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Sin tiempo en ninguna parte

La última novela de Can Xue, 'La frontera', intenta unificar los grandes opuestos de la vida: la barbarie y la civilización, lo mundano y lo sublime, las culturas oriental y occidental | Foto: Pixabay

La idea que Can Xue (Changsha, China, 1953) maneja sobre el espacio que es La frontera, respeta el símbolo de territorio que debe construir su propia ley, el lugar en el que el pasado y el presente suceden a la par, pues rige la ausencia de tiempo, y la extraña claustrofobia de un espacio en el que el horizonte estará tan lejos como para no poder acercarse jamás al borde del territorio:

“La particularidad más importante de la región de la frontera era que el paisaje exterior, ese que se veía desde las casas, tenía un impacto enorme sobre el estado de ánimo de las gentes que poblaban ese lugar. De hecho, los oprimía. Aún peor, les reprimía las emociones y les frustraba los deseos. En sus vidas surgía siempre un imprevisto, y sus circunstancias también cambiaban. Imprevistos y más imprevistos repentinos, ésa era la norma en su nueva vida. En el interior del país, casi nunca sucedía nada”.

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Hablamos de un territorio interior, que debería tener, por tanto, una consistencia física de piedra, pero al que caracteriza la semejanza a los sueños. Si este territorio, presidido por una población que se llama Guijarro, no se nutre de la huida de leyes de los sueños, no se nutre de nada. Apenas hay descripciones de la población, en la que está anclado un edificio ruinoso en el que se instala el Instituto de Arquitectura y Diseño que es el único imán que puede atraer a la gente para habitar ese lugar a cuenta del proyecto megalómano de hacer crecer la institución, y cuando Xue se entrega a hablar de la naturaleza, la expone como paisajes que están vivos hasta sentir que su bien y su mal se sobrepone al nuestro. La naturaleza, cuando aparece, es de una belleza que estremece incluso en las ausencias, como la del mítico leopardo de las nieves.

En realidad, el centro de la novela es la suerte de unos personajes que vamos conociendo de forma encadenada. El efecto de la lectura será acumulativo, pero Xue se cuida mucho de provocar ninguna aglomeración, de adensar demasiado los sucesos. Se trata de una obra coral tejida con el hilo de un personaje principal. Cada capítulo es una pequeña novela sobre uno de los integrantes de la comunidad, y el enlace que atraviesa todos ellos es la protagonista, Liu Jin, que no termina de sentir que aquel podría llegar a ser su lugar en el mundo. De hecho, nos resultará complicado comprender que nadie pueda elegir esta frontera como su lugar en el mundo. Es un lugar donde se impone el desconcierto. Uno de los personajes lo confiesa de esta manera:

“No tendría que haberlo hecho, ya que este local es muy aburrido, igual que todos en este pueblo de la frontera, y lo peor es que no pasa nunca nada de nada. Cuando uno llega a la frontera, ya no vuelve a salir. Siempre me siento en esta esquina y espero a que un día u otro aparezca, entre y venga a verme. Soy su hijo al fin y al cabo, ¿no es así?…”

Vivir es un hecho muy incómodo. Da la sensación de que hubiera un peligro latente compartiendo el aire junto al vapor de agua, pero ese peligro jamás se fragua. Tiene la consistencia de los fantasmas, es decir, es una invención de la fantasía. Y su intensidad depende de nuestra imaginación. De ahí que Xue se muestre tan realista como soñadora. Las palomas del comedor, por ejemplo, comunican a un personaje, o el personaje asegura que le han comunicado, la ruta hacia el jardín tropical que se esconde en la población. ¿Cuál de las afirmaciones dará más miedo?: la posible locura de hablar con palomas, la posibilidad de que las palomas hablen, el lugar donde se esconde el jardín en medio de nuestras vidas, lo que supone hallarlo, la imposible complicidad del esposo. “Lo que buscáis no existe. ¡Mira, incluso nosotros andamos buscándolo!”.

Moverse significa asumir riesgos, estar expuesto. Y no moverse supone limitarse a vivir cuando uno está soñando. Moverse supone compartir tiempo con lo ilusorio e irreal, atreverse a comulgar con unas leyes que uno no conoce: “el hermano Ma sufría de alucinaciones y en una de ellas creyó que se transformaba en otro hombre. Se mudó a otra casa y dejó de reconocer a los miembros de su casa de origen. ¡Tenía una novia y ni siquiera podía identificarla! La pobre pensó que había enloquecido como tantos recién llegados a la frontera”. Lo raro, allí, es no convivir con lo que se produce raramente. Y al utilizar el adverbio de modo raramente no nos referimos a la frecuencia: lo que sucede es poco frecuente fuera de la frontera, pero lo inesperado, aunque sea extraño, es casi la norma en este territorio, que se caracteriza por la lejanía de lo común. Hablamos de un territorio de pequeños seres que tienen algo de grotesco, pero no lo suficiente como para resultar tan inverosímiles que nos alejen de lo creíble: al fin y al cabo, están sujetos a los mismos conflictos que cualquiera de nosotros, a pretender la libertad del cuerpo, a concebir la vida como un viaje, a sentirse atados.

La novela llega a nosotros en traducción de Blas Piñero, que al margen de su labor reinventando el texto, nos presenta un compendio de notas que nos invita a navegar por la cultura china. Los detalles a los que se atiene cada interpretación de las palabras clave que utiliza Xue, indica que la teoría narrativa del iceberg se queda escasa a la hora de valorar su narrativa. El simbolismo nos habla de erudición y de sensibilidad, nos ayuda en el viaje que es la lectura, enriquece el contenido y amplía el valor de la literatura de Xue, de difícil catalogación, pero en la que es indudable que está empañada de poesía.


Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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