Revista de Letras

Diario de un hombre engañado

Con un inicio enciclopédico, lleno de citas literarias y referencias, Vila-Matas nos introduce al mundo de Montano, este escritor aún joven que, sin embargo, ha decidido no escribir más. Extraña paradoja que nos muestra las ínfulas literarias de un personaje que podemos intuir como desengañado e desilusionado: un individuo tipo del post-post-modernismo. Pero no llegamos a él directamente, sino siguiendo otro artificio literario: las palabras de un narrador testigo, el padre de Montano. Un individuo que no tarda en reconocerse como “enfermo de literatura”. Una enfermedad que, en un inesperado giro, el protagonista intenta mostrar que no se trata de una dolencia suya propia sino de un achaque universal y que, en realidad, ataca al propio virus de la enfermedad. En otras palabras, que la literatura (la fuente de su obsesión y mal vivir) está tocada de muerte por culpa de la masificación que ha padecido y de las constantes intrusiones de personajes indeseables. Y, por ello, este protagonista enfermo de literatura (víctima de lo que él bautiza como el mal de Montano), decide que, de hecho, su misión debe ser la de proteger a la literatura porque “qué será de nosotros cuando, al fracasar el humanismo del que ya sólo somos funámbulos desequilibrados de su rota y antigua cuerda, desaparezca la literatura?”

Una vez establecidas las pautas conductuales del protagonista, no debe sorprender al lector que produzca reflexiones del estilo de las siguientes donde se mezcla realidad y literatura:

Seix Barral

Seix Barral

“desde siempre me han gustado los jóvenes seriamente peligrosos para la sociedad bienpensante, los que encuentran estúpido el mundo y durante un tiempo quieren dejarlo pronto”, como paradigma de ello los personajes románticos clásicos (Werther), los integrantes de la generación beat (Dean Moriarty y compañía)… pero normalmente la realidad supera la ficción y la literatura, los ideales, palidecen ante la cruda verdad y este grupo de gente “tarde o temprano acaban moderándose y uniéndose y creando arte”.

O bien, otra muestra de sus reflexiones:

“El tono estúpido poético del taxista melancólico me ha recordado que existe una actividad que podríamos llamar proustiana que consiste en recordar con sensibilidad e inteligencia hechos del pasado.”

Y, cayendo en esta burda actividad, resulta imposible no recordar el momento de leer el instante mágico de melancolía proustiana bañada en leche y el temor que tenía de quedar decepcionado, que la fama fuera mayor que el texto en sí como en tantas otras ocasiones sucede, pero no fue así. Como una ola expansiva, devastadora, el viaje al pasado fue creciendo desde las papilas gustativas del protagonista hasta años atrás. Quizás una de las pocas gestas literarias que no está sobrevalorada.

Y, de repente, Vila-Matas cambia las reglas del juego.

Empieza el segundo capítulo y el protagonista nos confiesa que buena parte de los elementos leídos hasta ese punto son falsos, que su mujer no es directora de cine, por ejemplo, que no tiene ninguna amiga aviadora y, principalmente, que no tiene ningún hijo, que no existe el individuo que daba nombre al libro. Nos plantea la duda metafísica sobre la realidad, sobre qué es real y qué no y, sobre todo, cómo podemos discernir lo uno de lo otro. Si es que se puede.

A nivel literario, Vila-Matas hace aún más: a raíz de la demostración empírica sobre las mentiras que pueden contener los diarios personales, lista un diccionario de autores de diarios personales que forjaron la personalidad del protagonista. Pero, claro, quizás ellos también mentían. Quizás el protagonista nos está mintiendo de nuevo. Y esta es la gracia. Este es el gran valor de este giro narrativo de Vila-Matas: a partir de aquí todo es relativo. (Y, tal vez, todo sea posible)

“Unos nombres de autores que, al reforzar con sus vidas mi autobiografía, me ayudarían a componer un retrato más amplio y curiosamente más fiel de mi verdadera personalidad, hecha en parte a base de los diarios íntimos de los demás, que para eso están, para ayudar a convertir a alguien, que por sí solo sería más bien un hombre desarraigado de todo, en un personaje complejo y con cierto tímido amor a la vida.”

Entre ellos, Gombrowicz preguntándose: “¿Quién era entonces yo? A menudo era simplemente la negación de todo lo que afirmaba mi interlocutor”. Porque, a veces (a menudo, de hecho), es mucho más fácil decir lo que no somos –qué no nos gusta– que afirmar lo que sí somos.

Pero lo que se mantiene intacto es la pasión/obsesión del protagonista por la literatura y su constante defensa y alabanza.

