Revista de Letras
10 años de Periodismo Cultural

Entre las ruinas y el silencio

16 diciembre 2019 Críticas, Portada

Marie Modiano | Foto: F. Mantovani | Gallimard

“Solo tengo diecinueve años y la extraña sensación de que todo está ya detrás de mí. ¿Cómo me las he arreglado para meterme en este largo túnel hecho de oscuridad, de bambalinas, de escenarios, de ecos de aplausos y de soledad? Con los ojos muy abiertos, observo todo lo que me rodea entre asqueada y curiosa”.

Le lointain, en el vocabulario teatral, designa el espacio de la escena teatral más alejada de la platea. Es el trasfondo del escenario, ese espacio en el que los actores pierden la perspectiva con respecto a su público. Una distancia que oculta a los intérpretes, pero que también permite salvaguardar, en caso necesario, su vulnerabilidad. Lointain es el título original de Distante (Cabaret Voltaire, 2019), segunda novela de Marie Modiano tras Upsilon Scorpii (2013), que puede entenderse, de alguna manera, como una extensión o complemento de la novela de su primer poemario, Espérance Matématique (2012), en el que exponía la soledad de las giras musicales. Al menos, en cuanto a lo que afecta a una parte de la trama de Distante.

“Vuelvo a acostarme imaginándome en medio de esa masa compacta de noctámbulos, aunque en el fondo de mí misma sepa pertinentemente que nunca he formado parte de nada, de ningún grupo, de ninguna pandilla, de ningún país… me siento también ajena a la compañía con la que ya llevo conviviendo cerca de tres meses”.

Cabaret Voltaire

Modiano sitúa a su personaje principal, Valentine, también en un espacio, en este caso literario, parecido a ese ‘le lointain’ teatral, en un fondo en el que ella desea mirar y no ser vista; recordar, pero no se recordada, con el fin de escapar de su realidad. La escritora estructura su novela en dos tiempos y en dos historias que se alternan conectadas internamente por el recuerdo. Por un lado, desde un presente particular, con una narración en tercera persona y usando el ‘ella’, nos presenta a Valentine, quien trabaja como pianista en bares y salas de concierto, mientras espera, siempre espera, el regreso imposible de un amor de juventud, Matt, un escritor al que conoce siendo muy joven en el Pont des Arts parisino con diecinueve años y con quien mantuvo una relación sentimental convulsa, intermitente e itinerante, que marcará a Valentine profundamente. Por otro lado, la propia Valentine recuerda/narra esos años en los que conoció a Matt y ella era una aspirante a actriz que a lo largo de diferentes ciudades europeas se mueve bajo encuentros de todo tipo.

“Cuando estaban sentados hoy uno frente a otro, le parecía que ya no existía el pasado, ni siquiera el presente; los recuerdos y la memoria habían huido de él y se había convertido en la sombre de sí mismo”.

Distante o lejano es también el recuerdo de Valentine. Pero a su vez, muy vívido, real y doliente. Mediano compone una historia de fantasmas en la que las calles de las diferentes ciudades europeas en las que Valentine se mueve, así como París como epicentro, o bien, incluso, en las fugas a Pensilvania, se convierten en una suerte de gran casa encantada. Valentine se mueve entre ellas esperando el reencuentro con Matt; después, años después, anhelando que regrese a su lado, cuando ya no puede hacerlo. Aunque se ha especulado sobre la posibilidad de que Matt sea el alter ego del malogrado escritor Tristan Egolf, a quien Patrick Modiano acogió en París y cuya vida acabó de una manera tan trágica similar a la de Matt. También, en cierta manera, por esa lucha por convertirse en escritor, por lidiar con los numerosos y constantes rechazos. Y, sin embargo, en el caso de Matt ni el éxito será capaz de apaciguar sus demonios internos.

Entre la primera y la tercera persona, entre el pasado y el presente, Modiano entreteje una novela en la que los contornos de la realidad poco a poco se difuminan para construir un territorio literario onírico, de gran peso melancólico, tanto por un pasado evocado, no precisamente feliz, pero lleno de vitalidad, como por la imposibilidad de recuperar esa intensidad y la vida que, quizá, pudo ser y no consiguió tomar forma.

“Se iría a la hora del crepúsculo pero volvería la cabeza para contemplar el árbol a lo lejos, como la única huella viva que quedaría de él; solo, bajo un cielo pronto lleno de estrellas, se elevaría en la eternidad. Forma apacible, cambiante según las estaciones. Resignado y solitario, ya no respondería a su nombre, aunque ella lo hubiera gritado con todas sus fuerzas antes de perderlo de vista una última vez”.

Así, Valentine es una figura tan fantasmal como aquella que recuerda, aquella que intenta evocar con sus recuerdos como si con ello lograse que se manifestase. Modiano conforma mediante un trabajo literario muy medido, sencillo en su construcción, pero siempre buscando que los recursos que pone en juego vayan más allá de lo enunciado, el proceso de aceptación de Valentine de una realidad a la par que rememora ese amor de juventud cuya pasión y convulsión ha dejado en ella una huella tan honda que casi parece anularla. De lo jovial a lo doloroso, Modiano se adentra en una realidad que se transforma sin dejar de ser la que es, puesto que todo se trata de una cuestión de perspectiva, de cómo Valentine traduce los diferentes lugares en un espacio hostil, agresivo, casi terrorífico.

“Todo estaba tan sosegado al alba, no había nadie a su alrededor y ella pensó que seguramente había soñado todos los ruidos que la habían agredido en la oscuridad. Alguien había explicado algún día que se trataba de alucinaciones auditivas. ¿Y si hubiera sido víctima de ese fenómeno en el lugar extraño al que él la había arrastrado?”.

Porque Valentine parece ajena a la realidad, distante a ella, en un proceso de inmersión casi irreversible en un recuerdo doloroso que impide que pueda tener contacto con la realidad; como dice en un momento, en un deambular entre las ruinas y el silencio. La soledad engendrada, primero, por una promesa no cumplida y, después, por la desaparición total, convierten a Valentine en una persona desnortada, máxime cuando, tanto en su trabajo teatral como en sus actuaciones sentada ante el piano, tampoco consigue placer alguno. Ahí Modiano incluye en Distante, también a través de Matt, serias reflexiones sobre la condición de artista, sobre la recepción de las creaciones, sobre la exposición física y emocional ante el rechazo y el éxito, sobre la frontera tan débil que existe entre conseguir algo y no hacerlo, en ocasiones, simplemente por una cuestión de azar. Pero también, sobre el alto precio que se debe pagar a veces por ello. Al final, en un camerino, descubrirá que:

“Me gustaría quedarme encerrada en el interior de un teatro y rondar toda la eternidad entre sus muros, como un espíritu. Entonces no podría pasarme nada grave, pues aquí todo es una imitación de la vida, pero la vida misma no existe, ha huido del escenario”.

Modiano en Distante crea un relato que conjuga, sin separación, la realidad y los sueños, mostrando el mundo como un gran escenario en el que Valentine es un personaje más de una tragedia de la que no puede huir, tan solo hacerse eco de ella para enfrentarla y poder seguir viendo.

“Los fantasmas también duermen, como cualquier ser humano, no podrían sobrevivir sin sus turnos de reposo”.

Etiquetas: cantante, Distante, Marie Modiano, París, Patrick Modiano, Pensilvania, pianista, Pont des Arts

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

¡Comparte este artículo!


Envía tu comentario