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Por amor a las palabras

En la novela 'El diccionario del mentiroso' la autora inglesa Eley Williams demuestra su pasión por la lexicografía en todas sus ramificaciones | Foto: Wokandapix, Pixabay

La primera novela de Eley Williams, curtida en el relato breve, me atrajo debido a su temática: la emoción que suscitan en cualquier escritor las palabras, su significado, sus acepciones, su vida literaria. No obstante, me interné en sus páginas con ciertas prevenciones, al relacionarla de entrada, no sé si arbitrariamente, con Joanna Walsh, otra promesa consolidada de la narrativa británica actual, a la que Williams cita en los agradecimientos. Esta cautela procedía de que salí escaldado de los últimos cuentos de Walsh, cuyo argumento se había volatilizado, evaporado por completo, hasta reducirse a mero ejercicio formal.

Sexto Piso

Por suerte, no es el caso de El diccionario del mentiroso, con traductor a la altura del empeño lingüístico, me imagino que muy complejo para vertirlo a nuestro idioma sin perder calidad literaria, el poeta y novelista argentino afincado en España, Mariano Peyrou. La autora procura en todo momento, según avanza la trama hacia un desenlace contundente, mantener la narratividad al tiempo que afila la invención verbal y los juegos de palabras o fonológicos con mucha finura. Sirva como ejemplo una aliteración relativa al fingido ceceo del coprotagonista: “El sol de enero se solazaba, solemne y silencioso, y sesteaba sereno en el elíseo”.

Los numerosos juegos lingüísticos, de orden intelectual, están traspasados por una ironía refinada –ya en el exergo, la entrada novela: “Un pequeño relato, generalmente de amor”, procedente del Diccionario de la Lengua Inglesa de Samuel Johnson, de mitad del siglo XVIII–, no hacen ascos a nada, pues llegan hasta lo procaz, y demuestran la pasión de la novelista por la lexicografía con todas sus ramificaciones, desde lo etimológico a lo fonético, pasando por usos filológicos o acepciones diversas. Se extrema a través del hobby de Winceworth, el lexicógrafo en el que se centra la historia: la invención de palabras, “palabras fantasma”, “subrepticias ficciones”, fruto de una “ferviente imaginación” –entre ellas, con humor autocrítico,“Winceworcesco (adj.): Aquello cuyo valor reside en ser inútil”– que cuela a modo de broma o trastada como entradas “fraudulentas”, falsas, ficticias, en el “disparatado diccionario” en el que trabaja junto a otros lexicógrafos y lingüistas de campo, una extravagante panda de eruditos, a finales del siglo XIX, en una fantasmal Sala de los Escribientes, a la que denominan “establo”.

La narración propiamente dicha, transcurre en paralelo. Los capítulos, ordenados de la A a la Z alternan la anodina vida laboral del lexicógrafo aludido, sacudida por una atracción amorosa, en tercera persona, con los avatares en primera persona más de un siglo después, en nuestro tiempo, de una joven becaria, esto es, precaria, durante tres años, lesbiana, obsesionada con su falta de valor para salir del armario, currante en la misma editorial, en un edificio vanguardista muy deteriorado, casi en abandono, como la propia empresa. Con esos mimbres, trenzando extraños, pero a la larga consistentes, vínculos, entre ambos personajes, Williams consigue no sólo mantener la solidez del argumento doble, sino avivar la intriga, engrasa muy bien el artefacto narrativo, de apariencia, sólo apariencia, posmoderno, hasta la traca final del desenlace, con lo que revierte la presumible aridez del asunto.

El estilo es brillante, con un dominio de los diálogos, aun absurdos a menudo, de una naturalidad envidiable, y símiles muy logrados; a veces preciosista, es capaz de morosas descripciones, por caso, de los dibujos en el cielo de las bandadas de estorninos urbanos, para contrarrestar la prosa áspera de los días laborables, que se les hacen eternos a los dos personajes principales, cuyo talento, como el de la novelista, se vuelca en la fascinación por los detalles nimios. No sé si el prefacio –ella misma afirma que “un prefacio es mucho ruido y pocas nueces”–, salpicado de frases digresivas lapidarias, muy indicativas del sorprendente tono de la autora, es necesario, acaso ni pertinente, pese a que una de las sentencias sea decisiva para lo que nos espera: “un diccionario es un narrador poco fiable”. En todo caso el prólogo es una defensa del diccionario personal –en nuestras letras lo ensayó Rafael Argullol con su deslumbrante Breviario de la aurora– perfecto, imposible por tanto, junto a apreciaciones harto curiosas sobre el oficio de la lexicografía y los hipotéticos usuarios de las enciclopedias.

En último término el libro es una celebración de la belleza del lenguaje y el placer que proporcionan, nos proporcionan, las palabras. Con frecuencia la pasión de Williams va pareja a su inclinación por lo digresivo, más bien, divagatorio, lo mismo le da por merodear en torno al reloj de arena, tan borgeano, que por adentrarse en los vertederos informáticos. Desmiente así su guasona, apurando el campo semántico, definición del amor: “Es una bobada maravillosa, ¿verdad? Paparruchas, memeces, chorradas, pamplinas, chuminadas, sandeces, paridas, gansadas, majaderías, patochadas, necedades, etcétera”.

Fermín Herrero

Fermín Herrero (1963, Soria). Autor de 'La gratitud' (Premio de las Letras y la Crítica de Castilla y León 2014 y Premio ‘Gil de Biedma’). Ha publicado los poemarios: 'El tiempo de los usureros', 'Un lugar habitable', 'Tierras altas', 'Echarse al monte', 'Tempero' y 'Sin ir más lejos'. Actualmente colabora en el suplemento de cultura de 'El Norte de Castilla'.

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