Ernaux en Formentor | Foto: Cati Cladera

Los monstruos de Formentor

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Ernaux en Formentor | Foto: Cati Cladera

Las Converses Literàries a Formentor, organizadas por la Fundación Santillana, reunieron en Mallorca a decenas de escritores que se adentraron, mediante sus lecturas, en “las foscas quimeras de la ilusión”. Cada autor tenía el encargo de proponer un libro y, en poco más de diez minutos, introducir al público en la cosmovisión del narrador. Así, las mesas de debate se estructuraron, durante tres días, en el imaginario construido a partir de monstruos, bestias y alienígenas.

La mesa dedicada a los monstruos, presentada por la periodista Rosa María Calaf —que contó emocionada, para sorpresa de todos, que fue concebida en el hotel Formentor—, arrancó con Biel Mesquida, quien recomendó apasionadamente la lectura de Lucifer circus, de Pilar Pedraza. “La literatura sobre los monstruos funciona contra la cultura establecida. Es el arte de la rareza. Todos somos monstruos en estos tiempos oscuros”, argumentó el poeta. Por su parte, Inma Monsó diseccionó el relato La migala, de Juan José Arreola, y en especial su noción de “perversidad”. Esa perversidad, argumenta la escritora, es la que consigue que la capacidad del horror no disminuya. Se trata de “un impulso de nuestra irracional naturaleza que no tiene una finalidad clara. Por eso la ficción es la mejor manera de atenderla”, apuntó. Fue Cristina Morales quien leyó algún fragmento de El bosque animado, Wenceslao Fernández Flórez, un libro al que se acercó en su adolescencia, y del que hace una lectura política. “Tiene la retórica de los cuentos de hadas, pero está hablando de la devastación de la naturaleza”. El escritor Rafel Nadal, a su vez, habló de La piel fría, de Albert Sánchez Piñol y aprovechó para lanzar algunas preguntas —las que él se hace mientras escribe— al público. ¿En caso de guerra entre comunidades tú escoges el bando, o es el bando quien ya te ha elegido a ti? ¿Disfrutamos de la comodidad de la victoria? Cerró la mesa sobre los monstruos Ignacio Peyró, que invitó a los asistentes a leer la mayúscula —por tamaño y calidad— Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell, de la que dijo que ofrece “una profundidad alegórica que va mucho más allá de las comedia de costumbres”

Herralde en Formentor | Foto: Cati Cladera

La siguiente mesa de invitados, presentada por Xavi Ayén, quiso homenajear las “fieras” de Anagrama, editorial que justo ahora cumple 50 años de vida. Jorge Herralde, su impulsor, se felicitó por asistir a Formentor, un “encuentro que está bendecido por las risas”. Fue Marcos Giralt quien comenzó analizando un libro, El adversario, de Emmanuel Carrère, del que dijo que “nos perturba en la medida que despierta en nosotros ecos desconocidos”. Jordi Gracia habló, precisamente, del libro de Herralde, Por orden alfabético, y explicó cómo los primeros años de la editorial supusieron una “dinamita ideológica” para un país que aún estaba siendo víctima de los últimos coletazos del franquismo. Sara Mesa ensalzó la escritura de Kurt Vonnegut, y en especial su novela Matadero cinco. “Es divertido y doloroso al mismo tiempo.  Su prosa es casi infantil, pero con una mala leche asombrosa”. El libro escogido por Marta Sanz fue Crímenes bestiales, de Patricia Highsmith. “Juega con el lenguaje para colocarnos en una encrucijada moral y política”, sostiene. Y compartió también una pregunta con el público: ¿Nuestro lado oscuro es el animal de Mr. Hyde o el corsé de la auto-represión?

El encuentro dedicado a las bestias, dinamizado por Marga Vives, comenzó con la intervención de Gustavo Guerrero, quien recomendó, vivamente, The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, una novela que retrata, desde un ángulo poco habitual, la crisis política y humanitaria de la Venezuela actual. “Es la metáfora del gran derrumbe moral del país. El silencio y la impunidad van royendo la sociedad”. Elisa Victoria Marroquí escogió una obra muy diferente, El enebro, de Barbara Comyns, un texto en el que comprobamos cómo pequeñas diferencias  —una cicatriz y una hija negra— llevan a la protagonista a ser excluida de la comunidad. “Sus escenas más oscuras nos aportan, paradójicamente, una clarividencia que nos remueven por dentro”. José Ovejero optó por El rey de los alisos, de Michel Tournier, donde “el mito tiende a substituir lo real cuando lo real se vuelve insoportable. Todos tenemos una parte que es incomunicable, y es ahí cuando empatizamos con el ogro”, subrayó.  Ana Merino sorprendió al público de Formentor con su elección, un libro escrito por su padre, José María Merino, titulado La novela de Andrés Choz, que de alguna manera le ha marcado siempre. Y, finalmente, intervino Fèlix Riera, quien se sirvió de La exposición, de Nathalie Léger, para preguntarse por qué cada vez la belleza es más incómoda. “La relación entre monstruosidad y belleza responde al vínculo entre el deseo y el terror”, concluyó.

