Revista de Letras
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Sobre los creadores de opiniones

Cartel de Aleksander Rodchenko | Foto: Olga Jornet

Cuando se publicó en 1976, Rusofilia. La opinión pública estadounidense y el aliado ruso, 1939-1945 (Hoja de Lata, 2019), de Ralph B. Levering, venía a cubrir un espacio analítico que, hasta el momento, apenas lo había tenido tratamiento y que, después, no ha suscitado demasiada atención, al menos de una manera tan amplia como el libro que nos ocupa. El propio Levering publicó otros ensayos como Debating the Origins of the Cold War: American and Russian Perspectives o The Cold War: A Post-Cold War History que ampliaban el marco histórico, aunque con otros objetos de análisis.

“Para los estadounidenses, la labor de convertir a Rusia en amiga de las democracias resultó mucho más difícil de lo que había sido nunca vincularla con el fascismo anteriormente. Se debía en parte a que el vínculo con el fascismo se había establecido primero, pero todo porque cuando Hitler inició “su guerra santa contra el comunismo” los creadores de opinión estadounidenses llevaban casi un cuarto de siglo asociando a la Rusia soviética con la totalidad del espectro del mal”.

Levering se centra en Rusofilia de manera exhaustiva en la forma en la que la sociedad norteamericana y la opinión pública, entre los años 1939 y 1945, esto es, durante la Segunda Guerra Mundial, concebía a la Unión Soviética. Si bien el autor se detiene de manera breve en el antes y en el después de esas fechas para mostrar cómo era esa relación en los momentos previos al estallido de la contienda y cómo lo fue tras ella. Para ello, Levering lleva a cabo un trabajo en el que aplica constructos pertenecientes a las ciencias sociales aplicadas a un relato histórico más tradicional.

Hoja de Lata

Su acercamiento se basa en cuatro objetivos: describir las opiniones de los estadounidenses, y sus variaciones, a lo largo de esos seis años; analizar el proceso mediante el cual se producían esos cambios en la construcción de información y, después, de opinión; examinar el papel de los líderes durante todo ese proceso; y, finalmente, determinar algunas cuestiones por las que se extendería, después de la guerra, un marcado anticomunismo en la sociedad norteamericana. Así, para Levering, entre 1939 y 1941 los norteamericanos no confían en los soviéticos; en 1941, hay recelo hacia ellos, cambiando de opinión en 1942, cuando la sociedad estadounidense, en general, los ve como aliados; a partir de 1943 y, sobre todo, 1944, comienza una época de desencanto, aunque todavía, con la guerra sin acabar, se siguen aceptando más o menos como aliados. Cuando en 1945 termina la guerra, poco a poco se irá produciendo una desconfianza generalizada hacia los soviéticos y los comunistas, arrancando poco después la guerra fría.

Para analizar estas derivas opinativas, Levering usa una metodología que mezcla un gran sentido del ensayo narrativo con un trabajo minucioso de documentación en el que incluye periódicos, revistas, encuestas públicas, novelas, películas, programas de radio, discursos…  El autor está interesado en la alta política y en la diplomacia y, sobre todo, en cómo se filtraba a través de diferentes medios para llegar a la población norteamericana y como aquellos a quienes Levering llama ‘creadores de opinión’ usaban la información. A este respecto Rusofilia posee un valor de testimonio histórico en cuanto a la plasmación de cómo en aquella época funcionaban los medios de comunicación y el trasvase entre ellos, y por otras vías, de la información. Aunque muy diferente en forma a la actualidad, prevalecen algunas cuestiones de fondo, como básicamente el tema de la manipulación que se podía ejercer desde la radio, que tenía por entonces la exclusividad de la inmediatez, frente a los periódicos, que tardaban más en poder dar las noticias, pero, a cambio, poseían la posibilidad de publicar artículos con discursos más elaborados con más hondura y, quizá, con más permanencia en el tiempo.

