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Genialidades a pie de página

12 julio 2019 Críticas, Portada

Safo | Charles Mengin | WikiMedia Commons

No sé si es posible reescribir o no la historia, pero lo cierto es que, al menos si hablamos de literatura, las mujeres (hasta hace bien poco) siempre han tenido un papel marginal. O eso nos han dicho.

No pretendo cambiar la historia, que Homero me libre, pero no tiene ningún sentido que sigamos silenciando el papel de la mujer en la historia de la literatura. No tienen más que abrir cualquier libro de texto de cualquier editorial de cualquier colegio para confirmar este despropósito.

¿Sabían que el primer escritor de nuestra historia no fue escritor, sino escritora? ¿Por qué nadie me habló antes de Enheduanna, la célebre (en su momento, claro) escritora de Mesopotamia, que cultivó esta maravillosa profesión en el 2.500 antes de Cristo? ¿No es curioso que la primera novela que se escribiera en el mundo la escribiera en el siglo XI la japonesa Murasaki Shikibu? ¿Por qué nunca oímos hablar La historia de Genji, pero El Quijote lo estudiamos y leemos varias veces a lo largo de nuestra vida? ¿Cómo puede ser que estas dos mujeres estén relegadas a simples pies de páginas (con suerte) y no tengan el reconocimiento mundial que se merecen?

Que la historia, y por extensión la literatura, la han escrito, dirigido y confeccionado los hombres es un hecho. Nadie pide que se borren u olviden los nombres que la han hecho posible; sería absurdo. Ahora: ocultar, suprimir y ningunear las obras que escribieron las mujeres desde nuestros orígenes literarios es un disparate de proporciones bíblicas.

En Grecia, conocemos las teorías de Platón y los manuales de Aristóteles, ¿y la filosofía de Hiparquía? Lógicamente, no; las tres obras de la primera filósofa cínica no se conservan. En los libros, de las pocas referencias que hay a las hetarias (las cortesanas de la época griega) se menciona, como mucho a Aspasias de Mileto, pero no como escritora o profesora de retórica, sino por ser la dueña de un burdel o la amiga de Pericles. Quizá a Safo, además de gigantesca poeta, habría que estudiarla también como profeta: “Alguien se acordará de nosotras en el futuro”. Eso dijo en el siglo VII a. C. Pues sí. Eso hacemos ahora. Casi treinta siglos después. Treinta siglos. Que se dice pronto. Y no solo aquí, en China en la India había muchas mujeres escribiendo. ¿Alguien conoce el nombre de alguna?

Si, por seguir la línea temporal de la historia de nuestra literatura, pasamos a la época oscura, el panorama es, como ya se imaginarán, aún peor. Ya saben, me refiero a los diez siglos de nuestra historia que muchos siglos después los señores europeos ilustrados (maquillados y con pelucas para marcar bien las distancias sociales) quedaron en llamar Edad Media, precisamente porque estaba entre medias su historia y la de la Grecia clásica. Las mujeres seguían enclaustradas (o en iglesias o en sus casas) porque, como bien recuerdan, los hombres decidieron que sus funciones serían exclusivamente domésticas y reproductivas. Busquen las obras fundamentales de la Edad Media alemana, por poner un ejemplo. Verán títulos masculinos y una gran obra, El cantar de los nibelungos, que (curiosamente) es anónima. ¿Por qué no se estudia a la alemana Roswitha de Gandersheim, que fue la primera persona en escribir entonces una obra de teatro en latín desde la época clásica? Es más, ¿por qué hemos aceptado que las obras anónimas fueron escritas por hombres y no por mujeres? No podemos comprobarlo, pero estoy convencido de que detrás de muchas obras de la historia (pienso ahora en Las mil y una noches, El Lazarillo e incluso en El Cid) había una mujer escribiendo desde la sombra. Tiene más sentido.

Si llegamos al Siglo de Oro, automáticamente recordaremos la grandeza de las letras masculinas. Y yo me pregunto: la poesía de Góngora o de Quevedo es extraordinaria, pero si nos olvidamos de autoras como Sor Juana, ¿de verdad podemos comprender en qué consistió el barroco literario? ¿Quieres aprender métrica? Sor Juana te lo explica con una redondilla y, de rebote, te ayuda a entender un contexto fundamental para entender esa época. Recuerdo:

"Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis."

Pues eso.

El siglo XVIII, volviendo a los europeos de las pelucas neoclásicas, los señores vuelven a liderar los cambios y se llevan todo el protagonismo. Y sí, Robinson Crusoe es una joya literaria y Samaniego, Iriarte, Moratín y compañía, pero qué pasa con Orgullo y Prejuicio. ¿Somos conscientes de la importancia que tuvo en la época Jane Austen? ¿Y por qué no se conoce tanto a Eliza Haywood, que publicó muchísimas obras en la época y fue, entre otras cosas, una de las fundadoras de la novela moderna en Reino Unido?

Si seguimos (y aceptamos) el eje cronológico oficial de nuestra literatura, con el XIX llegaron muchos cambios. Adiós, pelucas. Adiós, razón. Cuánto le debemos al Romanticismo, ¿no? Ahora, eso sí, ¿por qué todo el mundo se sabe versos de memoria de Bécquer y no de Rosalía de Castro? ¿Saben la cara de los adolescentes, ahora que he vuelto a las aulas, cuando descubren que el gran Fernán Caballero es el nombre tras el que se esconde Cecilia Böhl de Faber? Es curioso que hasta una de las grandes novelas decimonónicas (pienso, por ejemplo, en Cumbres Borrascosas) la firmara una increíble mujer (con síndrome Asperger, para más inri), bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell. Sí, hablo de Emily Brontë. Pensemos. El romanticismo francés no se entendería sin la obra de George Sand, ¿no? Así firmaba la baronesa Aurore Dupin, cuyo nombre seguimos asociando a Chopin, por aquello de que fue su musa. Sin ir más lejos, recuerdo que el gran libro de ese movimiento (el descomunal Frankenstein o el moderno Prometeo) lo escribe Mary Wollstonecraft… y pasará tiempo hasta que se reconozca su autoría. Eso sí, con el apellido Shelley.

