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La estructura de diario, aparte de los diarios personales en sà mismos, es una de los formatos que pueden utilizarse para escribir una novela; La náusea de Jean-Paul Sartre, El diario de una camarera de Octave Mirbeau, Diario, una novela de Chuck Palahniuk, Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza o, cruzando los lÃmites entre ficción y no ficción, El quadern gris de Josep Pla son algunos ejemplos de la variedad de temas y de discursos para los cuales la forma de diario puede dar lugar a excelentes textos. Las razones por las que un escritor escoge ese desarrollo pueden ser tan numerosas como la voluntad de escribir una novela, pero una de los efectos que se consiguen con esta elección es proporcionar una ilusión de fiabilidad, de confianza del narrador y dotar de verosimilitud a la trama.
«Me acusa de ser celoso y creer que el mundo es perverso, sin pararse a pensar ni por un instante en lo que pueda haber de cierto en mis observaciones ni en el profundo amor que revela esta voluntad mÃa de evitar que se convierta en el hazmerreÃr de nuestro entorno. No entiende que yo solo quiero protegerla. Prefiere creer que me encanta encontrarle defectos en los que nadie más se ha fijado.»
Pero en realidad Louis es un tipo que acumula una variedad de disfunciones de comportamiento dignas de un catálogo: fobia social, misantropÃa, misoginia, paranoia, ausencia tanto de remordimiento como de arrepentimiento, aislamiento…
«Me pregunto si una vida despojada de afecto, una vida sin rumbo, que uno va llenando de mil naderÃas para aliviar la monotonÃa, una vida poblada de seres humanos que uno busca para no estar solo y de los que luego huye para no aburrirse, si una vida asà no es ridÃcula, si no serÃa preferible cualquier otra.»
El diario de Louis abarca del 7 de octubre al 2 de febrero, apenas cuatro meses de entradas que, no obstante, recorren todo el proceso de degradación de una vida en común que no partió con los mejores augurios y cuyo final, teniendo en cuenta su actitud, era más que previsible -si no deseado-. Louis ansÃa la compañÃa de los demás solo para darse el placer de rechazarlos, tener asà la ocasión para sentirse solo y volver a desear compañÃa, en una especie de movimiento pendular entre la neurosis y la paranoia, especulando con la idea del sacrificio altruista y desinteresado, con la justificación de una misantropÃa imperdonable y con una cordialidad que solo existe entre las páginas de su diario.
«Amo a Madeleine con locura, me pongo celoso y creo que mi vida se irÃa al traste si me abandonara. Pero al mismo tiempo algo en mà se rebela contra esta dependencia. En cuanto me quedo a solas ese «algo» despierta y desaparece el resto, y yo sufro. No puedo estar solo, pero aborrezco la compañÃa.»
La inviabilidad del vÃnculo con el entorno, presente a lo largo del diario, se centra en la relación tóxica con su esposa, basada en los celos y en la sospecha constantes y mutuos, en mentir de la forma más descarada para ver cómo se toma el otro las mentiras, en levantar sospechas sobre hechos falsos a fin de provocar en el otro un comportamiento censurable por el solo gusto de ponerlo en evidencia, favoreciendo relaciones de amistad con el único fin de torturarse por o que podrÃa suceder y de acusar al otro por algo que, si hubiera sucedido, hubiera sido únicamente responsabilidad propia. La capacidad de manipulación de Louis -a su entorno y al lector- se bate frente a la inocencia de Madeleine, pero incluso esta es percibida -o, al menos, asà lo deja consignado en su diario- como la más inconfesable de las culpabilidades.
Un afán manipulador que no duda en aplicarse la peor de las censuras -con evidencia, impostadas- para ganar credibilidad y provocar la empatÃa del lector; pero que contrasta con la personalidad que subyace a lo escrito.
A medida que el lector va avanzando en la lectura va quedando en evidencia que el diario de Louis no tiene más objeto que la justificación por su indolencia y la coartada de una insolente indulgencia: Louis no duda ni un instante en adjudicar a los demás, en especial a su esposa, sus propios defectos -los celos, la intransigencia, la maldad en sà misma-, afeándoles su conducta y consiguiendo, a la vez, mostrar una buena capacidad de análisis y una envidiable, aunque fraudulenta, indulgencia para con las deficiencias ajenas.
«He pasado largo rato pensando en Madeleine. DeberÃa tener en cuenta que se halla ahora privada de afecto. Soy el único que puede comprenderla, justificarla, protegerla. Y en lugar de eso me conduzco como lo harÃa un hombre cualquiera con una mujer cualquiera. Me ensaño con ella a sabiendas de que está indefensa y llevo las de ganar. Tengo la sensación de obrar con vileza, pero no puedo evitarlo. Luego me acosan los remordimientos. Le pedirÃa perdón, pero semejante alteración de mis costumbres la sorprenderÃa más que otra cosa. Asà las cosas, estoy condenado a hacerla sufrir sin posibilidad de enmienda.»
Louis Grandeville de inscribe en la nómina de los personajes más odiosos de la historia de la literatura, no tanto por su conducta y sus convicciones como por el cinismo y la desfachatez con que las justifica. A pesar de esta evidencia, el retrato que compone Bove no está exento de cierta simpatÃa, y en este hecho reside una de las virtudes del texto, en las combinación entre la repulsión que despierta el protagonista en el lector y la impostada inocencia con que se autoadministra las imprescindibles dosis de indulgencia con las que no consigue engañar a nadie -ni siquiera, en especial, a sà mismo-.
Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia ClÃnica, FilosofÃa y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, crÃticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.