Porque la Feria es nada

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Feria del Libro de Madrid | Foto: Kampaere y Leticia | Flickr Commons

No sé qué hago aquí. Otro año que juro no acercarme a la Feria del Libro de Madrid y otro año que vuelvo a arrepentirme de romper el juramento. Demasiado calor, demasiadas casetas, demasiados egos…Pero otro año que vuelvo a caer. Como penitencia me impongo una cerveza helada en la primera terraza que surja entre las casetas. Soy indulgente con mis pecados.

Pessoa dice en el Libro del desasosiego:

“He nacido en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en Él, sin saber por qué”.

Decía también algo parecido a que tuvimos la necesidad de inventarnos otros dioses con nombres nuevos. Otros consuelos, las mismas mentiras. Supongo que son pocos los que, como Bernardo Soares, encaran el desamparo con dignidad.

Puede que Pessoa estuviera en lo cierto. Quizás tengas razón, Bernardo. Bajo la sombrilla asisto a la romería de devotos del Santo Libro. El peregrinaje es ordenado, la disposición lineal de las casetas lo favorece, como las estaciones en los vía crucis. Algunos de los acólitos se desplazan frente a las casetas con una expresión de reverencia contenida que dura lo que dura un saludo castrense, y similar a la del turista frente a un San Juan de El Greco, que no pierde jamás de vista su principal misión: visitar el Triángulo del Arte en una sola jornada y volverse a casa con la satisfacción del deber cumplido. Museo o Feria son un suspiro. Me fascina ese desdén de los fanáticos por las distracciones. Pero la mayoría de los seguidores del culto, poco observadores de la disciplina que impone la liturgia, todo hay que decirlo, prefieren demorarse entre los objetos de su devoción y prolongar así el placer del encuentro. Rompen filas y se dispersan en pequeños grupos, lo que entorpece la marcha determinada de los beatos, que resoplan impacientes cuando se ven obligados a detenerse por culpa del viejo de la mochila que ha retrocedido de forma brusca al ver un título que creía agotado, por la adolescente que se arrodilla ante el youtuber/profeta recién llegado, por la mujer que entra en éxtasis al oler el interior sagrado de la Patria de Aramburu o por el grupo de críos que saltan de aquí para allá haciendo acopio de las reliquias más veneradas del santuario: los puntos de lectura. Y mientras, los sacerdotes en sus templos ambulantes, defendiendo al dios y al Cesar, mártires buenos que suplican un granizado fresquito de limosna.

Pero Bernardo, es que a veces ocurren acontecimientos extraordinarios.

Como aquella vez, a mediados de los noventa, que el cielo pareció abrirse y vaciar toda el agua de todas las nubes sobre El Retiro. El parque se inundó y los patos del estanque decidieron ampliar horizontes. Pude verlos deambular resplandecientes entre las casetas.

O esa otra en la que la voz traviesa de José Luis Sampedro se volvía combativa bajo la carpa del pabellón de “Europa se construye con libros” y vaticinaba como un oráculo el advenimiento del miedo. El año anterior el lema de la Feria había sido “Las tres culturas.”

Hay visiones que parecen delirios, Bernardo, pero ocurrieron: Pérez-Reverte guardando su turno en la cola de firmas de Antonio Gala, con El manuscrito carmesí bajo el brazo; Vargas Llosa firmando La fiesta del Chivo en la caseta de Alfaguara. Todavía sin Nobel. Todavía sin Isabel. Todavía accesible; Boris Izaguirre luciendo su glamour venezolano, saludando a izquierda y derecha con la muñeca lánguida, como un papa irreverente de los Borgia en carnaval; Guillermo Fesser desgañitándose desde el interior de la caseta, en pie, pregonando a los cuatro vientos la venta de su libro: “Señoras y señores, pasen y vean”. Y es que alrededor de los templos proliferan los mercadillos, desde Delfos al Vaticano. Nadie lo entendió mejor que Fesser.

Y luego, los milagros:

Carmen Martín Gaite firmando en Anagrama. La cola se deshacía en torno a sus ojos, vivaces, negros y pequeñitos, como botones. A pesar de la edad parecía una muñeca. Sonreía seductora, coqueta, sabedora del efecto causado en los que contemplábamos la aparición. Un mes después Carmiña moría en su casa, abrazada a sus cuadernos, como si se hubiera echado un ratito a descansar.

“Mientras quede vida, hablemos de vida”, había dicho en la Feria.

Pertenezco a los tuyos, Bernardo, lo confieso. Me gusta observar el trasiego de los visitantes que celebran el ritual alejada a cuatro pasos de distancia, como aconsejaba ver la vida Saramago, o aún desde más lejos, como tú y tus otros tús, desde la ventana de la Rua dos Douradores, todos sin dioses, todos solos. Pero, Bernardo, todos os asomabais día tras día.

Me termino la cerveza de un trago y bordeo el pabellón de Portugal para abandonar la Feria. La reverberación de los micrófonos se aprecia en el exterior. Una voz femenina recita a Pessoa. El acento rumoroso del portugués viene cargado de viento atlántico.

«Por sobre el alma el bosquejar inútil

de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.

Dame más vino, porque la vida es nada.»

Esta crónica fue realizada dentro de las actividades del Curso de Periodismo Cultural de Escuela Revista de Letras.

Paz Olivares Carrasco

Paz Olivares Carrasco (Madrid, 1969), mujer, inmigrante digital y crítica diletante. Cofundadora y redactora de la revista cultural Factor Crítico. Ha participado en varias publicaciones colectivas y colabora de manera independiente en diversos medios culturales.

1 Comentario

  1. Te has dejado de lado a las «blogueras» literarias, esas que asisten todos los días para hacerse fotos con todos los autores aunque ni si quieran hayan leído la primera página del libro. Pero su ego es más importante que la propia lectura y por una foto con el escritor de moda se hace lo que sea, hasta colarse dentro de la caseta y saltarse la cola.
    Para luego en su blog decir que el libro le ha encantado, que lo recomiendo encarecidamente y me ha gustado mas que el anterior, acompañado de un copia y pega de la sinopsis y por supuesto de las fotos con el autor, sobre todo hay que presumir aunque no se lea.

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