Revista de Letras

Crimen e ironía trágica

Leila Slimani | Foto: Catherine Hélie | Cabaret Voltaire

Las dos citas —de Kipling y de Dostoievski— que introducen Canción dulce nos dan la clave para leer e interpretar la novela. En la primera se alude a la falta de humanidad y de empatía de los pudientes con sus empleados domésticos, y la segunda señala hacia la desestabilización mental y la caída en el abismo que se derivan de no tener un lugar a donde ir. Louise, el personaje de la niñera en esta segunda novela de Leila Slimani, es un ser en continuo y casi imperceptible desmoronamiento, alguien desposeído de todo bajo el disfraz de asistenta equilibrada y meticulosa. Que ella es la asesina de los dos niños a su cargo se conoce desde las primeras páginas, y el resto de la novela constituye una suerte de thriller al revés, a la busca de indicios y resortes mentales que expliquen o permitan, retrospectivamente, prever el crimen.

La periodista y escritora Leila Slimani (Rabat, 1981), que obtuvo el Premio Goncourt por esta Chanson douce (2016), ya había escrito una primera novela, titulada Dans le jardín de l’ogre (2014) y focalizada en Adèle, una joven esposa y madre que, hastiada de su pequeña y mediocre vida familiar, de los gestos repetidos y del sexo previsible, se vuelve adicta a los encuentros furtivos, brutales e insatisfactorios —“ce sentiment magique de toucher du doight le vil et l’obscène, la perversion bourgeoise et la misère humaine”—, y consigue llevar una doble vida hasta que es descubierta.

En Canción dulce, traducida al español por Malika Embarek López para Cabaret Voltaire —en catalán ha sido publicada por Edicions Bromera, en traducción de Lluís-Anton Baulenas—, Slimani busca ahondar en la lucha de clases y en la deriva criminal de una psique maltrecha. El punto de partida para la escritura es un caso real acaecido en Nueva York en 2012, el de una niñera que asesinó a los dos niños que cuidaba. La novela principia con la frase “El bebé ha muerto”, y sigue una descripción de las acciones de la policía en la escena del crimen, la quinta planta de un edificio de la Rue d’Hauteville, en el distrito X de París. Así que no hay nada que resolver: han agredido a dos niños y sabemos que ha sido la niñera, que, aunque trató de suicidarse, “No supo morir. Solo dar muerte”. Tras este íncipit desazonador y terrorífico, el trabajo o el reto de la escritora consistirá en interesarnos por el antes, por los antecedentes. Y empieza el flash-back.

Myriam ha pasado los primeros años de la infancia de Mila, su hija mayor, sumida en una maternidad animal, en una burbuja que con el tiempo se ha vuelto irrespirable. Cuando nace Adam, su segundo hijo, todo se complica: “Me están comiendo viva”. Amarga e insatisfecha, envidia el ajetreo laboral de su marido, Paul, y recela de las amigas que dicen envidiarla y de los desconocidos que la desprecian tan pronto como saben que está confinada al ámbito doméstico. Cuando le surge la oportunidad de entrar a trabajar en un despacho de abogados, se impone la necesidad de contratar a una niñera.

“Sin papeles, no. Espero que estés de acuerdo. Si se tratara de una asistenta o de un pintor de brocha gorda, no me importaría. Esa gente tendrá que vivir de algo, pero cuidar de los niños es distinto, es muy arriesgado. No quiero a una persona que tema llamar a la policía o ir a un hospital en caso de una urgencia. Aparte de eso, que no sea demasiado mayor, que no lleve pañuelo y que no fume. Lo principal es que sea una mujer dinámica y que tenga tiempo para nosotros. Que trabaje para que podamos trabajar.”

Entonces entra en escena el personaje central, el gran detonador. Louise, la niñera, es una mujer de cuarenta años con cara de muñeca envejecida. La pulcritud de su aspecto se extrapola a la meticulosidad con que se aplica a la limpieza doméstica, hasta el punto de que transforma una casa que la familia siente como asfixiante en un lugar apacible y luminoso. Este excederse en sus funciones tiene como objetivo apropiarse del territorio y colonizarlo: “Observa cada cosa con el aplomo de un general ante una tierra que se dispone a conquistar.”

