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La muerte del vazir-mujtar

Ministro plenipotenciario, una suerte de embajador, es como se podría traducir el término ruso que da título a esta novela histórica de Yuri Tyniánov | Foto: Pexels

Ministro plenipotenciario, una suerte de embajador, es como se podría traducir vazir-mujtar, el término ruso que da título a esta novela histórica, La muerte del vazir-mujtar, de Yuri Tyniánov (Rèzekne, 1894 – Moscú, 1943) en la que vuelve a caber una recreación completa del mundo. Se trata de una recreación de los últimos días de Aleksandr Griboiédov, quien negoció a principios del siglo XIX un tratado de paz con Persia y que será enviado de regreso a Persia, a pesar de sus reticencias, para asegurarse de su cumplimiento. La obra comienza en San Petersburgo, donde parece que va a asentarse Griboiédov, y nos expone, en los primeros capítulos, cómo era la sociedad rusa próxima a lo que equivale a la aristocracia, de la que el autor, más que el protagonista, parece renegar: un mundo basado en la farsa, con sus sombras vestidas de luces, que presume de tener el monopolio de la identidad nacional, pero cae en la caricatura, o caería de no ser tan trágicos sus errores. Esa caricatura, esa farsa, será lo que impida de un poeta como Griboiédov consiga encontrar allí su lugar en el mundo, tras haber desterrado la idea de que éste se encontrara en Asia. Nuestro protagonista hace cierto honor a lo previsible en el carácter de un diplomático poeta: es aburrido y es distante. Al menos así es como lo retrata Tyniánov –“Nadie sabía aburrirse como él”, comenta- y como lo ve el coro de personajes al que vamos siguiendo de manera encadenada. Las conversaciones son superficiales, o se antojan superficiales, y uno se pregunta hasta qué punto resultará posible entenderse con gente cuyo carácter no les permite expresar emociones. El tema de fondo, a lo largo de estas páginas, y que irá brotando en diversos lugares del libro, es si los intereses de la diplomacia son compatibles con el reconocimiento de la realidad.

Abunda la estupidez entre los cargos oficiales, si bien Tyniánov no se entretiene en comentarla, sino que la expone con el talento propio de un gran narrador, con la distancia precisa para que nosotros la completemos:

“Griboiédov se quitó la camisa, pesada por el sudor palaciego, igual que el uniforme.

—Estás moreno, has ganado peso —dijo Faddéi con afecto y le acarició la mano amarillenta.”

Mientras nos enfrentamos a unas secuencias en las que aparecen, también, los tópicos y sus contrarios referidos a otros países, representados por otros diplomáticos, vamos escrutando que la salvación está en la visión poética, que es algo que tendremos pocas ocasiones de gozar. Pushkin será un emblema, una bandera, una representación certera de que puede combinarse poesía y política. Pero Pushkin, se les antoja a los personajes cuando muestran algo de cordura, pertenece a una esfera diferente a la del planeta donde ellos se mueven.

La novela nos sumerge en un mundo militarizado, con demasiadas charreteras, que se hace concreto en el momento en que el protagonista se pone en marcha y tiene que atravesar regiones conflictivas del continente. En su regreso a Persia, cruzará territorios humildes que han sido lugares de tránsito para culturas y ejércitos. Como los Balcanes en Europa, el Cáucaso, las actuales Georgia, Armenia y Azerbaiyán, con su población fatigada de guerras, ofrecen un contrapunto humano al sentido del honor de militares y políticos. Si anteriormente hemos habitado en un coro de voces sucesivas, ahora estamos inmersos en las voces de la gente. Pero Tyniánov no se expresa como un novelista del siglo XIX al uso, y fragmenta la narración. E incluso expone parte de ella con recursos que se irán incorporando a lo largo de la literatura contemporánea, desde el equivalente a un recorte de prensa hasta el diálogo que ocurre lateralmente. Rompe la linealidad que parecía iba a imponerse. Y todo para mostrarnos lo importante que es aprender cómo comportarse. Frente a las leyes que se antojan una frivolidad, al conocer la realidad o las realidades humanas, se expone todo un tratado acerca de los hábitos que debemos fomentar. De ahí que al Griboiédov le resultara tan complicado encontrar su lugar en el regreso, pues da la sensación de tratar de alguien capaz de aprender del contacto con los otros, con la gente junto a la que regresa. Aunque el viaje le produzca pereza y temor. En realidad, tampoco este termina de ser su lugar en el mundo. El de San Petersburgo no lo fue porque “había un abismo entre un tal Pushchin, a quien, de todos modos, conocía muy bien, y el sofá de colores en el que estaba sentado”. Pero ahora será eso que a nosotros nos llega como fragmentación y que en su espíritu se traduce como no saber dar consistencia, explicar, el mundo, lo que le impida reconocerse en él. Y luego está esa intuición de final, claro, que no es tan terrible por ser un final como por verse en la tesitura de afrontarlo en solitario.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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