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Moby Dick en la garganta

El personaje central de 'El oficio de la venganza', de L.M. Oliveira, asume un viaje místico buscando a un supuesto malhechor | Foto: Pexels

No es seguro que el tema de Moby Dick sea la venganza. Pero no cabe duda de que esa herida en el alma del capitán Ahab condiciona la suerte de toda una tripulación en un mundo de suciedad entre aguas. De esa fuente bebe L.M. Oliveira (Ciudad de México, 1976) para cimentar esta novela, El oficio de la venganza, en la que a la ballena blanca la sustituye algo tan mundano como es el despecho por amor. El personaje central, nuestro narrador, se ve encerrado y asume una suerte de camino a Damasco, pues sabemos de él que fue agnóstico y terminó en un catolicismo que aspira a ser místico. Como cualquiera de nosotros en algún trance de la vida, se ha visto sobrepasado por un destino del que no somos dueños y el peso del malestar le supera. Hay que buscar las fuerzas en cualquier sitio, y uno de los lícitos, en este mudo creado a imagen y semejanza de los hombres, es Dios. Este encuentro obedece, se nos indica, a una obsesión constante por un sentimiento tan frecuente entre los hombres, que nos cuesta reconocer en él su esencia animal, eso que conocemos como cobardía.

Frente a la cobardía, la venganza. Esa es la propuesta que se hace a sí mismo el protagonista. La venganza, como en el caso del capitán Ahab, servirá para dar sentido a una vida. O al menos eso es lo que él cree. Pues en realidad, desde el puesto privilegiado en el que se encuentra el lector, nos damos cuenta de que se trata en buena medida de una excusa, lo cual nos ayudará a preguntarnos cuántas de nuestras reacciones, sobre todo las primarias, no las amparamos en excusas que cargamos de contenido para disfrazarlas de razones. En buena medida, asistimos a la gestación de un motivo para vivir como efecto rebote: frente a la tiranía del cobarde, el clavo ardiendo del ojo por ojo. En realidad, todos los personajes se moverán por ese tipo de instintos, caóticos y primarios.

Editorial Punto de vista

Sabemos que el narrador fue un crítico literario entregado a desmenuzar obras con cierta saña. Y que cayó enamorado de una escritora con un proyecto literario tan pedante como su forma de expresarse. Durante la primera mitad de la novela, se entrelazan las vidas casi cotidianas de estos personajes, junto a la de algunos secundarios, que sirve para crear la trama de una infelicidad cotidiana. Al mismo tiempo, junto al referente de Moby Dick, o del capitán Ahab, se sigue al de Luis de Cáncer, un sacerdote que acompaño a Fray Bartolomé de las Casas en su periplo por la América en colonización, pero que, a diferencia de éste, decidió permanecer en el continente, donde consideró que se encontraba su lucha. Entre obsesiones vamos dibujando un panorama que reventará con motivo de una desaparición y el comienzo de una búsqueda.

Es entonces cuando la novela cambia de atmósfera. Una vez planificada la venganza, es decir, el deseo de venganza puesto en primera línea de intenciones, pasamos a un viaje. La estructura se convierte en lineal e itinerante. El protagonista emprende viaje a la búsqueda del supuesto malhechor, el tipo que le arrebató el amor, un excéntrico que comenzó formando parte de un grupo de artistas llamado “Los Divinos” y terminó dirigiendo una secta muy vehemente. El rastro que ha ido dejando le entrega a conocer seres extraordinarios, lo cual no quiere decir que superen lo vulgar, sino que se entregan a sus pasiones, como el perseguido, que se va transformando en un fantasma en el ánimo del narrador, se entrega a las estafas. Intervienen en las relaciones los juegos de seducción, que serán los que permitan apilar nueva información, hasta que se nos explique cómo llegó el protagonista a la situación en la que empieza la novela, desde la que está contado el relato: el secuestro y la retención en una celda improvisada, sin explicaciones, sin que nadie muestre intención de darle a conocer motivos. Esta será, a la hora de la verdad, la motivación que genere la acción y nuestra lectura: la necesidad que tenemos de hallar el porqué de las cosas. Y, tal vez, el verdadero tema central de una novela que está escrita con un estilo tan preciso como rico, tan acorde a la trama como al anhelo del personaje obsesivo y desnortado que nos habla.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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