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Pasajes en el tiempo

Mecanismo de relojería en Dülmen | Foto: WikiMedia Commons

Las excepciones existen, pero muchas son las personas que no tienen aprecio por las tardes de domingo. Los hemos quienes sufrimos este mal desde pequeños, justificado el malestar por la inmediatez de una semana más de escuela. El sentimiento muta con los años, y lo que nos agría el fin de semana pasa a ser la inminencia de cinco días más de bachillerato, universidad o trabajo en la oficina. Es tan persistente, que incluso cuando se está en las vacaciones, el desempleo o la vagancia total, la tarde de domingo preserva esa careta de lentitud despreciable.

Una reflexión más detallada puede dar pistas a razones tal vez menos pedestres. La tarde de domingo, ocasión de ocio total, puede llegar a ser un momento muerto. Muerto del todo, con el sol en lo alto, el aire suspendido, ni una sola nube en el cielo, nada interesante en las calles o en nuestras casas, sin ganas de leer o salir a dar un paseo, ni siquiera de ver una mala película en la televisión, pues cuando no hay obligaciones inmediatas el siguiente problema a resolver es el aburrimiento. Los universitarios no se aburren en domingo, sobre todo los que van a dedicar sus vidas a la arquitectura o la medicina, al tener tanto trabajo acumulado que se ven obligados a hacer jornada completa incluso el día en el que descansó el propio Dios. Para los ociosos que disfrutamos del fin de semana y no encontramos cosa más interesante por hacer, la tarde de domingo es una cata de la insoportable Eternidad en la que nada ocurre y el tiempo no pasa.

Con El orden del tiempo (Anagrama, 2018) Carlo Rovelli, que se dedica a la física teórica, pero ha hecho nombre internacional como gran divulgador, tiene su manera de hacernos ver que el flujo del tiempo, ese que permite que las cosas ocurran, bien podría ser un truco de la mente. No una ilusión, pues no hay nada de ilusorio en los dramas que todos vivimos, pero si una manera conveniente con la cual dar significado a los eventos del mundo.

Anagrama

A diferencia de otros libros de temática parecida en los que la ciencia toma el papel primordial, el humanismo e incógnitas filosóficas tienen mayor importancia aquí. Este no es Breve historia del tiempo, pero tampoco es esa su intención. Mientras que aquel título ya clásico a nombre de Stephen Hawking introdujo en la esfera pública conceptos con los que ya todos estamos mediamente familiarizados, como los agujeros negros, los quarks y la unificación de la física, aquí lo que se encuentra es una reflexión más íntima, apoyada de un armazón científico, sobre el transcurrir de nuestros días.

Aunque el texto comienza con una aclaración sobre la elasticidad del tiempo según una serie de condiciones, ya sea que estemos estacionarios o en movimiento, en una montaña o en un prado, y continúa con una breve incursión en la segunda ley de la termodinámica, el resto del libro utiliza estos capítulos iniciales para construir argumentos que sustentan las ideas de Rovelli. Con unas cuantas referencias históricas que pueden corroborarse en otras fuentes, sorprende descubrir como lo que para nosotros es el sentido común no es más que un acumulado de manías y costumbres que se han amasado con los años. Desde las diferencias horarias entre ciudades por razones tan obvias como la geometría del planeta, hasta la aparición de los husos, la sincronización de los relojes para meros fines de transporte, y la imposibilidad, en luz de la Relatividad y las inmensas dimensiones del Universo, de hablar sobre un ahora absoluto. La noción de lo que es y no es el tiempo deja de parecer cada vez más un elemento base en la realidad objetiva, ajena a lo humano, y más una necesidad que nace de nuestra necesidad por el orden y el control.

La manera a la que estamos acostumbrados a pensar sobre el tiempo es como el ir de un pasado conocido a un futuro del que todo se ignora, una línea continua que no se detiene ante nada. Esta idea, que nos viene de forma tan natural, es en realidad un truco matemático del que Rovelli culpa a Isaac Newton, quien tuvo sus razones prácticas y metafísicas. Para él, la conclusión de Aristóteles sobre el tiempo como una medida en el cambio de las cosas era errónea, o por lo menos incompleta. El tiempo, creía Newton, debía ser un continuo envolvente y eterno, independiente de los asuntos humanos y de la fenomenología total del Universo, enfocado en una dirección positiva. Una idea romántica y misteriosa que, además, facilitó el desarrollo de su propio trabajo en mecánica. Introdujo así la variable t (tiempo) en la física, un acto que causó disgusto entre los filósofos y científicos de aquellos años, ya que previo a él la interpretación reinante era la del antiguo sabio griego. Si hoy nos parece tan intuitivo pensar de esta manera, apunta Rovelli, es gracias al éxito que tuvo en desarrollos futuros en la ciencia y en sus aplicaciones en la ingeniería, además de ser enseñanza estándar en cualquier bachillerato.

Túneles de tiempo | WikiMedia Commons

En papel y en la práctica, la t universal e invariable tiene muchas ventajas, pero no termina por explicar qué es el tiempo. Además, un análisis más cercano encuentra grietas en la propuesta. Primero viene Einstein con su síntesis del espacio y el tiempo, no como sustancias separadas, sino como una sola; el espacio-tiempo, el campo gravitatorio que preserva la idea de universalidad del tiempo de Newton, pero se deshace de su absolutismo: no es lo mismo pasar unos meses encerrado en casa que flotando en una estación espacial cercana a un agujero negro. La gravedad afecta el flujo local del tiempo, o, como lo pondría Aristóteles, del cambio: se envejece más deprisa aquí en la tierra que en la órbita de una estrella de neutrones, de la misma manera como los pilotos de aviones supersónicos retrasan los estragos de la edad, si por milésimas de segundo, comparados con quienes nos movemos a pie o en bicicleta.