Cabaret Voltaire

Al principio, Louise es vista como una especie de hada, por cuanto suscita y satisface las fantasías de la familia ideal. Se esmera en convertirse en invisible e indispensable al mismo tiempo —“se mueve entre bambalinas, discreta y poderosa. Maneja los hilos sin los que la magia no existe”—, hasta el punto de que los Massé se la llevan de vacaciones a una isla griega, convencidos de que no tendrá un plan mejor para el verano. Siempre disponible y solícita, se ve incrustada en una vida que no es la suya, pero de la que depende completamente. Deviene una presencia íntima, aunque nunca familiar, y de ahí la relación de amor-odio que mantiene con Myriam y Paul, quienes, confiados en exceso, reaccionan como “niños mimados” o “gatos domésticos” a las atenciones de la niñera y no miden la violencia del vínculo y sus posibles consecuencias hasta que es demasiado tarde.

Hay varios cambios de foco a lo largo de la novela. Sabemos del marido de Louise, Jacques, un hombre colérico y envidioso que la maltrataba de palabra y que no le dejó más que “pleitos frustrados, juicios y facturas pendientes”, y de su hija, Stéphanie, siempre a la sombra de los niños que su madre cuidaba. También se nos presenta a Wafa, una niñera marroquí que traba una cierta amistad con ella, y a Hervé, un hombre de extracción muy humilde que corteja a Louise y que corresponde, al parecer, al tipo de persona que ella se merece, alguien “que nadie quiere, pero que Louise acepta, como acepta la ropa usada, las revistas ya leídas a las que les faltan páginas e incluso los gofres ya mordidos que dejan los niños”.

“Están las jóvenes con pañuelo, que deben ser aún más puntuales, más amables, más pulcras que las demás. Están las que se cambian de peluca cada semana. Las filipinas, que suplican a los niños en inglés que no salten en los charcos […]. Todas tienen también secretos inconfesables. Ocultan recuerdos horribles de sumisión, humillaciones, mentiras. Recuerdos de voces que apenas se oyen del otro lado del teléfono, conversaciones que se cortan […]. Algunas, Louise lo sabe, han robado, menudencias, casi nada, a modo de impuesto recaudado sobre la felicidad de los demás.”

Frente a las demás niñeras, Louise tiene ademanes de nurse inglesa o de estirada gobernanta. Pero, en flagrante contradicción con los modales altivos y trasnochados que exhibe —y en doloroso contraste con la vida acomodada de los Massé, a la que se ha acoplado—, la asistenta asiste a la progresiva degradación del barrio donde vive, y no puede evitar pensar que pronto ella estará igual que ese vagabundo que ve defecar en mitad de la calle. Y es que, por culpa de su difunto marido, las deudas se le acumulan y están a punto de desahuciarla de su roñoso pisito en la periferia. Su única esperanza —y el objetivo que perseguirá de modo obsesivo— estriba en quedarse a vivir en casa de los Massé, pero, para que eso suceda, Myriam y Paul deberían tener un tercer hijo y necesitarla de manera perentoria —“El bebé protegerá el lugar que ocupa Louise en su reino”—; así que cocina recetas para favorecer la fertilidad y sale con los niños para que el matrimonio goce de una mayor intimidad y se entregue a la tarea procreadora. Sin éxito.

“Solo tiene un deseo: formar parte del mundo de ellos […], hacerse un hueco, una guarida, un rinconcito caliente.”

Cada vez se inmiscuye más en los asuntos familiares. Le reprocha a Myriam que despilfarre, y rebusca en los cubos de la basura restos no consumidos de comida y juguetes que ya no merece la pena reparar. Los Massé creen que deben emanciparse del poder que ejerce Louise, y le prohíben dar a los niños productos caducados. Un día la niñera deja, en la mesa de la cocina, una carcasa de pollo que Myriam tiró por la mañana; poco después sabrán que Louise se la ha ofrecido a los niños para que roan los huesos hasta dejarlos mondos e impolutos.

“Una carcasa brillante, sobre la que no queda el menor trocito de piel, el menor rastro de carne. Se diría que la ha roído un buitre o un insecto obstinado, minucioso. Un bicho maligno en todo caso […]. Lo ha lavado a conciencia, lo ha secado y lo ha colocado allí, como venganza, como un tótem maléfico.”

Este es uno de los indicios que habrían podido alertar sobre el fatal desenlace. Pero hay más. Louise se entrega a los juegos infantiles sin compasión y crea angustia en los niños: “Los observa como quien estudia la agonía de un pez recién capturado, con las agallas ensangrentadas, el cuerpo presa de convulsiones”. Otro de sus desvaríos será maquillar a Mila “como un monstruo de feria, tan grotesca como un perro que alguna vieja histérica hubiera vestido para lucirlo en su paseo”. Aunque es incapaz de reaccionar a tiempo, Paul intuye antes que Myriam la amenaza que se cierne sobre ellos: “Se imagina su casa como un acuario invadido por algas podridas, una fosa en la que el aire ya no circula y donde unos animales de piel rala deambulan aullando”.

