Annie Dillard | Foto: Harper Perennial

Una temporada en Tinker Creek

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Annie Dillard | Foto: Harper Perennial

Que la filosofía es un subgénero de la poesía lo enunció, hace siglos, Michael de Montaigne. Y hasta hace unas décadas, esa idea fluía incluso por los premios de ensayo. Como el Pulitzer con que se galardonó a este libro sereno y sensato, que se parece más a un rezo que a una tesis:

“Soy la superviviente raída y mordisqueada de un mundo caído y me las arreglo bien. Envejezco y me comen, aunque yo también he comido. No estoy limpia ni soy bella ni tengo el control de un mundo brillante donde todo encaja, pero en cambio estoy deambulando sorprendida sobre un fragmento de madera, vestigio de un naufragio, al que he venido a cuidar, cuyos árboles roídos exhalan un aire delicado, cuyas criaturas ensangrentadas y llenas de cicatrices son mis compañeras queridas, y cuya belleza palpita y brilla no en sus imperfecciones, sino a pesar de ellas, de un modo sobrecogedor, bajo las nubes rasgadas por el viento, aguas arriba y abajo.”

La cita es extensa y se ubica hacia el final de la obra. Aunque bien podría ser el primer párrafo, porque resume la espiritualidad que aflora una y otra vez. Resume la poesía que contiene el paso de Annie Dillard por el arroyo de Tinker Creek, de otoño a invierno, y sin duda bajo la ineludible influencia de Walt Whitman. Es imposible leer este prodigio y no recordarnos al poeta de Nueva York. Hojas de hierba termina como termina Una temporada en Tinker Creek, con el autor ya saciado de la creación, de la naturaleza. Ambos comulgan con la mirada inocente sobre un mundo viejo: “contando algunas historias y describiendo algunas de las imágenes de este valle más bien manso, mientras exploro, con temor y temblor, algunas de las ignotas y tenues extensiones e infames fortalezas a las que nos conducen tan vertiginosamente esas historias e imágenes”. La cita hace referencia a lo que uno hereda de Thoreau. Pero también a la pasión tan razonable de la época en que se reclama el retorno a la naturaleza al tiempo que el desarme nuclear. Es Thoreau y Whitman, sí, pero también es Woodstock. Es una espiritualidad si dios, o que no formula la pregunta qué o quién es dios, porque para eso están los animales y las plantas: los insectos y las arañas, con una belleza atroz, o todo el universo contenido en el polvo de las alas de una polilla. Pero el mundo en el que se asienta huye de la sofisticación de la ciudad, porque uno necesita tener conciencia, pero no exceso de conciencia. Y ese equilibrio lo otorga la ribera de un arroyo.

Errata Naturae

Dillard no se detiene en los poetas americanos. La creación de su país se lee entre las líneas, o al menos la creación de la parte de su país que toma buena nota del bien que nos hace el bosque. Pero el sentido de creación es mucho más amplio. La Biblia habita en los párrafos, con citas y con las ceremonias que ella ingenia para sostener su aliento. Al fin y al cabo, Dillard se alejó hasta Tinker Creek para terminar de sanar una neumonía. Y para muchas culturas la respiración, el aliento, es el alma. Los árboles y los pájaros son encantadores compañeros de territorio. Pero la atención más especial es la que presta a los animales pequeños. Como si la etología de insectos, larvas, arácnidos o ranas, como si una célula de uno de estos minúsculos animales fuera el Aleph: si uno la mira atentamente, contemplará el universo desde su creación hasta el futuro. “El universo podría parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina”, confiesa. Pero no cierra la hipótesis. El universo de Dillard contiene los viajes al norte y la admiración por los inuit, junto a las migraciones de las aves, todo ello representando la extrema convivencia con la naturaleza.

Y la naturaleza se concibe como la Creación, sin decantarse por lo religioso. Porque sí reclama alimentar el espíritu, pero no a través de la tradición, sino con el descubrimiento autónomo, con cierto orientalismo (“soy la superficie del agua con la que juega el viento”), con la constante duda sobre qué es el hombre dentro de lo natural (“o este mundo -mi madre- es un monstruo, o el engendro soy yo”). La naturaleza es forma, pues, pero también es energía. Porque la energía, que puede tener la forma de un poema, será la herramienta que la ingenuidad utilice para descubrir que toda la creación está en el bosque de ribera de un arroyo.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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