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El arte como exploración de la condición y el alma humana

Primera representación de 'El oro del Rin' 1876 | WikiMedia Commons

El anillo de la verdad. La sabiduría de “El anillo del nibelungo” de Richard Wagner, es el segundo libro del filósofo y escritor británico Roger Scruton (1944-2020), publicado en 2016 en inglés y que ahora recupera Acantilado, que ha dedicado a una obra en particular del compositor alemán. Primero fue Death-Devoted Heart: Sex and the Sacred in Wagner’s Tristan and Isolde (2004) y, después, Wagner’s Parsifal: The Music of Redemption (2020), publicado de manera póstuma. Scruton, compositor a su vez de dos óperas, publicó diversos libros sobre música desde diferentes enfoques y aproximaciones; en muchos de ellos ya mostraba su pasión por la obra wagneriana en general y, en particular, por la tetralogía de El anillo del nibelungo, compuesto por las óperas El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses.

“Wagner buscó la clave en el arte, intuyendo, con su buen juicio, que los misterios reales son aquellos que deben ser reproducidos, ya no que no pueden ser resueltos. Reproduciéndolos en el arte, con su significado dramático amplificado mediante sus vínculos con los otros misterios que nos perturban, no los rechazamos como ilusiones, sino que permitimos que nos hablen y que nos muestren su verdad interior”.

En El anillo de la verdad, Scruton explora la obra de Wagner a través de su composición musical, del drama, el simbolismo y los personajes y de la filosofía que transmite a través de todos los elementos que conforman las cuatro obras, las cuales aborda, el autor, como un todo, mostrando las variaciones a lo largo de su composición, cómo Wagner fue madurando las ideas que presenta en escena y cómo distintas ideas filosóficas fueron influyendo en su pensamiento. Scruton lleva a cabo un análisis exhaustivo y brillante de las cuatro óperas para exponer cómo usó este compositor del post Romanticismo alemán, a través de la música y de la dramaturgia operística, la expresión artística, para hablar de la libertad del ser humano, del amor y del poder, de la muerte, de lo sagrado como forma superior de lo religioso, para, en definitiva, alcanzar, representar y transmitir verdades profundas de la condición humana.

Acantilado

A lo largo del ensayo, Scruton sigue una suerte de línea filosófica que arranca con Immanuel Kant -una de las bases del pensamiento del autor-, continúa con Johann Gottleb Fichte, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y sus seguidores, especialmente los Jóvenes Hegelianos, Ludwig Feuerbach, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer y Theodor Adorno. Por supuesto, las elecciones de este grupo de filósofos corresponden a los intereses de Scruton; también se deben a que, en algunos casos, como los cuatro últimos, abordaron la obra de Wagner en diferentes términos críticos que el filósofo se encarga de rebatir. Para Scruton, las obras analizadas del compositor marcan un itinerario, no solo musical y dramático, también filosófico, que deben ser entendidas como un ensayo, además de una expresión artísticas, asentado en un conjunto de verdades humanas que surgen como resultado de las transformaciones de una serie de mitologías y personajes que van desde el mito al dios -o la divinidad- al ser humano.

Aunque Scruton se encarga en varios apartados de desvelar las claves musicales y argumentales de la obra, está más interesado en ubicar El anillo del nibelungo en una esfera que trasciende los contornos del género artístico al que pertenece la obra de Wagner. Es decir, lleva a cabo un análisis estético con el fin de poner de relieve cómo las pulsiones filosóficas del momento, así como el pensamiento propio de Wagner, impregnan una expresión artística que deviene en pura reflexión filosófica sobre la condición humana. La complejidad del análisis de Scruton requiere una lectura de todas y cada una de las paradas que lleva a cabo en su acercamiento a las cuatro óperas para entender el alcance de su mirada. También de sus intereses. No se puede negar que Scruton transfiere en gran medida su mirada personal hacia el arte para interrogar la teatrología. Lo cual resulta, evidentemente, lógico. Esto conduce a una aproximación que tiene una base muy particular que se relaciona de manera directa con su pensamiento filosófico.

“El Anillo no pretende sostener ninguna tesis: nos muestra tal como somos, ayudándonos a comprender, por medio de la empatía, lo que se dirime en nuestras elecciones morales. La verdadera pregunta a la que debe enfrentarse cualquier amante de esta grandiosa obra no es si ofrece conclusiones verdaderas, sino más bien si afirma o niega la vida que tenemos, que es todo lo que tenemos”.

