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La herencia perdida

9 octubre 2019 Críticas, Portada

Michael Ondaatje | Foto: Tulane Public Relations | WikiMedia Commons

“Ordenamos nuestras vidas con historias que apenas se sostienen. Como si nos hubiéramos perdido en un paisaje confuso y uniéramos lo invisible y lo no expresado (…) y lo cosiéramos todo junto para sobrevivir, incompletos, ignorados como los guisantes de mar en aquellas playas minadas durante la guerra”.

Luz de guerra (Alfaguara, 2019; traducción: Guillem Usandizaga), última y brillante novela del escritor canadiense Michael Ondaatje, arranca su acción en 1945. Dos hermanos, Rachel y Nathaniel, el narrador de la historia, quedan al cuidado de un extraño apodado el “Polilla” cuando sus padres marchan hacia Asia por motivos de trabajo, si bien, los hermanos ignoran de qué se trata en realidad las profesiones de sus padres. Durante esta primera parte, Nathaniel rememora ese tiempo en Londres sin padres a través de su educación sentimental y personal en una realidad tan tangible como misteriosa, dado que presiente que no conoce toda la verdad de lo que acontece a su alrededor. En cualquier caso, Nathaniel continúa su vida entre los estudios y varios trabajos, entre ellos, y principalmente, junto al “Dardo”, realizando contrabando por las aguas del Támesis. Entre tanto, conocerá a la joven Agnes. Una vida, para Nathaniel, llena de promesas y misterios que tendrá un duro y abrupto final.

“De modo que empezamos una nueva vida. Entonces no me lo acababa de creer. Y todavía no estoy seguro de si la época que vino después desfiguró o dinamizó mi vida. Durante esta etapa iba a perder las pautas y los límites de la rutina familiar, y más adelante, como resultado, sufriría titubeos, como si hubiera agotado demasiado rápido mis libertades. Sea como fuera, ahora tengo una edad en la que puedo hablar de ellos, de cómo crecimos protegidos por los brazos de desconocidos”.

Alfaguara

En la segunda parte, Nathaniel está en la frontera entre los veinte y los treinta años. Continúa su relato, pero no allí donde finalizaba la primera parte; o no exactamente allí. Ondaatje sitúa a su narrador en otro lugar narrativo, dotando a su voz de un tono diferente a la hora de rememorar otra época diferente de su vida. Si en la primera transmitía la fascinación adolescente y juvenil por el descubrimiento de una libertad casi absoluta y por un mundo enigmático lleno de posibilidades, en la segunda, Nathaniel adopta un tono mucho más sombrío que va tiñendo a las páginas de Luz de guerra de una mayor melancolía que aquella que presidía la primera parte. Y, sin embargo, Ondaatje consigue de manera soberbia equilibrar ambas partes, creando conexiones entre ambas tanto por aquello que narra, esto es, por aquello que expone de forma clara, como por los elementos que quedan fuera del relato y que, al final, poseen tanta fuerza como lo mostrado.

“Acordaos. Vuestra historia solo es una historia, y quizá no es la importante. El yo no es lo principal”.

Así, Nathaniel intenta, en esa segunda parte, comprender aquella época de su vida, rellenar los huecos que quedaron vacíos. Ante todo, con respecto a la figura de su madre. Entonces, lo que era una novela de tono memorístico y atmósfera noir, deviene en un relato con la forma de novela de espías; pero, a su vez, en algo mucho más complejo. Nathaniel intenta recomponer las piezas perdidas de una juventud vivida casi como si se tratase de un sueño, como una irrealidad que, finalmente, torna en cruda realidad. Su vida se ha encaminado hacia derroteros que tienen mucho que ver con la de sus padres, algo que irá poco a poco averiguando. La destreza de Ondaatje para ir desvelando todos los datos es brillante, ordenando el caos mediante un trabajo formal minucioso, de gran belleza en la creación de imágenes y jugando con las sugerencias. En manos de Ondaatje, los años de posguerra en Inglaterra quedan trazados con esa luz de guerra, una luz extraña que poco a poco revela ciertas verdades que parecían haber quedado en el pasado.

“Dicen que cuando uno intenta escribir unas memorias debe estar en un estado de orfandad. De modo que lo que le falta y las cosas que le ponen en guardia o le generan dudas le lleguen con facilidad. Uno se da cuenta de que “unas memorias son la herencia perdida”, así que durante ese tiempo tiene que aprender cómo y adónde mirar. Todo encajará en el autorretrato resultante, porque se habrá reflejado todo. Se un gesto se desperdició en el pasado, ahora uno lo ve en posesión de otra persona”.

