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Revista de Letras
10 años de Periodismo Cultural

La mamain et la putain

Violaine Huisman | Foto: Beowulf Sheehan | Hoja de Lata Ediciones

“Mamá tenía todo tipo de trastornos del comportamiento, y se hubiera podido esbozar su retrato en forma de lista de patologías: esquizofrenia, mitómana, cleptómana, alcohólica, neurasténica e histérica por turnos. Podía estar sobreexcitada o abatida, comer como una lima o dejarse morir de inanición, era excesiva de todo. Pero estas etiquetas no nos servían de gran cosa: ninguna parecía adaptarse a ella, y menos aún servirnos de ayuda a nosotras”.

Violaine Huisman, en Fugitiva y reina, su primera novela, compone un acercamiento en tres partes a la conflictiva y compleja figura de su madre. Arranca en 1989, momento en el que cae el Muro de Berlín. A su vez, también cae su inocencia; la suya y la de su hermana, cuando siendo niñas son informadas de que su madre se encuentra ingresada en un centro psiquiátrico: “todo ocurrió al mismo tiempo, el año de la caída del muro de Berlín: nuestra infancia se desmoronaba con la violencia y la imprevisibilidad de un alud. Habíamos sido sepultadas”. Violaine y su hermana, Elsa, tan solo son informadas de que su madre es maniático-depresiva. Ninguna entiende qué quiere decir esa expresión, pero sí son conscientes que, desde muy pequeñas, han vivido en un hogar extraño y caótico en el que su madre se ha convertido para ellas en una figura tan íntima como extraña, tan cercana como lejana, tan diferente a los demás.

Hoja de Lata Ediciones

En la primera parte de Fugitiva y reina, Huisman se adentra en sus recuerdos de niñez, en la configuración del retrato de una vida, y de una madre, asentado en la rareza, en la inseguridad de dos niñas abandonadas en su piso burgués mientras su madre pasea ante ellas amantes y una vida de medicación y alcohol. Su padre se alza como una figura que acude todos los días a verlas, cercanía insuficiente para poder sentir una figura de alguna manera protectora en el caos de una infancia durante la cual, “el cometido principal de los animales domésticos que acompañaron nuestra infancia fue la de familiarizarnos con el suelo”. Huisman narra en primera voz y deja claro que estamos ante un recuento de su vida. Ahora bien, como en el resto del libro, queda preguntarse, de manera innecesaria, si lo que leemos es verdaderamente autobiográfico, hasta dónde lo narrado es cierto o no. Da igual. Porque la escritora francesa teje una novela en la que busca una triple visión sobre una mujer y realizar una narración de tres mujeres y tres generaciones: ella, su madre, Catherine, y su abuela, Jacqueline.

Así, en esa primera parte, Huisman opta por una narración que encadena recuerdos, que denota la confusión de aquello que recuerda. Lo hace como si de una ensoñación se tratase, con un estilo que persigue un realismo muy estilizado para representar un momento en el que ella, de niña, junto a su hermana, intentan comprender un mundo que se les escapa completamente. Casi abandonadas a su suerte, son testigos del derrumbe emocional y físico de su madre, de sus excesos, de su violencia, pero también de un amor tan apasionado como la vida de una mujer totalmente arrolladora.

“¿Qué es lo que queda de una vida? ¿Cómo contarla? ¿Qué decir de ella? ¿Qué es lo importante de una vida, parte del alumbramiento o la creación? ¿Qué vida vale tanto la pena como para ser recordada? ¿Quién es recordado? ¿Quién será recordado?”.

En la segunda parte, la más larga de Fugitiva y reina, Huisman cambia de punto de vista y de forma narrativa. A diferencia de la primera y tercera parte, en esta segunda aparece un narrador omnipresente que relata la vida de Catherine desde su nacimiento hasta el momento en el que es internada, esto es, hasta el pasaje de vida con el que la escritora arrancaba el libro. Huisman toma distancia para hablar de su madre y, de paso, de su abuela, Jacqueline, para trazar el relato de la construcción problemática de una personalidad a lo largo de los años. El punto de vista es de quien intenta comprender y para ello la autora desea erigirse como novelista, también como biógrafa. Contrasta con el tono de la primera parte, basada en unos recuerdos dolientes, pero no exento de cierta ironía; también con la tercera parte, mucho más emocional, cuando recuerda cómo, en Nueva York, recibe la noticia del fallecimiento de su madre por parte de su hermana Elsa, quien, de repente, toma un papel muy determinado en Fugitiva y reina. Porque Huisman busca en todo momento diferentes puntos de vista para comprender, acercándose y alejándose de manera intermitente, narrando hechos y posiblemente fabulando.