“Durante la guerra era difícil obtener información fiel y objetiva sobre Rusia. En las universidades estadounidenses, la oleada de nombramientos para puestos académicos sobre estudios relacionados con Rusia no se produjo hasta después de que la Unión Soviética se considerara de forma generalizada una amenaza militar para Estados Unidos, cosa que no sucedió durante la Segunda Guerra Mundial. Buena parte de la información recogida por el instituto [el American Russian Institute] se transmitía a la opinión pública en libros, discursos y artículos”.

Lo anterior hace relevante la lectura de Rusofilia en nuestro presente más allá de las posibles injerencias de los rusos en las últimas elecciones norteamericanas, por ejemplo. Porque evidencia que cada época, cada momento, ha tenido sus fuentes de creación de opiniones con gran impacto en las sociedades de masas, en este caso, cambiando en el transcurso de pocos años en varias ocasiones. Levering, al comienzo del libro, establece el desarrollo de la relación entre los norteamericanos con el nazismo y el comunismo desde una lejanía -todavía Estados Unidos no ha entrado en la guerra- en la que todo es visto como algo casi exótico para, después, interiorizarlo desde diferentes posturas. El control interesado en cada momento, que tenía tanto que ver con intereses políticos como económicos y, finalmente, bélicos, produce un relato apasionante por parte de Levering, si bien, en determinados pasajes del ensayo, se echa de menos algo más de concreción: el deseo de documentar exhaustivamente lo expuesto acaba produciendo cierta densidad de datos que a veces no aportan más de lo desarrollado de manera previa.

Pero el deseo de Levering de analizar no solo a los grandes medios y discursos, sino también en adentrarse en el día a día de los estadounidenses, resulta a nivel sociológico de gran interés: el gran fresco histórico bélico queda no tanto en un segundo plano como contrapunteado por algo que, a veces, se olvida, y es el lento desarrollo de una contienda de seis años y sus diferentes fases. En este sentido, el autor lleva a cabo una diferenciación en el seno de la sociedad norteamericana al considerar que una parte era más abierta, más cosmopolita -en la senda de Roosevelt- y otra más provinciana -en la senda de Truman-. Una era más progresista; la otra, más conservadora, y cada presidente representaba, respectivamente, una tendencia y otra. Y cada una de ellas tenía sus propios ‘creadores de opiniones’, además de otras cuestiones culturales y contextuales, que conducían sus posturas. De nuevo, un episodio pasado, pero con claras, y posibles, resonancias presentes.

Rusofilia posee el gran valor, como decíamos, de reconstruir una época desde lo social, atendiendo a los individuos y a las masas, resultando un apasionante recorrido para cualquiera que esté interesado en los temas que trata. Pero también arroja mucha luz sobre los cambios efectuados en los medios de comunicación en cuanto a inmediatez y costumbres a la hora de informarse, aunque no así sobre cómo resulta, en gran medida, controlar las opiniones a una sociedad que, en ocasiones, prefiere ser guiada antes que pensar por sí misma y con libertad de pensamiento.

“Si desde el nuevo presidente en la Casa Blanca hasta cualquier vendedor ambulante de Dubuque, en Iowa, pasando por todo el espectro de personas de la escala social, todos hubieran estado mejor informados de las realidades de la política internacional y tanto de los límites como de las fortalezas del poder estadounidense, seguramente la nación habría escogido un cauce en el que el desacuerdo entre las nuevas superopotencias podría haberse situado en perspectiva; un cauce por el que se pudieran haber evitado, al menos, una parte de las consecuencias nacionales e internacionales de la agria hostilidad. Lo trágico de la situación era que apenas nadie sabía siquiera cuáles eran las alternativas”.

Etiquetas: comunistas, información, medio de comunicación, nazismo, periódicos, progresista, Ralph B. Levering, Rusia, Rusofilia. La opinión pública estadounidense y el aliado ruso, Segunda Guerra Mundial, Unión Soviética

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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