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¿Qué alegría tan triste es la que intenta vender Estados Unidos al mundo?

La toma de posesión de Joe Biden se convirtió en una celebración que mezcla el alivio que supone la marcha de Trump con un ritual kitsch que esconde la resignación ante "lo menos malo"

Qué alivio lo de Donald Trump. Qué respiro para los millones de ciudadanos estadounidenses que se han visto humillados y agredidos por el rey de las fake news. Cómo olvidar fácilmente su gestualidad, que en pocos años ha impregnado el mundo de un tono amenazante y grotesco.

Eso es lo que pensamos muchos al comienzo de la toma de posesión de Joe Biden. Pero rápidamente, esa celebración por el consuelo que supone la marcha de Trump —sobre todo, después del intento de asalto al Capitolio—, se convirtió en un ritual kitsch que esconde la resignación ante «lo menos malo». A los vestidos de color púrpura y morado, un guiño al movimiento sufragista por parte de Michelle Obama, Hillary Clinton y Kamala Harris —en su caso, junto a un abrigo de Christopher John Rogers valorado en miles de dólares—, le siguieron la espectacular puesta en escena de Lady Gaga, o el brillo de Chanel que lucía Jennifer López mientras cantaba This Land is Your Land.

Estados Unidos quería ofrecer al mundo un mensaje claro de unidad y de progreso, y acabó con la misma dramaturgia de siempre, la de la autocomplacencia y del marketing como solución a todas las heridas.

Las imágenes verdaderamente icónicas son aquellas que no pueden estar previstas milimétricamente de antemano. Y la imagen de la toma de posesión no fue la Joe Biden o Kamala Harris, sino la Bernie Sanders, ataviado con unos guantes de lana, encogido y solitario en una silla, simbolizando, meme tras meme, la resignación ante una nueva Administración que nace con mucha voluntad de dramaturgia, pero con un espíritu profundamente neoliberal que todo el mundo que haya seguido mínimamente las trayectorias de Biden o de Harris conoce y reconoce.

Hace mucho frío a la intemperie. Bernie Sanders lo sabe mejor que nadie.

Lo sabe desde que la misma Kamala Harris, después de asegurar que le acompañaría en el proyecto de Medicare, se echó atrás con excusas vagas e incomprensibles. Lo sabe porque, aunque Harris se ha erigido como una líder que lucha contra la discriminación del colectivo LGTBI, mientras era fiscal en California —y, por lo tanto, estaba obligada a defender a los más vulnerables como representante del Estado— negó la reasignación de género que le proponían los médicos a varias mujeres trans encarceladas, dejándolas en prisiones de hombres, con el peligro para su seguridad que ello supone. Es algo que ella misma ha reconocido, alegando que no podía leer todo lo que firmaba porque tenía mucho trabajo. Produce escalofríos imaginar —ahora que el cargo de vicepresidenta la obligará a dedicar bastantes más horas a su responsabilidad pública— todo lo que será capaz de firmar mirando hacia otro lado.

Más allá de sus estrechos vínculos con Silicon Valley —recompensados con una generosa cantidad para financiar su campaña—, Kamala Harris, siempre que ha tenido un foco o un micro delante, se ha mostrado una acérrima luchadora contra la segregación racial y la discriminación por diversidad de género o de orientación sexual. Eso es tan innegable como sus sombras, que no son pocas. Incluso un juez, tras la insistencia del departamento de Harris en no respetar los derechos de las mujeres trans encarceladas, le tuvo que recordar que su decisión podría violar la Octava Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América.

Biden conoce perfectamente esas sombras de Harris. Tal vez por eso ha querido marcar agenda propia, y desde el primer día (¡No ha tardado ni 24 horas!) ha hecho pública una orden con la que prohíbe discriminar a las mujeres trans en las escuelas, los deportes o las cárceles. Nunca más una fiscal podrá hacer lo que hizo la flamante vicepresidenta. No es poca cosa, el cambio. Y hay que celebrarlo.

También hay que celebrar, por supuesto que sí, el giro —con todo lo que tiene de importante la representación— que supone la elección por primera vez de una mujer «racializada» como vicepresidenta. Miles de chicas jóvenes, que se habían sentido marginadas en su propio país, aplaudieron, esperanzadas, esa imagen nueva e ilusionante. El problema es que la mercadotecnia arrase con todo. Incluso que maquille políticas económicas que pueden agravar aún más el sistema sanitario de un país que sufre los efectos de la devastadora pandemia en la que, aún, estamos sumergidos.

Fue un hito histórico, también, cuando Margaret Thatcher se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en el Reino Unido. Y aún estamos padeciendo —no sólo en Inglaterra— las consecuencias de su nefasta política social.

La sonrisa de Barack Obama que vimos durante la toma de posesión de Joe Biden —su mano derecha mientras invadía siete países extranjeros— también es una buena máscara de esa cultura kitsch del alivio, de «lo menos malo» que ha teñido un sistema de representación que excluye todo lo que se salga de la agenda establecida por las élites de dos únicos partidos políticos.