En la parte biográfica de Catherine, Huisman convierte a su madre en un personaje trágico que con el paso de los años ve mermada su concepción de la realidad, convirtiéndose en su vida, en efecto, en un personaje de un gran drama en el que los cambios de pareja, la maternidad, su trabajo como profesora de baile tras una carrera truncada, sus cambios de domicilio y su toma de conciencia de la casi imposibilidad de encontrar su lugar en el mundo, dan como resultado episodios de todo tipo, convulsos en términos generales. En un pasaje, Huisman presenta a su madre como una Medea que, harta de los engaños, deviene en Erinia. Pero también que ella engaña sin tapujos. Una vida que resume en una pregunta:

“¿Por qué no podemos tratar de vivir normalmente, joder, por qué no podemos tratar de vivir dos minutos como las personas normales?”.

Huisman usa la literatura, y la ordenación que esta puede ofrecer, para comprender, para transmitir una vida en toda su complejidad. No juzga a su madre, tampoco la defiende. No hay juicios de valor, tan solo narración. La complejidad de una personalidad lo exige:

“Entre la madre y la puta, mamá nunca había sabido elegir”.

Durante esa segunda parte, ofrece al lector el relato de la vida de su madre, pero también supone una contestación a lo que ella ha expresado en la primera parte, es decir, Huisman se responde, cuestiona su percepción de su madre. Ahora ya no es aquella niña que no entendía, con perspectiva puede conseguirlo. O, al menos, dar con algunas claves. Y lo hace con un estilo literario elaborado, muy fluido, en el que cierta poética del recuerdo se introduce en una prosa puesta al servicio de una narración absorbente cuya sencillez esconde diferentes capas de sentido. Porque, a su vez, supone una sutil visión de las diferentes épocas que componen sus vidas, de tres generaciones que viven sus vidas tanto en lo individual como en el marco de unas constricciones sociales.

“Catherine no se rindió. Regresó junto a sus hijas. Le dio una segunda oportunidad a la vida, durante casi veinte años más”.

De este modo termina la segunda parte para dar paso a una tercera en la que la primera persona toma de nuevo la voz narrativa. El cambio resulta muy potente, porque, además, se produce una elipsis que nos lleva hacia el recuerdo de Huisman de la muerte de su madre, unos días antes de Pina Bausch y al día siguiente de Merce Cunningham, situándose entre dos grandes nombres de la coreografía. Ella nunca llegó a cumplir sus sueños artísticos, lo intentó hasta donde pudo, por lo que esa coincidencia de fechas no deja de ser paradójica, sea real o no.

A lo largo de esta última parte, Huisman intercala los preparativos tras la muerte junto a su hermana Elsa con el recuerdo de esos veinte años de modo fragmentario con un tono, ahora sí, melancólico y emocional: después de haber biografiado a su madre y comprendido, está en posición de poder reconciliarse con Catherine y con ella, es decir, perdonar desde la aceptación y la comprensión de una figura compleja que, en última y definitiva instancia, era su madre. Una forma casi de adicción, como Huisman confiesa, que tiene, a su vez, una visión amplia sobre los lazos maternales y las ataduras emocionales, casi imposibles de romper. Porque la relación de amor apasionado de Catherine hacia sus hijas residía en un exceso que, en ocasiones, conllevaba cierta violencia e injusticia.

“¿Cómo podía una madre decirles a sus hijas que ya había dado bastante? Tenía razón, nunca era suficiente, para nosotras tampoco, nos tenía mal acostumbradas. Queríamos cada vez más, éramos drogadictas, su presencia en el mundo era una adicción. Éramos unas desagradecidas porque éramos sus hijas, incluso a los treinta y treinta y dos años, éramos sus bebés, sus niñitas adoradas -bueno, incluso sus hijas de puta, si se empeñaba-, pero no podíamos resolvernos a dejarla escapar”.

Fugitiva y reina se presenta como un trabajo de, desde lo literario y lo narrativo, con cambios de estilo, perspectiva y puntos de vista, gran elaboración bajo una falsa apariencia de sencillez, que propone un proceso de reconciliación desde el entendimiento que aúna razón y emoción, por parte de una hija que entiende que convertir la realidad en ficción, en ocasiones, puede ayudar a entender a aquella. Una novela que tiene ecos de Marie NDiaye, Annie Ernaux, Marguerite Duras o la de Delphine De Vigan de Nada se opone a la noche, pero tamizadas o asimiladas bajo la voz propia de una escritora que en su primera novela ha trazado una recorrido tan personal como liteario.

Etiquetas: Delphine de Vigan, Fugitiva y reina, Marguerite Duras, Muro de Berlín, Nueva York, recuerdos, Violaine Huisman

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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