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Deslumbramientos

21 febrero 2020 Críticas, Portada

Foto: Pexels | Pixabay Commons

Yolanda Izard es una escritora salmantina de consolidada trayectoria, tanto en su quehacer narrativo (La mirada atenta o Paisajes para evitar la noche con los que obtuvo los premios Carolina Coronado y Cáceres de Novela Corta, respectivamente) como lírico (Defunciones interiores, El durmiente y la novia o Reliquias del duende) y a medio camino entre ambos (sus microrrelatos de Zambullidas), además de incursiones en el ensayo, lo que demuestra su versatilidad y dominio de diversos géneros literarios. Ahora añade a su currículum, con Lumbre y ceniza, el prestigioso Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández en su última convocatoria.

Lo que a mi juicio destaca, por encima de otras consideraciones, ya de entrada, es su eclecticismo, aspecto al que creo que hizo referencia el jurado en la justificación del fallo cuando señalaba “la expresión de sensibilidades muy variadas pobladas de latidos de vida y existencia”. Basta al respecto mencionar la procedencia de las citas iniciales: José Lezama Lima, María Victoria Atencia y Antonio Gamoneda. Y en efecto el libro participa de la imaginación desaforada, aventada en tropos, del orfebre de la calle Trocadero de la Habana Vieja; del intimismo femenino, minimalista y doméstico, de la poeta malagueña, sobre todo en el poema de cierre; y de la amplitud semántica, versicular, a lo Saint-John Perse, del Cervantes leonés. Pero es que además, en el poema Los cadáveres de Paul Celan, aparte de al poeta rumano, se cita sucesivamente, siempre del lado de los desgarrados y perseguidos, a Anna Ajmátova, Leonard Cohen, Sophia de Melo, Arthur Rimbaud, Ezra Pound, Marlen Haushofer, Amos Oz, Eugenia Ginzburg y Robert Antelme, cuya estatura incólume a los avatares personales yergue para siempre desde su trascendencia literaria.

Devenir Poesía

Aunque no se prodigue mucho en el terreno lírico e incluso señale que “a veces pienso que la poesía me ha abandonado”, se ve que Izard no ha dejado de reflexionar sobre la poesía. La declaración de intenciones previa mediante las citas se completa con un extenso y deslumbrante, por usar su terminología posterior aplicable al fenómeno poético, poema pórtico, una poética en toda regla a partir del estribillo sobre las obligaciones de la poesía, que “debe ser otra cosa”, en torno a su naturaleza, así como a la del poeta, y en defensa cerrada de su dignidad: “una más alta y hermosa labor”, que recuerda el título de un libro del padre modernista de Gamoneda, precisamente. Y lo hace mediante imágenes expandidas hasta configurar un tour de forcé metafórico, muy certeras, con ecos de Juan Carlos Mestre, cuya poderosa inventiva verbal aplica también en otros poemas que bucean en su intimidad.

A veces incluso, recoge y vivifica al tiempo lo mejor de la poesía castellana del siglo pasado y del presente, como en: “La poesía grita contra la doma/y el suplicio de las condecoraciones”, donde a la huella de Claudio Rodríguez sucede y encabalga la del berciano. Y, para que no caigan en saco roto las severas advertencias que va desgranando a lo largo de las estrofas, a menudo anafóricas, en estos tiempos de mísero aprovechamiento, con fines comerciales, de las ideologías imperantes bajo la sumisión a lo políticamente correcto, invoco una: que el poeta no puede permitir bajo ninguna circunstancia que secuestren su palabra, de suyo singular.

El mundo peculiar de Izard, fruto, como decíamos de una amalgama de estilos, que abre un camino singular en nuestra poesía hodierna, a seguido del poema programático, se vuelca en una elegía dedicada a su padre, espoleta retardada que se desencadena diez años después de su muerte, por lo que constituye un reencuentro sentimental, hacia lo paternal hondo, que arrastra a su vez recuerdos familiares y la resolución de una relación difícil: ”Mi padre muerto me ha tocado con su mano invisible/y yo he sido durante un instante la portadora de su luz”. El distanciamiento temporal de la muerte permite una reflexión más sosegada y una meditación serena, con las luces y las sombras que todos arrastramos durante nuestra existencia. Esta estremecedora sección volcada en la figura del padre se complementa más adelante con el poema Mira el paisaje, donde se vislumbran los vínculos maternales, y a su vez remite al penúltimo relato hiperbreve de su libro anterior, Zambullidas, titulado La madre.

El volumen se completa con los dos apartados que se corresponden a la antítesis del título (que parafrasea así, extendiéndolo a una antinomia conceptual entre la muerte al cabo triunfante y la vida que nos alienta a duras penas: “no soporta la ceniza su alma de fuego./Quisiera ser polvo, mas late en ella la lumbre,/y un corazón que arde en su carne despojada”), como sacado de la tradición barroca, de Jáuregui o del divino Bocángel, por resaltar de nuevo la diversidad de tradiciones que confluyen en la precisa escritura de Izard. En Deslumbramientos, mediante poemas con frecuencia de desarrollo simbólico, toca toda “la pulsión del mundo”, en particular de cuando era “una niña sagrada y libre”, mientras que en Cenizas, la sección última, contempla cómo se ha salvado, gracias a las palabras, cómo ha superado el “miedo, la desolación, la extrañeza y la belleza hiriente”, la oscuridad de la que procede, como mujer, cómo, en definitiva, ha conseguido, verso a verso, hacer de nuestras tinieblas, luz; de las cenizas, redención.

En suma, Lumbre y ceniza, “capaz de dar júbilo al viento/y decir boca y ser enigma/y ascender, hasta el deslumbramiento” ahonda en los asuntos metafísicos esenciales gracias a la ampliación del campo semántico que le proporcionan los frecuentes y atinados tropos y consigue que la poesía sea el instrumento idóneo para esclarecer lo elegíaco, para que el dolor, si no cicatrice de todas, tarea seguramente imposible, respire por la herida de un verso libre, versículo a menudo, portento de imaginación.

Etiquetas: Ajmátova, Gamoneda, Habana Vieja, ideologías, Leonard Cohen, Lezama Lima, Lumbre y ceniza, Yolanda Izard

Sobre el autor

Fermín Herrero

Fermín Herrero (1963) es natural de Ausejo de la Sierra, Soria. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Premio de las Letras de Castilla y León 2014 y de la Crítica de la Comunidad por su libro La gratitud, galardonado previamente con el ‘Gil de Biedma’. El núcleo de su obra se ha publicado en la editorial madrileña Hiperión: El tiempo de los usureros, Un lugar habitable, Tierras altas, Echarse al monte, Tempero y Sin ir más lejos, que obtuvo el premio ‘Jaén’ y con posterioridad el de la Crítica a nivel nacional. Una amplia selección de sus poemas, que han aparecido en varias de las antologías más representativas de la lírica española actual, se encuentra en 'Lastre' y en 'Nunca será bastante'. Ha colaborado en revistas literarias y de pensamiento y actualmente lo hace en 'La sombra del ciprés', el suplemento de cultura de 'El Norte ded Castilla'.

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