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La franqueza

Chanel Miller, víctima de una agresión sexual que conmocionó a los Estados Unidos, recrea su experiencia entre la crónica de largo aliento y la memoria íntima en 'Tengo un nombre' | Foto: Blackie Books

“Si quieres romperte, ir más allá de ti, ayudar a otras mujeres, hazlo. El dolor siempre te da más fuerza para seguir adelante. La felicidad y la comodidad, no. Todo depende de quién quieras ser”.

El consejo se lo da la madre a una hija en el momento en que está decidiendo si entrega la confesión con su nombre auténtico. Chanel Miller (Palo Alto, California, 1992) sufrió una agresión sexual cuyas consecuencias refleja, muy literariamente, en esta obra, Tengo un nombre. ¿A qué nos referimos al señalar que lo hace muy literariamente? A que el libro cumple con todos los preceptos de las grandes obras, incluido el de renunciar a abandonarlo, por parte del lector, pues uno quiere saberlo todo, entregarse al relato para llegar hasta el final, incluso entrar en él para sacar al personaje de las situaciones que expone. Es intenso, está redactado con muchísima precisión, dosifica la información de modo que no sobra una sola línea, a pesar de demorarse para no que no falte nada, ni lo esencial ni lo accesorio; busca el conocimiento de la condición humana, no se entrega a la sensiblería, contiene mucha vida y muchas ganas de vivir, un aprendizaje -durísimo, de esos que no deseamos a nadie- que transforma, denuncia ateniéndose a la narración, sin abandonar el hilo del relato y, en definitiva, respeta las normas de la crónica de largo aliento. Miller demuestra una sensatez inaudita a lo largo de cada línea, en cada momento reflejado y en los pensamientos que la empañan en cada instante:

“Cuando la sociedad se pregunte sobre el porqué de la reticencia de una víctima a denunciar, estaré aquí para recordarle que se nos pide que sacrifiquemos nuestra cordura para luchar contra unas estructuras obsoletas que se diseñaron para someternos”.

Blackie Books

Miller despierta con una amnesia de lo inmediato, en la sala de urgencias de un hospital. Va descubriendo, por la actitud de quienes le atienden, que ha sufrido una agresión, que tal vez ha sido violada. Está en una edad en la que uno pasa de la adolescencia, esa etapa tan bien estudiada por la psicología, a lo que viene después de la adolescencia. Hacerse mayor, en el sentido en que la sociedad nos exige ser adultos, es una tarea de titanes y ella acaba de emprenderla. El problema es que en su recorrido tendrá que pasar por sobrevivir a los trances absurdos de un sistema judicial y de un sistema social. No parece que la buena ética se imponga, pues a lo largo del texto, sin que llegue a mencionarlo, sobrenada la sensación de abandono, las dudas sobre la certeza y conveniencia de los apoyos que recibe, sobre su eficacia. En realidad, Miller es de la clase de gente que sabe que no entiende nada, en lugar de pertenecer a los que creen haberlo entendido todo, y que es preferible haberlo entendido mal a confesar no haberse enterado de qué iba este asunto de vivir. Mientras otra gente de su edad está de vuelta sin haber ido a ninguna parte, ella debe esconderse y eso la obliga a una de esas soledades que es imposible compartir, ni siquiera con quienes han conocido el trance.

La sociedad está bastante podrida y es bastante macabra, se nos indica, a lo largo de un texto escrito de manera muy limpia, sin azotar con juegos verbales que impliquen a las sensaciones: todo lo que nos llega debemos deducirlo de los detalles, y Miller se muestra, en ese sentido, como una excelente directora de arte, no hay apunte que no esté en función del mensaje. El mensaje es claro: mantener el respeto a uno mismo mientras se cuestiona el que se tiene a las circunstancias. Y la dificultad para llevar a cabo esta tarea. Un hecho traumático ha puesto en marcha un pensamiento crítico: “El chico amable que te ayuda con la mudanza y que echa una mano a la gente mayor en la piscina, es el mismo que me agredió”. Hay rabia, la misma que nos lleva a considerar que a la fuerza estamos haciendo lo correcto, y hay sensatez, la que nos lleva a dudar de nuestra rabia. A pesar de ello, sí existen los valores absolutos, y estos parten del respeto.

Mientras nada parece sostenerse con dignidad (que es, de nuevo, uno de los grandes asuntos de los que trata la literatura), nuestra protagonista no deja de sorprenderse al descubrir cómo funciona la sociedad, que es un reflejo del alma en su peor versión: hemos aprendido a integrar la mentira, la farsa, como si fuera nuestra esencia. No hay lugar en el que sentirse cómodo, y mucho menos al afrontar el juicio, que es el momento en el que se expone el tema más delicado del libro. Como víctima, reclama equidad: no es posible la reparación, pero sí una condena justa. Ahora bien, ¿existen las condenas justas, equitativas? El problema es, en buena medida, que nos atenemos a la tragedia de haber abandonado cualquier concepto de armonía para entregarnos a la represalia: “Para él (se refiere al juez), mi trabajo perdido, mi hogar hecho trizas, mi pequeña cuenta de ahorros y mis placeres robados equivalían a noventa días en la cárcel del condado”. No se trata de incrementar la condena, o de rebajarla. Ante lo que nos deja tan desnudos como el emperador del cuento, es al darnos cuenta de que todo este chiringuito que hemos montado, eso que llamamos justicia, se centra en errores, no en la reparación, en la sanación ni en el equilibro. Ese esfuerzo, de coloso, lo debemos hacer por nuestra cuenta. Este libro ayuda, y mucho, a entenderlo y a caminar esa ruta.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas 'Tan alto el silencio', 'El paisaje vacío', 'El carillón de los vientos', y 'Después de la nieve'. De los libros de viajes 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz'. Del libro de relatos 'Hijos de Caín' y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo 'El precio de ser pájaro'.

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