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Entre el testimonio personal y el gran relato histórico

9 diciembre 2019 Críticas, Portada

Vera Brittain | Foto: Dominio público | WikiMedia Commons

“Los primeros recuerdos de mi generación están inevitablemente ligados a una experiencia que todos tenemos en común, pues se refieren a unos acontecimientos dramáticos de escala nacional, a las canciones, batallas y el repentino fin de la incertidumbre de una contienda más remota y más restringida que la que nos sepultaría a nosotros. Al igual que el resto de mis coetáneos, empecé a distinguir los hechos reales de las fábulas y las fantasías coincidiendo más o menos con el estallido de la Guerra de los Bóer, a finales de 1899. Antes de 1900, por muy espabilada y resuelta que yo fuera, nadie podría haberme descrito como una observadora consciente de mi entorno”.

Vera Brittain (1893-1970) publicó en 1933 Testamento de juventud (2019, Errata Naturae), libro que se convirtió en un acontecimiento literario en su época y que ha permanecido, desde entonces, como una obra esencial para acercarse a la generación de jóvenes cuyas vidas quedaron truncadas o afectadas, cuando no cercenadas, por la Primera Guerra Mundial.

“El bellísimo legado de un mundo desaparecido está grabado con precisión milimétrica en las tablas de mi memoria. Nunca más, ni para mí ni para mi generación, se celebraría una festividad cuya alegría no se viera empañada por una sombra ni invalidada por un mal recuerdo”.

Periférica y Errata Naturae

Brittain divide las más de ochocientas páginas que componen Testamento de juventud en tres partes bien diferenciadas compuestas, a su vez, de varios capítulos en cada una de ellas. En la primera parte, Brittain se presenta, contextualiza su vida personal y académica -su entrada en la universidad y las complicaciones como mujer y por su estatus social para acceder-, muestra el inicio y primeros años de la contienda bélica, su trabajo como enfermera tanto en suelo inglés como en el continente y, finalmente, termina con el fallecimiento de su prometido. La segunda parte continúa con la guerra y se cierra con su final, dejando a lo largo de sus páginas sus impresiones, cada vez más amargas, sobre la guerra y otras pérdidas de seres cercanos. En la tercera, Brittain narra su regreso al mundo académico, su trabajo como periodista y sus primeras publicaciones literarias, a la par que viaja por Europa y observa, de manera clara, cómo las negociaciones de los tratados de paz están alimentando un odio y un resentimiento que, con clarividencia, entiende que algún día podrán manifestarse de manera violenta en una nueva guerra.

“Hoy en día, tras haber pasado por varias experiencias de dolor devastador, comprendo en qué medida tanto la agonía como su alivio excluyen las exigencias de la memoria y el pensamiento, pero por aquel entonces, a pesar de los seis meses que llevaba en hospitales, no reconocía el cautivador ensimismamiento de un sufrimiento extremo, ni el optimismo abotargado, inducido por los anestésicos, y me parecía como si se hubiera ido a la tumba manifestando una indiferencia deliberada hacia quienes lo queríamos”.

Testamento de juventud puede leerse, evidentemente, como lo que es, el relato autobiográfico de Brittain y, a través de su experiencia, apoyándose en todo momento en sus diarios de la época y en las cartas que escribió y recibió, la reconstrucción de un momento histórico particular y su significancia para, sobre todo, esa juventud cuya inocencia quedó mermada con la brutalidad de la guerra. Desde la subjetividad que impone Brittain obtenemos un testimonio cercano, variable según avanza la historia y la mirada de Brittain se va despojando de su inocencia inicial y de un cierto egoísmo personal que ella no esconde en ningún momento sobre cómo sus planes personales se ven afectados por la guerra. De hecho, el libro arranca precisamente con esa confesión: “Cuando estalló la Gran Guerra, me la tomé no como una tragedia superlativa, sino como una exasperante interrupción de mis proyectos personales”. Una frase que marca, desde el inicio, un itinerario basado en dar la vuelta a esa impresión, esto es, la toma de conciencia de ser una figura más, un personaje más, de un fresco histórico que trascendía sus cuestiones personales.

“Y ahora ya no quedaban catástrofes por temer ni amigos que esperar; el fin de las preocupaciones había traído consigo un vacío profundo y anulador, la sensación de estar caminando en medio de una niebla densa que ocultaba imágenes y amortiguaba sonidos. No había ya ninguna experiencia que pedirle a la guerra; nada quedaba, salvo resistir”.

A este respecto, Testamento de juventud, se presenta como un clásico relato de formación, del paso de la juventud a una primera madurez que, en el contexto en el que se desarrolla, adquiere todavía más fuerza. Así, el libro de Brittain puede leerse también, abstrayéndose del conocimiento previo de estar ante una autobiografía, como una obra lindante con la ficción en cuanto a ese orden que la autora establece para organizar sus vivencias durante esos años. Porque, además de esa narración sobre la toma de conciencia de Brittain ante una realidad cruda y, después, tras el fin de la guerra, del proceso de abandono del duelo para volver a abrazar la vida, Testamento de juventud se sitúa en un territorio literario que conjuga narración bélica con un profundo y sentido romanticismo, entendido el término en su faceta más pura, pero también como aquel que da nombre a una literatura de cariz sentimental y emocional. También aúna la narración literaria con la crónica periodística e histórica e, incluso, algunos pasajes que son puramente una novela epistolar. Bajo una aparente sencillez, Testamento de juventud posee una enorme complejidad estructural y narrativa que Brittain maneja con brillantez para conseguir un ritmo de gran precisión, conjugando lo meramente descriptivo con observaciones personales sobre todo tipo de temas y la creación de unas imágenes literarias de gran potencia descriptiva, a veces por su crudeza y por su carácter directo, sin ornamento; en otras ocasiones, porque opta por una poetización a través de la prosa que aleja al lector del realismo para introducirlo en otros contextos más evocadores.

