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Poemas arábigo-andaluces

30 diciembre 2019 Críticas, Portada

Alhambra | Foto: Maatkare | Pixabay Commons

En un país donde o se ignora la herencia musulmana o directamente se intenta esconder o destruir su legado, desempolvar un libro de poesía árabe puede parecer un anacronismo, una irreverencia o una temeridad y, aún más, si consideramos que el libro en cuestión fue incialmente publicado hace casi noventa años. Veamos si correr tales riesgos merece la pena.

Esta antología de Poemas arábigo-andaluces puede servir de excusa para acercarnos a una de las principales manifestaciones artísticas de la península durante el dominio musulmán y escuchar algo de su eco inmortal. Y como toda selección supone, en primer lugar, un acto de fe. Al abrir un libro en el que se han desechado textos que por cualquier causa no cuadraban con la línea elegida, no tenemos otra alternativa que confiar en que, en la misma disyuntiva que el autor, hubiéramos tomado las mismas decisiones. En este caso, corren a cargo del gran arabista Emilio García Gómez, un historiador con vocación de poeta que intenta darnos con este manojo de versos, como él mismo lo califica, una visión global de la poesía arábigo-andaluza, recorriendo espacial y temporalmente con textos de diferentes autores, las etapas en las que se dividió su periodo de dominio en la península.

El pueblo árabe, cuando llegó a esta tierra, transportaba la herencia de su lírica clásica que, desde los desiertos del Oriente Próximo, traía el rumor de las tribus beduinas y sus costumbres. Ese recuerdo influyó inevitablemente en la poética hispana que, sin embargo, tuvo que modelarse a la realidad que le presentaba su nuevo hogar. El desierto dejaba paso a los frescos jardines y ahora, por ejemplo, se cantaba la gloria ganada contra los infieles del norte. De este modo y sin dejar de mirar de soslayo hacia la patria lejana, comenzó a forjarse su propia personalidad, floreciendo con vigor de la mano de los Omeyas y alcanzando su esplendor en los Reinos de Taifas, cuando consiguió resistir el golpe de la desintegración territorial.

Este es el recorrido que marcan las páginas del libro y el seguirlo deja sensaciones contrapuestas, pues también es necesario aceptar desde el principio que la pérdida ha sido inevitable. Esta obra y lo que hoy queda en nuestras manos de aquel legado no es sino un mínimo testimonio de lo que en su día supuso la poesía para el pueblo de Al- Andalus, mucha de la cual se perdió en el fuego de las hogueras y el olvido de la historia y que, además, llega hasta hoy mutilada por la traducción desde su lengua materna y silenciada por la palabra impresa, despojada de su irrechazable sonoridad. Nacida para ser recitada llegó sin excepción al grueso de la sociedad andalusí: reyes que se jactaban del cultivo de este arte, guerreros que entonaban desafíos en el mismo campo de batalla, artesanos, campesinos y esclavos que llegaron a ganar la libertad por su pericia poética,  la llevaron a confundirse con su misma alma.

A lo largo de la historia, la literatura ha conseguido encauzar los sentimientos de muchas de sus sociedades, hacerse portavoz de su manera de sentir y entender su propia existencia y este es, sin duda, el caso que nos ocupa. Para no perder de vista esa realidad, tenemos que concienciarnos de la necesidad de escuchar los versos, incluso de olerlos y palparlos, de crear, según el gusto del lector, la atmósfera necesaria para identificarse con cada línea y aceptar sus palabras como sinceras. García Gómez duda de la honestidad de la poesía en general y de la árabe en particular, pero sería demasiado pretencioso pensar que el poeta es un inventor de sentimientos humanos. Propios o no, el escritor ha tenido que vivirlos, sentirlos y en cierto modo hacerlos suyos, dejando en ellos forzosamente parte de su interior, y esa es precisamente la actitud con la que hay que afrontar esta lectura. Dice Muñoz Molina que después de haber perdido muchas de sus certezas casi sólo una conserva y es que “no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca, ni decir lo que nunca se ha dicho”. Con ese espíritu y tras haberse extraviado tantos matices en el camino, quizá sea esa la postura a adoptar. Para llegar a aquellos palacios, a aquellas huertas y patios húmedos, debemos despojarnos de la carga arrastrada y una vez tomada la decisión dar el salto, descartar ruborizarse con los oportunos juegos de abstracción.