En segundo lugar, está la incapacidad de las leyes generales de la física en reconocer una diferencia entre pasado y futuro, ya que operan de igual manera sin importar en qué dirección se apliquen. Todas excepto una, la única ecuación que aparece en todo el libro y por la que Rovelli se disculpa, esa con la que Rudolf Clausius definió a la entropía, una propiedad de los sistemas aislados que alcanzan gradualmente su equilibrio térmico (máxima entropía), pero que también ha pasado a significar un aumento en el desorden; desde tazas de café que se rompen en los jardines hasta nubes de gas cósmico que se contraen en bolas de materia densa, pasando por la leña que arde o un niño que ensucia su habitación. La entropía se conserva en sus niveles o va en aumento, pero jamás disminuye, y es por eso que Rovelli la considera una fórmula real del tiempo, medido a partir de estados de orden hacia estados de mayor desorden, pues el Universo entero, en su expansión y en sus procesos, se dirige hacia un futuro de equilibrio térmico en el que no habrá más intercambio de energía y, por lo tanto, cesará toda forma de actividad. Se llegará al final del tiempo.

Midyat Kasri Nehroz | WikiMedia Commons

Pero hay una diferencia entre el tiempo de la física y el tiempo de los seres humanos. La realidad, recuerda Rovelli, no está hecha de cosas sino de eventos. Un evento es un disco de materia primordial que se enfría alrededor de una estrella y que, por aglutinamiento, forma planetas. También lo es una montaña, en apariencia estática, pero sujeta a la erosión constante y a movimientos tectónicos a lo largo de las eras. Los eventos son la base de nuestras vidas y, por extensión, nuestra medida del tiempo. No necesariamente en su faceta utilitaria (uno es mayor de edad después de X vueltas alrededor del sol, según el país en el que se viva), sino en su dimensión significativa. Nacer es un evento significativo, lo mismo que el ingresar a la universidad o al ejército, contraer matrimonio, tener hijos, lograr un objetivo o tener una sorpresa agradable cuando menos se esperaba. Cuando reflexionamos sobre nuestro pasado, lo que recordamos es lo que tiene valor para nosotros, un evento, no los momentos muertos. No las eternas tardes de domingo en las que nada ocurre. Aristóteles, después de todo, no se equivocaba: el tiempo es una medida del cambio, pero se necesita de un observador. Es aquí donde entra a juego el papel de la consciencia, la memoria y la acción. En cuanto nos echamos en la cama, o en el suelo, el tiempo ya no pasa y deja de contar, escribió en uno de sus diarios Emil Cioran. La historia es el producto de una humanidad en pie.

Rovelli no toca a fondo el tema de la consciencia, pero sugiere su importancia en todo esto. Si parece que existe un tiempo no solo a nivel personal y de significancia, sino en la realidad misma (los árboles envejecen, las mascotas mueren, la estrellas pierden combustible, etc.), se debe a las propiedades de la entropía, a que nos parece percibir que todo a nuestro alrededor va del orden al desorden, de las miles de posibles configuraciones moleculares en un fluido a un total cese de actividad. Una percepción que resulta, escribe, de un desenfoque con respecto a quienes observan los estados del mundo. No hay nada extraordinario en el aparente orden inicial del Universo, continúa sugiriendo Rovelli, salvo que nuestras mentes le han asignado un cierto valor positivo. Es esta manera desenfocada de contemplar las cosas la que causa la ilusión de un tiempo físico. La idea es fascinante y tiene mayor profundidad y sutileza de la que se puede explicar en unas cuantas líneas. A quien le interese le convendría mejor estudiarla desde su fuente.

Apenas y se ha tocado la sofisticación en El orden del tiempo, que no es un texto voluminoso, poco más de 150 páginas de contenido. Esto gracias a que Carlo Rovelli tiene un estilo económico y elegante, fácil de digerir, al menos en esta traducción a cargo de Francisco J. Ramos Mena y que debe ser un buen reflejo del original en italiano. La edición viene acompañada de ilustraciones a color, entre ellas algunos diagramas que nunca vienen mal cuando se tratan estos asuntos. Es cierto que el autor no menciona asuntos más escabrosos, como la precognición, y apenas roza la hipótesis del universo de bloque, la cual es maravillosa en todo su derecho. En cambio, ofrece una visión interesante y muy personal sobre el lugar que ocupamos y la manera en la que nos desenvolvemos en él. Ideas interesantes para reflexionar cuando parezca que nunca termina la tarde de domingo.

Etiquetas: Aristóteles, Carlo Rovelli, Clausius, desempleo, Dios, domingo, Einstein, El orden del tiempo, Emil Cioran, entropía, espacio-tiempo, eternidad, física, fórmula, Hawking, ingeniería, leyes generales, Newton, relatividad, Universo

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

J. Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Su libro 'Historias naturales' ganó el premio único, en el género de cuento, de X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018. Vive en Barcelona y trabaja en su primera novela.

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