Ida Vitale | Foto: Foto: Cati Cladera

La primera jornada de las conversaciones literarias de Formentor finalizó con una mesa alrededor de la obra de Ida Vitale, en la que la propia autora participó. De la escritora —Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances— Aurelio Major dijo que es capaz de “volver nómada a la lengua”, y Valerie Miles resaltó que “tiene curiosidad por todo”. De hecho, Vitale dijo que “detrás de la curiosidad de un niño está el germen de todo lo bueno que le puede pasar en la vida”. Eso es lo que le ocurrió cuando alguien, cuando era muy pequeña, le dio a leer un poema de Gabriela Mistral. Sabía las palabras que ahí veía, las reconocía, y sin embargo no entendía lo que querían decir. “Ahí nació el misterio. Durante un año estuve obsesionada con el poema. Hay que hacer que el niño se interese, pero no explicarlo todo”. El poema era Cima, y entre sus versos recuerda perfectamente los siguientes:  «Alguien en esta hora está sufriendo; / una pierde, angustiada / en este atardecer el solo pecho / contra el cual estrechaba. / Hay algún corazón en donde moja / la tarde aquella cima ensangrentada”.

Para clausurar el primer día de los encuentros, el público de Formentor pudo asistir a la representación teatral de La agente literaria, una obra de Sergio Vila-Sanjuán —con Mercè Sampietro, Montse Germán, Francesca Piñón, bajo la dirección de Manuel Dueso— y que anteriormente había sido estrenada en el teatro Romea de Barcelona.

­La última jornada de las Converses Literàries a Formentor comenzó con un encuentro, presentado por Vicente Jiménez,  alrededor de la idea de alienígenas. Para hablar de ello, Ernesto Franco escogió Bestiario, de Julio Cortázar. “Habla de lo fantástico como una nostalgia, el dolor del retorno, el deseo de estar al mismo tiempo en dos lugares distintos y lejanos”. El historiador José Enrique Ruiz-Domènec realizó su breve ponencia a partir de Les Gargouilles de Notre-Dame, de Michael Camille, y aseguró que la posmodernidad ha disuelto lo que considera fundamental para explicar el mundo, “la tríada de tres elementos: acontecimiento, trama y personaje”. “Lo importante de las gárgolas no es qué sentimos cuando las miramos, si no la pregunta que nos sugiere lo que ellas miran. Son observadores pétreos que superaran el fuego, y que observan la aceleración de la Historia. Eso es lo que genera una trama de la historia”, apuntó. A su vez, la autora Edurne Portela propuso la lectura de Memorias de una superviviente, de Doris Lessing, una distopía que nos habla del desamparo de la ignorancia. “Lo monstruoso nos causa inquietud porque no lo entendemos, o porque lo entendemos demasiado bien, y entonces nos produce pánico”. «Vencer al monstruo es vencer al miedo”, añadió. Sabina Urraca se sirvió de Clavícula, de Marta Sanz, para hablar del dolor que, en apariencia, no tiene una causa concreta ni un diagnóstico exacto. «El alienígena a veces es el cuerpo que se hace daño a sí mismo”, concluyó.

La siguiente mesa, dedicada a las quimeras, fue presentada por Neus Albis y arrancó con la intervención de  Félix de Azúa, que habló, con claras resonancias con la actualidad, de Noventa y tres, de Víctor Hugo. “El monstruo ideológico se permite amonestar y prohibir con la conciencia tranquila a quien no le obedezca». «El modelo de asesino de masas tiene un origen, nació durante la Revolución Francesa, y en 1793 se consolida con la dictadura del terror. Napoleón le da su forma absoluta”, subrayó. Fue la escritora libanesa Joumana Haddad quien recomendó un libro que no podía faltar en esta edición de Formentor, La metamorfosis, de Franz Kafka. “Desde pequeña he visto el odio al otro, al diferente, y a leer de pequeña a Kafka me he reconocido mucho con el personaje». «Las palabras me han permitido expresar la furia y el amor que tengo dentro de mí. Ésa ha sido mi metamorfosis personal», explicó. Sergio Vila-Sanjuán  introdujo al público en el mundo de de Baltasar Porcel, y de su obra Les pomes d’or. “Las relaciones ambivalentes, la atracción y la repulsión, son muy habituales en Porcel. Aquí la mujer padece una extraña enfermedad que la lleva a lo monstruoso, a lo atávico”, explicó. Manuel Vilas  recordó el Amado monstruo, de Javier Tomeo, libro que definió como “un ring de boxeo entre dos mediocres”. “La realidad es un malentendido, el mundo es cómicamente monstruoso”, sostiene, hablando de la obra del escritor fallecido en 2013.