En El mundo, un escenario, el siempre ilustrativo ensayo de los profesores de narrativa audiovisual Jordi Balló y Xavier Pérez, explican cómo funciona el método del comic relief, una técnica utilizada por los guionistas contemporáneos que consiste en introducir un oasis de comicidad entre dos escenas especialmente trágicas. Es lo que hace, por ejemplo, Quentin Tarantino cuando, en Pulp Fiction, incorpora el divertido diálogo entre dos sicarios en los momentos previos al cumplimiento del encargo, dedicándose a hablar de hamburguesas. Lo realmente importante del artefacto narrativo es que no exista una pretensión de progreso. ¡Es solo un alivio!

Barack Obama fue el mejor alivio tras George W. Bush. También, al verle reír ahora, cuando muchos reivindican su figura tras los difíciles años de Donald Trump, encarna un alivio. Qué guapo, qué alto, y qué bien habla. Cómo olvidar esas fotografías de cuando visita una hamburguesería, haciendo broma con los empleados.

«Obama ha matado a más personas con drones que cualquier otro ganador del Premio Nobel. Fue un error pensar que un hombre negro no iba a comportarse como un caballero del poder norteamericano», ha dicho, en una reciente entrevista, el periodista y analista cultural David Rieff, poco sospechoso de pertenecer a la extrema izquierda del país.

Que alguien como el prestigioso periodista Seymour M. Hersh, reconocido con un Pulitzer por destapar la Matanza de Mỹ Lai en Vietnam, haya tenido que publicar que lo de Osama bin Laden fue un asesinato premeditado por parte del gobierno de Barack Obama en London Review of Books (y no en una revista norteamericana, como ha hecho durante toda su carrera), donde además aclara que los hechos poco tenían que ver con el relato épico que nos habían contado, explica muy bien hasta qué punto funciona la «cámara de eco» entre aquellos que creen estar siempre en posesión de la verdad.

La venganza no es justicia. Por mucho que la disfraces de capítulo de Netflix.

Nadie ve lo que no quiere ver. Han sacado al monstruo del poder, y ahora lo intentan encerrar en un laberinto. Pero el monstruo siempre habita muy adentro. No se puede encarcelar a setenta millones de personas.

Estados Unidos se ha repetido tantas veces a sí mismo que es el fundador de la democracia moderna, y que su idea de libertad es la única válida y exportable, que esa falacia se ha convertido en el principal valor de muchos de sus ciudadanos. Como si la Revolución Gloriosa no hubiese tenido lugar, la misma que instauró definitivamente el parlamentarismo británico (¡Un siglo antes de la Constitución de los Estados Unidos!). Como si John Locke no hubiese existido nunca, y como si el pensador no hubiese escrito, en 1689, los Dos tratados sobre el gobierno civil , donde establece la separación de poderes entre el legislativo, el ejecutivo y el federativo, y subraya que la soberanía nacional sólo puede recaer en el pueblo y en su capacidad para elegir a sus representantes (¡Un siglo antes de la Constitución de los Estados Unidos!). Como si Montesquieu hubiese sido, avant la lettre, un simpático vecino de Kansas City, Missouri.

«Los Estados Unidos ya no van a dominar el planeta», dice David Rieff. Y no podrán hacerlo moralmente nunca más, podríamos añadir.

Tampoco Europa tiene autoridad moral para explicarle al mundo cómo ha de funcionar. Sobre todo, cuando ha construido muros invisibles en el Mediterráneo, en el que cada día mueren decenas de seres humanos. Y después de instalar en las principales ciudades españolas prisiones —también invisibles— bajo el nombre de Centros de Internamiento de Extranjeros, donde encarcela a personas que ni siquiera han sido acusadas de cometer un delito.

Ni la mirada del amo, ni la mirada del súbdito.

Estados Unidos encontrará su propio camino, como ha hecho antes, gracias a sus mujeres y hombres valientes e indómitas, capaces de decirle al poder que lo que se espera de ellos, como mínimo, es que no pongan sus garras sobre los movimientos de emancipación individual y colectiva. Que no hagan de todo, y con todo, packaging. Pero lo que no puede hacer Europa, ahora, como tantas veces, es volver a deslumbrarse con escenografías pretenciosas, cursis y de mal gusto. Con escenografías kitsch.

Bernie Sanders, que conoce perfectamente cómo el marketing siempre intenta domesticar el alma de su país, tras ver que él mismo se había convertido en carne de meme interplanetario, inmediatamente puso a la venta, desde su página web, sudaderas con la imagen. Costaban poco más de cuarenta dólares, y en pocas horas estaban ya agotadas. The Show Must Go On.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

1 Comentario

  1. Acertado y clarificador artículo. Hemos llegado a un punto de indiferencia e indefensión en que aplaudimos lo menos malo con una desproporcionada esperanza. Nadie parece tener una idea clara de lo que debe exigirse al poder, pero sí de lo que el poder puede hacernos. Se ha impuesto el show mediático con una galería de papeles prácticamente intercambiable. Como espectáculo distante aceptamos que la venganza es justicia, que los cowboys siguen siendo los buenos aunque masacren a los nativos americanos.
    Casi dan ganas de decir con añoranza «Cualquier tiempo pasado fue mejor», hasta que recordamos la edad de Biden (por la que no sería apto en ningún trabajo, la política dicta sus propias reglas) y vemos que el pasado sigue muy vivo. La maquinaria del poder establecido, antigua pero no oxidada, sigue funcionando a la perfección.

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