Con un estilo directo y franco, desprovisto de descripciones innecesarias y con la precisión de un escalpelo, esta narración retrospectiva explora las contradictorias y complejas relaciones que se establecen entre clases sociales y aborda también cuestiones como la difícil conciliación de la vida laboral y familiar o las condiciones de trabajo de las asistentas domésticas. Sabemos que, a partir de un determinado momento, la rígida y obsesiva Louise se desmorona, y “un quejido interior la corroe y le desgarra las entrañas”. En otra ocasión se nos dice que no es más que “un amasijo de cristales rotos, y su alma está cargada de piedras”. Uno de los grandes temas de la novela es la indefensión de los desposeídos, abandonados a su suerte —“Cada día se topaba con compañeros en el infortunio, que hablaban solos, dementes, mendigos”—, y de ahí al deterioro mental y la enajenación solo hay un paso. Louise es una mujer rechazada social y económicamente, y no es de extrañar que su frustración se abata sobre los más débiles e indefensos.

“Siente brotar el odio que lleva dentro. Un odio que va en contra de sus impulsos serviles, de su optimismo infantil. Un odio que mezcla todo. Está absorbida por un sueño triste y confuso. Atormentada por la impresión de haber visto y oído demasiado de la intimidad de los demás, de una intimidad a la que ella nunca tuvo derecho. Nunca tuvo un dormitorio propio.”

A medida que avanza la novela se hace evidente la enajenación de Louise, ese animal domesticado pero herido en lo más hondo —“Avanza, cueste lo que cueste, como un animal, como un perro a quien unos niños malos hubieran quebrado las patas”—, y paralelamente se ofrecen cada vez más muestras de la dependencia y el amor salvaje de Myriam por sus hijos, “el más bello paisaje del mundo”. Ella desconoce la situación mental y material de Louise y se equivoca al analizar las señales; el conocimiento le llegará a través de una violencia definitiva, aunque en los últimos tiempos había ya indicios alarmantes. No olvidemos, además, que Myriam es abogada y, en el momento en que sucede la acción, está defendiendo a un joven que mató a un cocinero sin papeles. Véase cómo se vuelven las tornas, pues tras lo sucedido Louise tendrá derecho a un abogado defensor, que probablemente base su estrategia en demostrar que la niñera también es una víctima y en calificar a Myriam de madre ausente, déspota con el servicio y cegada por la ambición.

En esta suerte de pesquisa al revés, la ironía trágica se apoya en la ventaja del receptor respecto de los personajes, y opera una manipulación perversa de las emociones. Mientras vuelve del trabajo a casa, ansiosa por reunirse con ellos, Myriam revisa en el móvil las fotos de sus hijos y hace planes de futuro inmediato. Por supuesto, para el lector, que sabe cómo termina todo, este gesto se teñirá de ecos funestos. Es un recurso cruelmente efectista dentro de una narración honesta, concisa y aséptica; una saeta que la autora dispara al lector. Otro de los momentos destacables en este sentido lo hallamos, bastante al inicio de la novela, en el renacer que sienten Myriam y Paul con la llegada de Louise; en su cama de sábanas limpias, el matrimonio se congratula de su libertad recuperada, y de la suerte que han tenido de encontrar a la niñera:

“Como si hubieran encontrado un mirlo blanco o les hubieran echado una bendición.”

Etiquetas: bebé, Canción dulce, criminal, Dostoievski, Kipling, Leila Slimani, lucha de clases, Premio Goncourt

Sobre el autor

Ana Prieto Nadal

Ana Prieto Nadal es licenciada en Filología Clásica (UB) y Doctora en Filología Hispánica (UNED), y está especializada en el estudio del teatro contemporáneo. Como escritora, obtuvo el premio Ojo Crítico por su novela 'La matriz y la sombra' (Acantilado, 2002) y tiene relatos publicados en la revista 'Granta en español', 'El silencio en boca de todos' (Emecé Editores, 2004) y en la antología 'Todo un placer' (Berenice, 2005); también participó en el proyecto europeo Scritture Giovani 2006. En la actualidad, es miembro del Grupo de Investigación del SELITEN@T y compagina la investigación literaria y teatral con la docencia de lenguas clásicas. Ha colaborado en revistas especializadas como 'Acotaciones', 'Anagnórisis', 'Don Galán', 'Pasavento', 'Signa' y 'Tropelías', entre otras, y ejerce la crítica literaria en 'Quimera' y 'Revista de Letras'.

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