Gran parte de la literatura de ficción de Ondaatje, desde El paciente inglés a El viaje de Mina, pasando por El fantasma de Anil y Divisadero, se ha basado en la evocación de un pasado brumoso cuyo sentido final se encuentra en el personal estilo del escritor a la hora de dar orden mediante la escritura a las evocaciones, a las sensaciones, a las intuiciones, que componen las experiencias de sus personajes. Para Ondaatje lo importante no es tanto el conjunto como esos fragmentos que, en su exposición, revelan, o anulan, lo que se espera encontrar en los silencios, en el desconocimiento de lo sucedido. Para el escritor canadiense, la memoria o el recuerdo es una construcción de quien, desde cierto punto de su vida, mira hacia el pasado y lo reconstruye. Por tanto, es el lenguaje el que, en última instancia, dota de vida a lo pretérito, el que hace emerger un posible pasado desde la sombra del olvido.

“Ella debió de darse cuenta de que uno podía oscurecer y hacer invisible o como mínimo distante lo infeliz o peligroso de la vida; creo que su posterior habilidad con el público y el estruendo de la ficción le permitieron aclarar lo que era verdadero lo que era falso, lo que era seguro y lo que era inseguro”.

Ondaatje, para llenar esos huecos de la vida de Nathaniel, construye una novela, en esencia, de espías, de investigación si se quiere, que va más allá de lo simplemente argumental. Se trata de estilo, de forma literaria: en la segunda parte, Nathaniel investiga, busca en su pasado, intenta ordenar lo que ignora y dar más consistencia a lo poco que, en verdad, sabe. Descubre por el camino personajes y hechos que habían estado fuera de su vida, al menos de manera aparente, pero que han tenido gran importancia desde la sombra. Del mismo modo, averigua finalmente el devenir de algunos personajes que fueron de gran importancia en su pasado -en la primera parte de la novela- para, de nuevo, comprobar su desconocimiento sobre esa relevancia. Una sensación, en el fondo, de no haber sido dueño de su destino.

El escritor conduce lo anterior hacia un trabajo literario basado en dar vida a esos vacíos mediante imágenes literarias que dan forma a experiencias, objetos, personas y pensamientos. Como dice Nathaniel: “dicen que siempre tratamos de descubrir la secuencia que falta en una vida”. Ondaatje reconstruye el Londres de postguerra, así como otras localidades de la campiña inglesa, desde un realismo literario que tiene más de metáfora visual que de descripción minuciosa; está más interesado en crear un territorio literario fantasmagórico, irreal, para, paradójicamente, transmitir al lector un espacio familiar, épico desde la intimidad del relato. Y lo hace mediante esa luz de guerra que se extiende más allá de la contienda, que sigue alumbrando años después por sus secuelas, por las heridas no cerradas.

“¿Es así como descubrimos la verdad y evolucionamos? ¿Reuniendo fragmentos sin confirmar de ese tipo? (…) ¿Todos los que me han quedado incompletos o que he perdido pasarán a ser claros y evidentes cuando vuelva la mirada atrás? Si no es así, ¿cómo sobrevivimos a los sesenta kilómetros de mal camino de la adolescencia, que atravesamos sin una conciencia sincera de nosotros mismos?”.

Con Luz de guerra Ondaatje ha escrito una novela de gran intensidad y belleza en su escritura para hablar sobre la conformación de una identidad en medio de la duda y la incertidumbre; para asentarla y cuestionarla cuando aquello que, a priori, se creía certero, revela que no lo era; para crear una búsqueda íntima en un contexto general complejo y lleno de aristas y de misterios. Una novela sobre la pertenencia y la orfandad, sobre los lazos emocionales reales. Sobre la figura ausente y presente de la madre y sobre la ausencia del padre, personaje que, fuera del cuadro narrativo, acaba resultando importante. Y, finalmente, sobre un país que, tras la guerra, tras algunas actividades, ya no es lo mismo: Luz de guerra, en última instancia, nos introduce en una Inglaterra en transformación, en la que la mítica de sus escenarios literarios da paso a otro tipo de mítica narrativa, más oscura y desconocida, pero en la que la melancolía de Nathaniel impregna cada página en su mirada hacia su construcción como adulto, como persona, preguntándose:

“¿Nos convertimos eventualmente en aquellos que originalmente se suponía que deberíamos ser?”.

Etiquetas: educación sentimental, El paciente inglés, Inglaterra, Juventud, Londres, Luz de guerra, Michael Ondaatje, postguerra

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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