La última mesa de debate, presentada por Mamen Asencio, se dedicó, ahora sí, a los ogros. Basilio Baltasar recomendó la lectura La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells, y defendió que cada uno encuentre su manera de ser náufrago, aquel hombre o mujer «sin patria ni casta, despojado de la identidad, que se alimenta de la perplejidad». «El azar de un naufragio nos puede llevar a conocer cosas que no esperábamos encontrar, ni en el mundo ni en nosotros mismos”. Fue Laurence Debray quien comentó La bella y la bestia. Diario de rodaje, de Jean Cocteau, un texto en el que, como tantas veces pasa en la vida, “se confunde quién es la bella y quién es la bestia”. Annie Ernaux, la flamante ganadora del premio Formentor, recomendó Marranadas, de Marie Darrieussecq, un libro del que dijo que es “literatura subversiva” de “una elasticidad maravillosa”. Cerró el encuentro Alberto Manguel con Frankenstein, de Mary Shelley. El personaje siempre le ha fascinado. “Es la víctima-modelo. Quiere saber por qué es odiado. El monstruo comparte su suerte con la de Adán —expulsado del paraíso— y, por lo tanto, con todos nosotros. Pero no quiere morir. Ama la vida”.


Contra la condescendencia

El premio Formentor, sostenido con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas, fue otorgado a la escritora francesa Annie Ernaux. Por ello, antes de la entrega del galardón, diferentes personalidades de la cultura debatieron sobre su apuesta literaria. El editor Antoine Gallimard —quien recordó que su padre participó en las primeras ediciones del premio, en los años sesenta, en las que reconocieron a Beckett y Borges— dijo que “la coherencia de Ernaux se debe a una voz que ha encontrado su propia tonalidad a lo largo de los años. Su escritura tiene un doble movimiento: el de las cosas vividas y sentidas”. Miguel Lázaro, editor de Cabaret Voltaire, defiende que en sus libros “encontramos la verdad a secas, su escritura no golpea, corta con la precisión de un cuchillo”. Su traductora al español, Lydia Vázquez Jiménez, asegura que “cada palabra está escogida a conciencia. Por eso te seduce con su escritura”.

Annie Ernaux recibe el premio Formentor

Basilio Baltasar, quien ha logrado recuperar el galardón después de medio siglo, afirma que “los libros de Annie Ernaux son la crónica intimista de una insurrección. Su mirada es insobornable, rechaza el papel que se le adjudicó en la comedia de la vida y, al mismo tiempo, ofrece el testimonio de una mutación cultural”. El poeta Antonio Colinas, miembro del jurado, sostiene que la francesa “apuesta por un realismo sensible y extremado, en el que el lenguaje es un forma de existir”. El filósofo Víctor Gómez Pin cree que “la humillación jamás se supera. Pero Ernaux escapa del nihilismo, su literatura supone un profundo sí”. Elide Pitarello considera que la autora “se propuso ser etnóloga de sí misma”. Y, finalmente, Marta Rebón, también miembro del jurado que ha reconocido a Ernaux, dice que en su literatura “no se transforma la realidad, sino que nos sumergimos de lleno en ella”. “Su yo escapa de todo egocentrismo, pues indaga en en el carácter colectivo. Por eso escribir es, para Ernaux, algo político».

Fue la propia Ernaux quien, en un encuentro con periodistas, reconoció que ha sentido la condescendencia y el silencio durante muchos años. “No tenemos que hablar de literatura femenina porque tampoco hablamos de literatura masculina. Aún tenemos muy marcado en el inconsciente de que la literatura es cosa de hombres”. “He intentado escribir desde la precisión, proponer una literatura de la verdad, para evitar el miserabilismo  y el populismo». «La literatura del yo es muy diversa. La vieja oposición entre autobiografía y novela está superada. Estamos asistiendo a una mutación de los géneros donde cada vez las fronteras están más difuminadas. Lo importante es que el escritor explique su época a sus contemporáneos”, concluyó la autora de Los años.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'Malpaís' y 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2022 y 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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