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Sobre la ficción y el estilo literario para crear realidades

28 octubre 2020 Críticas, Portada

Lorrie Moore | Foto: Zane Williams | WikiMedia Commons

Anagramas (2020, Eterna Cadencia), fue la primera novela publicada de Lorrie Moore, en 1986, tras haber publicado su primera colección de relatos, Autoayuda, de 1985, y, aparentemente, parece ser, en su primera parte, también un libro de relatos con los mismos personajes; sin embargo, su segunda parte, nos revela que no es así, que estamos ante una novela que, como indica su título, gira sobre unos personajes y una premisa para ofrecer diferentes posibilidades narrativas.

Eterna Cadencia

Benna Carpenter es la protagonista de Anagramas y aparece como cantante de un club nocturno, como profesora de aerobic para ancianos o como profesora universitaria, dependiendo del capítulo. A su lado, siempre está Gerard, como un músico enamorado de ella, como un amante que de manera constante conduce a Benna hacia el dolor o como un hombre cercano que puede ser o no su amante. Durante la primera parte, a modo de relatos en apariencia independientes, estos dos personajes surgen en cada uno de los capítulos en sus distintas variaciones. Moore crea para cada uno de estos diferentes escenarios un territorio particular que, sin embargo, tiene su continuación de alguna manera en el capítulo siguiente. Es decir, rompe la lógica narrativa lineal a la par que conecta internamente a los personajes, aunque parezcan ser completamente distintos pero con el mismo nombre.

Los cambios tonales y rítmicos son perceptibles, pero ayudan a enfatizar esas variaciones y a potenciar las conexiones a través de un trabajo literario impecable por parte de Moore quien, además, es capaz de combinar un agudo sentido del humor con la reflexión profunda sobre el dolor, el amor y la pérdida, así como con la desorientación de los personajes en su marco vital más simple. Curiosamente, o no tanto, aunque la novela se desarrolla en los años ochenta, su mirada resulta del todo contemporánea, indicador no tanto de una descontextualización voluntaria, que no existe, como de una enorme capacidad para afrontar grandes cuestiones de manera tan general que han prevalecido en el tiempo para que, durante su lectura, no sea complicado imaginarse a los personajes y sus situaciones en nuestro presente.

En la segunda parte, ya no hay variaciones, por lo que los primeros capítulos operan a modo casi introductorio para situar al lector en diversos escenarios posibles y, después, en uno solo que continua más o menos de manera lineal, aunque no sin más de un punto de fuga o desvío narrativo, terreno en el que Moore sabe moverse a la perfección. Las conversaciones de Benna con su amiga imaginaria lo demuestran. Mediante un acercamiento narrativo descriptivo y de cierto corte realista, Moore muestra una realidad extraña y fútil donde se habla de feminismo, sexo, racismo, economía, política, marxismo, poesía y cuestiones identitarias que ahondan en un malestar profundo que se cuestiona sobre quiénes somos, qué queremos o qué hacemos. Y, en el caso de Benna, sobre a quién quiere y por qué lo hace. De ahí que el operativo de Moore de construir un relato al modo de un anagrama de posibilidades narrativas no tenga tanto que ver con posibles maniobras posmodernas típicas de la época como en evaluar que, bajo cualquier forma de vida anida, o puede hacerlo, un sinfín de problemas comunes que se resuelven de distinta manera y conducen a lugares distintos, pero que resultan imposible de soslayarlos por completo. En este sentido, Anagramas resulta de alguna manera determinista desde cierto punto a la hora de evaluar algunas cuestiones intrínsecas al ser humano, pero también esperanzadora al constatar que, en el fondo, bajo la amargura también puede existir la alegría; y que tras el desamor puede surgir el amor. Y así con cualquier categoría.

Y para ello Moore nos propone un itinerario narrativo de gran riqueza literaria para conceder a la ficción su poder fabulador para ahondar en cuestiones nunca resueltas, pero sobre las que es siempre necesario regresar. Aunque sea para comprobar la imposibilidad de alcanzar alguna forma de verdad absoluta sobre ellas. Moore, mediante esta forma a base de anagramas, lo deja patente: el placer de la escritura y de la creación para dar forma a realidades inventadas que nos hablen del ser humano en su complejidad.

Etiquetas: amor, Anagramas, Autoayuda, economía, feminismo, humor, Lorrie Moore, Marxismo, Poesía, política, racismo, sexo

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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