A lo largo de varias décadas de libros alrededor de muy diversos temas y mediante apariciones públicas que fueron aumentando por su cariz polémico, Scruton desarrolló un abierto pensamiento conservador basado en un tradicionalismo que abogaba por el respeto a una herencia cultural y artística -que en su caso particular, como británico, fue desarrollando unas posturas muy concretas- como forma, precisamente, de progreso; entendido este de una manera singular en tanto a que solo desde una experiencia estética, y, por tanto, política, basada en el respeto al pasado, se podrá construir algo para el futuro. Scruton, inspirado en una larga tradición filosófica, la cual, como decíamos, está representada en El anillo de la verdad, propone un “dualismo cognitivo” a través del cual no ataca a la vertiente científica del conocimiento, sino que la concibe como una de las maneras a través de la cual conocer el mundo y al ser humano. La otra vía sería más teológica, religiosa, pero en un sentido de gran complejidad: a través de los relatos religiosos se puede acceder a verdades profundas del ser humano que la ciencia no puede explicar. Scruton, a lo lago de diferentes obras, desarrolló este pensamiento en estudios que ahondaban en esa segunda vía por la cual el ser humano, ante una obra de arte, puede llegar a un conocimiento íntimo, pero también colectivo, cuya explicación esquiva los efectos de la causa tiempo y espacio y de aquellas que desde la ciencia pueden darse. Piensa en un saber, y en una experiencia estética, trascendente, que tiene tanto que ver con lo religioso en cuanto a que persigue encontrar, a través de las manifestaciones artísticas, por ejemplo, lo que Scruton definió como “el alma del mundo”.

“Wagner no fue en sentido literal un creyente, pero adoptó una visión profundamente religiosa de la condición humana. Su objetivo en todas sus obras de madurez fue dar credibilidad al pensamiento de que somos rescatados de nuestros ideales, a pesar de su origen puramente humano, y también a causa de ello”.

Ideas que recorren El anillo de la verdad para poner de relieve la profundidad del trabajo wagneriano que permite a Scruton mostrar la maestría no solo musical y en su dramaturgia: también cómo el compositor articula bajo su relato épico una visión trascendental sobre la condición humana que va más allá de su contexto preciso, tanto cultural como social y político, el cual absorbe y, de alguna manera, comenta y expone. Pero lo relevante para Scruton es la capacidad de abstracción de los elementos que Wagner pone en escena y la manera en la que, con la música y el argumento, logra transmitir a través de la experiencia estética, considerada esta como una comunión entre el espectador y la obra que permite al primero comprender elementos de su condición humana con profusión: valores, ideas, sentimientos y verdades que están por encima del tiempo y del espacio y que nos definen. También nos habla de la libertad individual frente al orden natural, y de la necesidad de reconocer al otro y aceptarlo como igual, con todas sus complejidades, como única manera de poder alcanzar la libertad personal. Y esto conduce al filósofo a analizar también el amor en la saga wagneriana, tanto el que se presenta como puro como aquel que parece meramente sexual, mostrando las diferentes aristas de las pulsiones emocionales y su carácter revolucionario en tanto a posible vía de liberación.

Scruton no sitúa a Wagner y su obra El anillo de la verdad al nivel de un tratado filosófico; ni falta que hace. El ensayista británico muestra cómo una forma de arte, una ficción musical en este caso, puede ser el vehículo para alcanzar ideas trascendentales mediante, en este caso particular, la contemplación y disfrute de una dramaturgia trágica y épica a partes iguales que se introduce en mitos fundacionales para usar su simbología como representación de la condición humana en toda su complejidad y profundidad. Porque, como escribió Wagner en su Arte y religión (1880): “está reservada al arte la salvaguarda del corazón de la religión, puesto que las imágenes míticas que la religión pretende que se tomen por verdaderas son capturadas por el arte en su valor simbólico, y, por medio de una representación ideal de esos símbolos, el arte revela la profunda verdad que esconde”.

Etiquetas: Adorno, óperas, compositor, Dios, El anillo de la verdad, El anillo del nibelungo, Hegel, Kant, Música, Mito, Richard Wagner, Roger Scruton

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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