A través de ellos, llegamos a los temas cantados con más intensidad y emoción, entre los que el amor y la belleza se tornan en valores superiores. Fluía sin límites la pasión tanto en la cercanía:

“Salí en su compañía, cuando la noche permite que se aproxime, bajo su manto, el fuego de mi aliento al fuego de sus encendidas mejillas”.

Como en la distancia, desde donde se escribía con el mismo arrojo:

“Su separación ha dejado en mi pecho una negra tristeza, como las tinieblas vienen cuando se pone el sol”.

Unos sentimientos que no son simplemente viscerales, pues beben de la tradición del amor udrí proveniente de Bagdad, en el que la pureza y la castidad  aportan su propio éxtasis:

“Y así, pasé con ella la noche como el pequeño camello sediento al que el bozal impide mamar/ Tal, un vergel, donde uno como yo no hay otro provecho que el ver y el oler”.

La unión entre la poesía y el amor es indisoluble y deja impregnada de delicadeza cada página en la que aparecen ligadas.

Pero no es este el único tema exaltado, y mucho más terrenal es su entusiasmo por el vino, que en esta tierra hizo caso omiso a los dictados del Corán, ensalzándose sin ningún tapujo (“... dame sus primicias, cámbiame la plata por el oro del vino”), llegando a adorarlo con un aire casi místico :

“El vaso lleno de rojo néctar era, entre sus dedos blancos, como un crepúsculo que amaneció encima de una aurora”.

Se bebía en noches de fiesta que se hacían eternas, donde tras haber vaciado insaciables los cántaros del copero, el punto final sólo llegaba cuando:

“Los luceros huyen para dejar paso a las Pléyades, que son como sortijas que brillan en los dedos de una mano escondida”

Y tras haber alabado  al amor, al vino, a la belleza, esta poesía que parece pecar en ocasiones de una inocencia casi infantil:

“Me maravillo de la ingratitud del arco, porque no es leal con las palomas del boscaje/ Cuando era rama, fue su amigo, y ahora que es arco, las persigue. ¡Así son las vicisitudes de los tiempos!”.

No duda en cantar con igual esmero a la berenjena y a la rosa, al caballo alazán y al gallo, con la capacidad de mirarlos con los mismos ojos y descubrir en cada objeto su propia y mágica personalidad. Todo ello, creando una galería de imágenes vivísimas que a modo de fotografías recorridas con los dedos  y  jugando con la omnipresente metáfora, son capaces de trasladarnos a orillas del Guadalquivir, donde  “los olmos que descuellan sobre los jardines son como lanzas de banderolas de seda”  y donde “el río, de murmuradoras riberas, te haría creer diáfano, que es una corriente de perlas”; a vergeles en los que “ráfagas de perfume atraviesan el jardín cubierto de rocío, cuyos costados son el circo donde corre el viento…” y a surtidores de los que “…se deslizan a borbotones sierpes de agua, que corren hacia la taza como amedrentadas víboras”.

Si las sensaciones de este libro no dejan de ser contrapuestas entre lo que se gana y lo que se pierde, esto último deja de importar en el momento en el aceptamos la invitación a utilizar todos nuestros sentidos porque al traspasar las barreras que traza el tiempo la recompensa vendrá en forma de vívidas evocaciones que “son esplendores de hermosura tan perfectos, que parecen la belleza de la certidumbre o el brillo de la fe”.

Etiquetas: acto de fe, antología, desierto, fotografías, musulmán, Oriente Próximo, Poesía, Reinos de Taifas

Sobre el autor

Rosauro Varo Cobos

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982. Es pediatra y cooperante. Ha ejercido en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. Actualmente vive en Barcelona donde cursa el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Es cofundador de la revista 'Café con Letras' y de las tertulias literarias del mismo nombre. Ha publicado artículos de opinión en diferentes medios, un cuaderno de crónicas de viaje y un libro de cuentos titulado 'El embudo' (Andrómina, 2014). Recientemente, ha publicado su primera novela: 'Plagio' (Ediciones en Huida, 2018).

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2 Comentarios

  1. Pepe Pinto 30 diciembre 2019 at 21:23

    Qué buen nombre puso García Gómez a la poesía de la época. De esa poesía surge la tradición poética andaluza y gran parte de la española. Y es cierto que no se le ha da la importa adecuar. Buen arquero intenta paliar esa carencia.

  2. Adela 30 diciembre 2019 at 21:31

    Que agradable sugerencia y que poetico articulo . Leere la antologia.

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