Sánchez en su novela pasa principalmente por esta mirada a ras de suelo, que aspira a liberarse de todos los prejuicios e ideas recibidas y volver a hacerse las preguntas más elementales, preguntas de niña, preguntas de galgo. Tratar de regresar al origen de las cosas.

Claude Burgelin, el eminente especialista de Perec, dijo un día que «Georges Perec es el espíritu de la infancia en su radicalidad». Lo cierto es que el autor de Especies de espacios no cesó de hacerse preguntas infantiles: ¿Qué es una cama? ¿Qué es una habitación? ¿Por qué tu calle es así y no de otra manera? ¿Qué hay debajo de tu papel de pared? Y este tipo de preguntas son precisamente las que fundaron el Siglo de las Luces.

Pablo Martín Sánchez también las hace. Creo que, por esta precisa razón, Màrius Serra dijo que «lo que más aprecio cuando leo esta obra de Pablo Martín Sánchez es su gran capacidad para sorprenderte, para invitarte a pensar en cada párrafo». En esto, Pablo Martín Sánchez es un extraordinario sucesor de Perec. Consigue formular preguntas triviales e insignificantes, pero paradójicamente fundamentales. Y, para ello, utiliza un estilo –necesariamente– sencillo. Porque si no fuera así, el invento no funcionaría.

El propio autor escribió una vez que «quizá no sea casual que la novela que me cambió la vida (La vida de instrucciones uso de Perec) la leyera en el suelo, sobre una alfombra». Desde aquí, decimos que no era casual, era premonitorio.

Kim Nguyen Baraldi

Kim Nguyen Baraldi (Bruselas, 1985) es crítico literario. Edita el blog Calle del Orco desde 2011.

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