Con la llegada del modernismo y del siglo XX, y con permiso del amigo Joyce, la literatura europea dio un salto de gigante y la responsable fue, en parte, una mujer. Curioso. ¿Quién no conoce a Virginia Woolf? La gran escritora del Orlando lo tuvo tan claro que se dio cuenta que el problema, en un mundo donde las mujeres todavía seguían convertidas en flores medievales, era más sencillo de lo que pensaba y, que nada tenía que ver con la calidad literatura o la sexualidad (que también): dinero y una habitación propia, ¿recuerdan? Justo lo que tenían los hombres.

A medida que avanza el siglo XX, parece que ya conocemos y ubicamos a más autoras, pero estoy seguro de que si pensamos en poesía chilena nos viene antes a la cabeza Pablo Neruda que Gabriela Mistral. La mayoría pensamos en Juan Rulfo y creemos entender así el realismo mágico, pero nos olvidamos de la mexicana Elena Garro. Steinbeck o Faulkner son maravillosos, pero en la literatura sureña de Estados Unidos no se entiende sin la grandísima Eudora Welty y, que yo sepa, en un manual quizá la encuentres en una nota al pie de página. Y ni eso. ¿Quién no conoce El Gran Gatsby? Pues resulta que (según parece) lo escribió Zelda Fitzgerald, para fama y gloria de su marido Scott.

Aquí en España parece que ya se están redescubriendo a las mujeres del 27. Lorca fue un genio. Alguien de otro planeta. Pero Josefina de la Torre, también. Y dudo mucho de que su poesía se haya leído. O la de Concha Méndez, la de Carmen Conde, por ejemplo. O no. No sé. Quizá ya dejen de ser una lista y se lean y estudien como es debido. Veamos.

Lo que está claro es que al personal aún le cuesta comprender que si silenciamos a las mujeres nos quedamos con la mitad de la historia. Y es una lástima, la verdad. No tiene sentido ver el mundo con un ojo cerrado. Y leerlo ya, ni les cuento. Y más en estos tiempos que corren… donde parece que se avanza un paso y, al día siguiente, se retroceden cien de golpe.

Ortega y Gasset fue importante y hay que comprenderlo, pero también a María Zambrano, y dudo que se conozca mucho su método filosófico. ¿No llama la atención que Víctor Català, nombre tan importante en la literatura catalana, por ejemplo, fuese realmente el seudónimo de Caterina Albert? ¿Quién no conoce la historia de Memorias de África? El libro fue todo un éxito en los años treinta y los firmó Isak Dinesen. ¿Lo conocen? Es el heterónimo masculino que utilizó la danesa Karen Blixen.

No hay más que pensar en el panorama literario actual. ¿No es tremendo que una editorial recomiende en su momento a una escritora inglesa, que le apetece firmar con su nombre después de haber publicado con el seudónimo de Robert Galbraith, que mejor firme con sus iniciales, porque con nombre de mujer, el libro tendrá menos tirón? Sí, hablo de Joanne Rowling, quien, entre otras cosas, se hizo millonaria gracias a sus iniciales: J.K. Por eso es tan importante que, más que conocer, se lea a Silvina Ocampo, a Emily Dickinson, a Inés Arredondo, a Ana María Matute, a Clarice Lispector, a Lorrie Moore, a Hilma Contreras y a tantas otras (la lista, evidentemente, es interminable). De no hacerlo, nuestra literatura más reciente quedará coja de por vida.

Decía al principio que no hace falta reescribir la historia. Lo que hay que hacer es añadir la hoja que falta. Si no, nos hemos entendido nada. Prueben a arrancar la mitad de las páginas de cualquier libro. No sé qué leerán, pero les aseguro que no se habrán enterado de la historia. Es imposible. Nuestra literatura no tiene sentido si excluimos a las mujeres, porque será una historia, no ya mal contada, sino imposible de leer… y de seguir escribiéndola.

Etiquetas: Aurore Dupin, China, Enheduanna, España, Eudora Welty, Grecia, India, Isak Dinesen, Murasaki Shikibu, Romanticismo, Safo, Siglo de Oro, Víctor Català

Sobre el autor

Pablo Medel

Pablo Medel (Madrid, 1978). Profesor, escritor y crítico literario. Tiene publicados el poemario Paraíso en ruinas (Primor, 2007), la novela El principio de Pascal (Diente de Perro, 2016) y ha participado en la antología de cuentos '2084' (Inventa, 2016). Tras ocho años dedicados a la docencia de Lengua y Literatura, decidió emigrar a México para coordinar el área de Fomento a la Lectura en el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla y conducir el taller de Poesía en La Casa del Escritor. Ha trabajado como profesor universitario en el departamento de Humanidades de la Universidad de las Américas y en la Universidad Popular Autónoma de Puebla. Asimismo, ha conducido el curso de Escritura Creativa en La E, en La Morada y el taller de Poesía Visual en el Centro Cultural de España en México. Miembro fundador del proyecto internacional de poesía desterrada, 'Desbandada', en la actualidad colabora en diversos medios culturales y universitarios y es profesor de Escritura Creativa en los talleres literarios de Fuentetaja.

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2 Comentarios

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