“Los motivos de la guerra siempre aparecen mal representados; su honor es deshonesto, y su gloria, ostentosa, pero el desafío de la resistencia espiritual, el intenso agudizamiento de todos los sentidos, la conciencia vigorizante del peligro común por un fin común sigue seduciendo a los chicos y chicas que han alcanzado la edad en que el amor, la amistad y la aventura llaman con más insistencia que en cualquier etapa posterior”.

Una complejidad que, además, se encuentra en la diversidad de temas que van desarrollándose a lo largo de una narración que avanza con la guerra, y, en la tercera parte, con su finalización, pero posible apertura a otra futura, como telón de fondo. Así, Brittain ofrece al lector también su proceso de construcción como escritora en un contexto de gran dificultad para una mujer de clase media-baja para conseguirlo, algo que conduce a Brittain a abrazar la causa feminista, de la cual al comienzo se siente simpatizante y, tiempo después, parte activa. También sobre su posicionamiento político hacia consumar su adhesión al Partido Laborista y su postura pacifista que, tiempo después, durante la Segunda Guerra Mundial, se volverá mucho más activa y conducirá a que reciba fuertes críticas por ello.

“(…)Mientras resistiera el mundo que yo había conocido, el mundo del tener y no tener, de poseedores y poseídos, de ricos y pobres, de grandes potencias y pequeñas naciones, siempre a merced de ricos y fuertes, de personas influyentes cuyos intereses eran satisfechos por la guerra, y que tenía autoridad suficiente para obligar a los políticos a precipitar, en beneficio de unos pocos, la destrucción masiva de millones. Y así fue como me convencí de que afiliarme al Partido Laborista me ayudaría a trabajar por un nuevo orden basado en la disciplina del instinto más fuerte del hombre: el de posesión”.

Así, Testamento de juventud, como decíamos, no solo es un testimonio de primera mano sobre la Primera Guerra Mundial por alguien que la vivió y la sufrió de manera directa y con trágicas y dolorosas pérdidas; también una novela sobre una joven que toma conciencia sobre sí misma y sobre el mundo que la rodea: desde su feminidad y su lugar en el mundo en cuanto a mujer pasando por su sexualidad; desde su desapego hacia lo político hasta su adhesión a un trabajo activo dentro de la política; desde su deseo de introducirse en el mundo académico hasta conseguirlo, pero rebajando considerablemente el aura que tenía en un primer momento. Varios procesos de revalorización de la vida y de su significado, de saberse parte de algo más amplio que su reducido mundo. Esto es, sentirse parte de una sociedad y sus problemáticas.

“Puede que nuestra generación pase a la historia como la primera que comprendió que no hay hombre ni mujer que pueda vivir ya en un indiferente aislamiento del mundo. Todavía no sé qué debería hacer yo, concluí, para ayudar a que todo esto ocurra, pero al menos puedo empezar por intentar comprender en qué ha fallado la Humanidad, y cuándo se malogró la civilización. Si unos cuantos más y yo lo conseguimos, es posible que valga la pena haber vivido; es posible que incluso valga la pena que se hayan perdido las vidas de los otros. Tal vez es ése el motivo por el que ellos murieron y yo me quedé sola”.

Máxime si se tiene en cuenta que, en última instancia, Testamento de juventud es un bello testimonio sobre aquellos jóvenes que vieron sus vidas truncadas al ir al frente, muchos de ellos sin volver de las trincheras. Brittain no oculta una profunda melancolía, en ocasiones tamizada por una honda tristeza, cuando mira hacia atrás y recrea unos años que dejaron una dolorosa huella en ella. Pero a su vez es capaz, en su parte final, de mostrar la necesidad, para los vivos, de seguir hacia delante y construir, o al menos intentarlo, un mundo mejor, tanto personal como global, como la mejor, y quizá única, manera de honrar la memoria de aquellos que perdieron la vida en la guerra. De ahí que Brittain cierre su libro con un pasaje muy emotivo en el que transmite que, a pesar de todo, siempre se puede comenzar de nuevo.

“En el instante en que fui a su encuentro y cogí sus manos tuve la certeza de que no me había equivocado; y aunque sabía que, de un modo que nunca podría compartir con él, seguiría unida a aquel pasado al que había renunciado para siempre, no me pareció del todo inadecuado que los años de frustración y sufrimiento y pérdida, de trabajo y conflicto y dolorosa resurrección, me hubieran llevado por sus caminos oscuros y enrevesados hasta aquel nuevo comienzo”.

Etiquetas: Autobiografía, cartas, crónica, Errata Naturae, Europa, feminidad, guerra, pacifismo, sexualidad, Testamento de juventud, testimonio, Vera Brittain

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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