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Contemplaciones

La escritora estadounidense Zadie Smith recoge su experiencia personal del confinamiento en una colección de ensayos | Foto: David Shankbone, WikiMedia

Cuando fue una evidencia que la epidemia del coronavirus iba para largo y que una de las consecuencias negativas no directamente relacionadas con la salud de la población iba a ser la proliferación viral de libros en los que escritores de la más diversa condición ―y aptitudes― aprovecharían ese suceso para colar su novela, ensayo, cómic o poema, decidí que no leería ninguno. Pero he hecho una excepción ―¿qué sería de las decisiones irrevocables sin las excepciones?― con Zadie Smith, una escritora con la que no he conseguido conectar en el terreno de la ficción ―con la excepción, otra vez, si acaso, de Dientes blancos―, pero de la que he leído con placer y admiración sus ensayos, sean en forma de libro ―el magnífico Cambiar de idea―, o como colaboraciones en revistas y otros medios.

Salamandra

Contemplaciones (Intimations, 2020) es una colección de cinco ensayos y una galería de personajes ―«ensayos personales, modestos por definición, breves por necesidad»― escritos a mediados de 2020 y supeditados a dos hechos: la pandemia y la simultánea lectura de Marco Aurelio; como trasfondo, la propia Smith, la de verdad, escritora, madre, activista y emigrante. Divagaciones, diría yo, casi epifanías en algún caso, relatos accidentales o circunstanciales, pero que llaman la atención por su inmediatez y proximidad, intimaciones, como señala su título original, una acepción que se ha perdido en la traducción; en todo caso, prefiero leer a alguien que tenga poco que contar pero que escriba bien que a quien tiene una buena historia pero la cuenta de pena.

Precisamente en su doble condición de escritora y cualquier otra cosa, Smith se pregunta acerca de la diferencia entre aquello que se espera de una mujer y lo que está dispuesta a ofrecer, y cómo, a partir de este planteamiento, las exigencias sociales ―y la autoexigencia personal― deben circunscribirse a su elección, no a la expectativas externas.

«[…] Escribir es, a cada momento, nadar en un océano de hipocresías: sabemos que nos engañamos pero, por extraño que parezca, ese engaño es necesario, aunque sea provisionalmente, para crear el molde donde verter todo aquello a lo que no puedes dar forma en la vida».

¿Dónde queda la actividad creativa que representa la escritura cuando la muerte ―una muerte ilógica, irrazonable― acerca sus pasos? ¿Y qué puede aportar una mujer que escribe, cuando lo que se espera de ella como mujer no tiene nada que ver con lo que está dispuesta a proporcionar?

El supuesto carácter democrático de la muerte ―en todas partes, aquí más, se ha entonado con la fe de un mantra la muletilla «el virus no sabe de fronteras, razas ni clases sociales»â€• queda en evidencia cuando se examina el origen de las víctimas y su estrato sociológico, y es más manifiesto aún en el caso de aquellos países en los que la brecha ―las brechas― que separan las diferentes capas son más pronunciadas, como en los EE. UU. de América. Smith rastrea la veracidad de aquella «excepción» americana y la pone en relación con la realidad de la pandemia en ese país bajo el mando político, emocional y comunicativo de su presidente; un caso curioso ahora mismo, cuando el individuo en cuestión ha sido desalojado de la Casa Blanca y sus bravuconadas forman parte de la historia que millones de americanos ―aunque, por lo que parece, sigue teniendo también un número inquietantemente aproximado de seguidores, en concreto, más de setenta y cuatro millones― intentan olvidar.

Smith, que confiesa honestamente ―aunque, hasta ahora, se haya avergonzado de declararlo en público― que su motivación para escribir ha sido siempre «para hacer algo», siente redimida la falsa modestia de esta frase ahora, en medio de la pandemia, porque todo le mundo, ante la imposibilidad teórica de hacer lo que le viene en gana debido a las restricciones impuestas, hace cosas «para hacer algo». Parece que esta situación debería generar la oportunidad de recuperar el tiempo para llevar a término aquello que el ritmo de vida acelerado nos impedía disfrutar, pero la mayoría de la gente se ve atrapada por la disponibilidad de tiempo, incapaz de recuperar la vida que antes echaba en falta. Smith se sorprende de su propia incapacidad ―se supone que los artistas deberían estar mejor preparados para una situación como esta: su vida cotidiana difiere menos de la provocada por la pandemia que la de la gente común― para no sentirse desubicada…, pero no es un problema grave:

«Pero agradezco tener compañía: viendo esta fiebre por crear, cultivar o «hacer algo» que ahora parece consumir a todo el mundo, me consuela descubrir que no soy la única persona de este mundo que no tiene ni idea de cuál es el sentido de la vida, ni de qué podemos hacer con este tiempo muerto, salvo llenarlo».

Ese tiempo, que debería ser duración ganada a la vida, puede convertirse en una amenaza ―hace siglos que el individuo del mundo desarrollado ha perdido la capacidad de disfrutar del aburrimiento―; así es como un privilegio del que no sabemos disfrutar se convierte en sufrimiento.

Bajo la denominación común de Capturas de pantalla, Smith confecciona una serie de retratos protagonizados por personas supuestamente irrelevantes, pero a los que la pandemia ha otorgado un inesperada significación: su masajista, de origen oriental, preocupado por el pago del alquiler del local, situado en una buena zona de Manhattan; el vagabundo que protagonizó, adecuadamente camuflado, uno de sus relatos, desubicado de la situación ficticia en que lo dispuso; la vecina con perrito, cuya mundanidad la faculta para afrontar graves retos pero que flaquea ante el más nimio inconveniente; el jovencísimo informático, que encarna una vida con estilo, adquirido de unas subculturas con intención minoritaria convertidas en mainstream, cuyas aspiraciones han quedado en el aire, interrumpidas por la crisis sanitaria; la pariente lejana que, después de una larga ausencia, la aborda como si hubieran pasado solo veinticuatro horas desde la última charla e intenta ponerla al día con respecto a las vidas de antiguas amistades comunes con las que hace años que no se relaciona; el asiático con una pancarta autodenigrante que encarna una de las peores manifestaciones del odio, el que se dirige a uno misma, la locura; y, finalmente, las implicaciones sobre las relaciones humanas del nuevo virus y la diferencia con otros organismos nocivos endémicos, como el del desprecio británico, sobre una población subyugada, o el que afecta a los policías norteamericanos blancos; la manifestación explícita de una pandemia que nos afecta a todos, incluso ―hecho que lo hace más peligroso― a los que nos creemos asintomáticos.

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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