“El tránsito instantáneo hacia otras voces y otros ámbitos es una de las secretas ventajas que tiene la literatura sobre la vida”, nos dice, “porque en la vida ese tránsito nunca es tan sencillo, mientras que en los libros todo es posible y además, muchas veces, de una forma asombrosamente fácil”.

Porque en la vida no podemos desaparecer, por mucho que lo deseemos en determinadas ocasiones y tenemos que afrontar cualquier situación hasta el final, cualquier insoportable conversación hasta la saciedad de nuestro interlocutor/monologuista.

Otro ejemplo más:

“Me pregunto también por qué debo pedir disculpas por ser tan literario si a fin de cuentas la literatura es lo único que podría llegar a salvar el espíritu en una época tan deplorable como la nuestra.”

O uno de demoledor que combina literatura y arte: “Apagar la luz y quedarte a oscuras con todos los personajes de Hopper”. Imagen potente; tristeza extrema, que encauza el giro decididamente pesimista del protagonista: “a comienzos del siglo XXI, me encuentro solitario y sin rumbo en una carretera perdida”, se sincera. Se trata de un personaje perseguido por el pasado, por los recuerdos, o lo que queda de ellos que se cuestiona el valor del pasado, de la vida vivida: “sin las ruinas de esos recuerdos, sin la memoria, sería aún más angustiosa la vida, aunque tal vez sea aún más angustioso darse cuenta de que cuanto más crece nuestra memoria, más crece nuestra muerte […] porque el hombre no es más que una máquina de recordar y de olvidar que camina hacia la muerte.” Quejas existenciales con claras resonancias heideggerianas.

Enrique Vila-Matas | Foto: Elena Blanco

Enrique Vila-Matas | Foto: Elena Blanco

En la cuarta parte del libro, Vila-Matas ofrece las notas transcritas del supuesto diario del protagonista (El diario de un hombre engañado) y sigue llenando las páginas de referencias literarias (Kafka, Gide, Sebald, Pombo, Walser, Mann, Proust, Suskind…) combinadas con reflexiones cada vez más interesantes. Tal vez porque cada vez son más viscerales, más dolidas, más llenas de la angustia existencial. Por ejemplo, ante la invitación a ir a unas extrañas sesiones de lectura al aire libre a la montaña suiza de Matz (es inevitable que acuda a la cabeza la misteriosa isla de La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq), el protagonista se pregunta si merece la pena realizar tan largo viaje para volver y contar los acontecimientos vividos o si se queda “en casa y simplemente los imagin[a]”. Es la duda sobre el valor de la realidad pero también sobre el origen de la creación artística, sobre si nace de las experiencias del creador o si son fruto de su imaginación. Una duda, claro está, sin respuesta.

En conjunto, pues, El mal de Montano es un brillante ejercicio literario que pide a gritos la presencia de una enciclopedia literaria cerca (para los nostálgicos) o de una conexión a internet para poder apreciar la sutileza de todas sus referencias pero sin estar exento de rabia directa y visceral apta para cualquier paladar, como la crítica al día del libro: “Van en aumento los analfabetos e iletrados en este país, pero eso parece ser lo de menos, cada vez se celebran más días del libro”, reflexiona el protagonista mostrando como el libro se ha convertido en un elemento puramente mercantil. Ya no es necesario que aquellos que compran (o les regalan) libros por Sant Jordi los lean, lo único que importa es que los han adquirido. Es la falsa libertad del capitalismo contra la que escribían los integrantes de la Escuela de Frankfurt: la idea que parecemos libres de poder escoger lo que queramos, de comprar el libro que queramos, el último best-seller escandinavo, la última biografía de alguna famosa, el último libro de recetas de un chef reconocido mundialmente… somos libres de escoger qué comprar, pero no somos libres de no comprar. Esta es nuestra condena.

Un libro que anima a, e incluso parece obligar a, que nuestra razón divague. Que se sumerja en los mundos paralelos generados por la literatura, en los sueños de la razón de Goya y los delirios quijotescos llevándonos a otras realidades. Motivo más que suficiente para su lectura.

Etiquetas: cine, Dean Moriarty, El mal de Montano, Escuela de Frankfurt, Generación Beat, Gide, Gombrowicz, Goya, Kafka, Literatura, Mann, Pombo, Proust, Sant Jordi, Sebald, Suskind, Vila-Matas, Walser, Werther

Sobre el autor

Roger Simeon

Roger Simeón es licenciado en Filosofía (UdG) y Periodismo (University of Stirling). Autor y dramaturgo que ha estrenado obras en Barcelona ('Tu i Jo', 'Els Convidats'), Londres ('You and Me') y Nueva York ('Los columpios'). Creador del blog literario 'Fitxes de lectura' y del teatral 'Moments de Teatre'.

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