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Estampas de Auschwitz

25 febrero 2020 Críticas, Portada

Ficha policial de Charlotte Delbo

“Y todo el día y toda la noche
todos los días y todas las noches las chimeneas humean con el combustible de todos los países de Europa”.

La publicación en castellano de Ninguno de nosotros volverá (Libros del Asteroide, 2020), de Charlotte Delbo, ha coincidido con el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz, como también lo han hecho otras publicaciones tanto en el ámbito del ensayo como en el de narrativa.

“La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga sobre el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde”.

Libros del Asteroide

Charlotte Delbo fue detenida en 1942 junto a su marido, quien fue fusilado, y deportada a Auschwitz-Birkenau en 1943 debido a su pertenencia a la Resistencia Francesa. Junto a ella, otras doscientos treinta presas. De ellas, tan solo regresaron cuarenta y nueve. Años después, en la década de 1960, Delbo comienza la escritura de los tres volúmenes que compondrán Auschwitz y después, dos de los cuales están incluidos en Ninguno de nosotros volverá: el que da título al libro y Un conocimiento inútil; este último, parece, en su título, contravenir la frase de Primo Levi de “Si comprender es imposible, conocer es necesario”, la cual cierra la edición del libro de Delbo.

El libro de Delbo se une a la tendencia de recuperar textos concentracionarios escritos por mujeres de diferente índole: Regreso a Birkenau, de Ginette Kolinka; Como una rana de invierno, de Daniela Padoan que recoge los testimonios de Liliana Segre, Goti Bauer y Giuliana Tedeschi, tres italianas deportadas a Auschwitz; Las 999 mujeres de Auschwitz, de Heather Dune Macadam; Ya sabes que volveré, de Mercedes Monmany, sobre Etty Hillesum, Gertrud Kolmar e Irène Némirovsky; Sin flores ni corona, de Odette Elina; Ruta Tannenbaum, de Miljenko Jergovic; Cuatro mendrugos de pan, de Magda Hollander-Lafon; por citar lo más recientes a los que habría que añadir los de Hélène Berr, Rachel Auerbach, Gisella Perl, Olga Lengyel, Nelly Toll o Isabella Leitne.

Delbo articula Ninguno de nosotros volverá combinando prosa y poesía, tanto en una parte como en otra, en diferentes capítulos que, aunque poseen una conexión interna en cuanto al desarrollo cronológico, en realidad, responden más a estampas o cuadros narrativos. En ellos, la escritora francesa desarrolla una particular mirada hacia la vida y la muerte en los campos a partir de una narración que tiene tanto de ejercicio memorístico individual como de deseo de plasmar unas vivencias y un sufrimiento colectivo.

“En un almiar de cadáveres bien ordenados, como en un almiar de verdad, en el claro de luna y la nieva, de noche. Pero miramos los cuerpos sin temor. Sabemos que nos situamos en los límites de los soportable y nos prohibimos ceder”.

Hay en la escritura de Delbo varias pulsiones que transmite su escritura. Por un lado, el deseo -la necesidad- de transmitir al lector cómo era la vida en Auschwitz. Por otro lado, hacerlo desde el cuidado de la literatura: al realismo de las descripciones se une un estilo depurado que persigue no tanto encontrar la belleza bajo el horror como componer una literatura que lo trascienda. No rebaja la crudeza, es más, la expone de manera abierta y cruda, pero sí, gracias a la distancia del recuerdo, Delbo recrea en las páginas de Ninguno de nosotros volverá una cotidianidad en la que la muerte, el hambre, el dolor y la humillación están presentes de manera constante; pero también ahonda en los detalles de esa existencia y en la siempre precaria supervivencia.

“Ahora sé por qué aquella mañana del 23 de abril de 1945, en el umbral de Ravensbrück, el capitán M. era guapo. Sé por qué los niños que vimos en el andén de aquella pequeña estación danesa eran hermosos. Sé por qué las flores eran hermosas, hermoso el cielo, hermoso el sol, turbadoras y hermosas las voces humanas.
La tierra era hermosa porque la había recobrado.
Hermosa y deshabitada”.

Hay en Ninguno de nosotros volverá otra pulsión dialéctica entre pasado y presente. Entre el recuerdo y el momento en que se produce ese recuerdo (y se escribe). Delbo reconstruye sus memorias sin dotar a sus páginas de una linealidad o una progresión narrativa. A pesar del avance cronológico, Delbo crea esas estampas como fogonazos: la recreación literaria de lo que sucedió es tan importante como transmitir unas sensaciones que responden tanto al momento en el que Delbo las escribe como al recuerdo que tiene de cómo pudieron ser sus sentimientos, y de los demás, entonces. En este sentido, Ninguno de nosotros volverá comparte con otras obras concentracionarias la confrontación entre la necesidad de testimoniar lo sucedido en Auschwitz, para que no se pierda en el tiempo, y el dolor que produce regresar a ello: “Hoy, no estoy segura de que lo que escribí sea verdad. Estoy segura de que es verídico”.

Ninguno de nosotros volverá puede verse como una pieza más de un fresco muy amplio. Cada testimonio, como el de Delbo, es personal y en gran medida intransferible, pero pertenece a un conjunto de obras que luchan desde sus páginas por plasmar el horror. Para constatarlo, para que no se olvide. No es tanto explicar ni ayudar a comprender, como relatar para evitar el olvido. También comparte con algunas de ellas un sentimiento de culpa -del que ha regresado-, o, quizá mejor, de incomprensión por haber sobrevivido al horror más crudo y poder contarlo. El recuerdo de quienes no han regresado parece perseguir a Delbo, quien en no pocas ocasiones se cuestiona. Aunque celebre la vida. “Y ahora yo estoy en un café escribiendo esto”: la manifestación de estar viva para poder narrarlo; también la incredulidad de poder hacerlo.

Delbo concluye Ninguno de nosotros volverá con la frase que da título a esa parte; en la página siguiente, y antes de arrancar Un conocimiento inútil, una simple sentencia: “Ninguno de nosotros debería haber vuelto”.

Pero Delbo, lo hizo. O puede que, en el fondo, no lo hiciese del todo. Y la escritura de estos dos textos que conforman el volumen son una manera tanto de regresar para retrotraer aquello como un vehículo para conseguir abandonar los barracones, la presencia de las SS, los cuerpos asesinados y heridos, el hedor de la muerte. Una narración casi espectral, pesadillesca, pero demasiado real como para que los cuerpos físicos no puedan sentirse en una narración de gran impacto. Por su sequedad, pero también por una emoción apenas contenida.

“Y además
mejor no creerse
esas historias
de retornados
ya nunca más dormiréis
si os lo creéis
esos espectros retornados
esos retornados
que vuelven
sin poder siquiera
explicar cómo”

Etiquetas: Auschwitz, Charlotte Delbo, nazismo, Ninguno de nosotros volverá, pasado, Poesía, presente, Primo Levi, prosa, Resistencia francesa

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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