Maurice Sachs | Foto: Cabaret Voltaire

El Sabbat

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Maurice Sachs | Foto: Cabaret Voltaire

«Uno se hunde como en un pozo hasta la hondo para encontrar un manantial de agua clara. Y mientras más se desciende por las paredes negras, mejor se comprende la soledad infinita en la que se oye resonar, en el silencio del universo, el eco de nuestra voz a la que, al principio, nadie responde. Un paso más y el primer sonido que se percibe ¿no será el lejano rumor del universo que reenvía el eco de nuestra propia soledad?»

Maurice Sachs es la disidencia salvaje hecha literatura: judío colaboracionista, homosexual homófobo y moralista estafador. Frente a los collabo «utópicos», personas de supuesta buena fe que vieron en Hitler la encarnación de un Nuevo Orden Mundial en el seno del cual Francia podría recuperar la grandeza de antaño, surgió una corriente colaboracionista «práctica», sostenida por aquellos que vieron en la ocupación la oportunidad de medrar, de conseguir una buena posición personal y, de paso, saldar deudas contraídas desde la época de la Tercera República; aunque injustificables ambas, la primera facción pudo llegar a hacerse disculpable, no así la segunda, en la que militó, consciente e intencionadamente, Maurice Sachs. Autodeclarado culpable de todas las perversiones, el parisino asumió su responsabilidad casi con indiferencia, y en lugar de escribir unas confesiones en el más puro estilo cristiano del término, redactó una especie de pliego de cargos bajo la forma literaria de una falsa falsa confesión: el resultado se materializó en dos libros, El sabbat (Le Sabbat. Souvenirs d’une jeunesse orageuse, redactado en 1939 y publicado póstumamente en 1946, un año después de su muerte por ejecución), y La cacería (La Chasse à courre, 1997). Este ciclo autobiográfico no es tanto un intento de  justificación ética de una vida que traspasó todos los límites como una declaración estética cuyo peso reside en su incuestionable calidad literaria puesta al servicio del más inexcusable odio hacia el ser humano.

«Imaginar que los pequeños detalles de la propia vida merecen ser contados es dar muestras de una bien mezquina vanidad. Tales cosas se escriben para transmitir a los demás la teoría del universo que uno lleva dentro.» Cita de Ernest Renan incluida como epígrafe.

Es posible que por mala intención, por pereza mental, porque funciona como excelente excusa, o por una hábil combinación de todas, atribuyamos parte de nuestro carácter, sobre todo en el ámbito social, a la influencia de nuestros antepasados -exagerando hasta la extenuación, podemos incluir a aquellos que no conocimos-, cuando lo que deberíamos averiguar es la realidad o realidades a la sombra de las que hemos crecido y cómo la totalidad de experiencias del período formativo ha influido en nosotros. Renegar de los antepasados es el primer paso para alcanzar la autonomía psíquica personal.

«Heredé de mi padre la pereza, de mi madre su falta de equilibrio y su pasión, de mi abuelo Sachs la curiosidad y el amor por las letras, de mi abuela la frivolidad, un cierto buen gusto y una curiosa forma de egoísmo (la más dura) que es, en el fondo, una especie de indiferencia; y de todos ellos, la necesidad del lujo, del desorden, una vena de loco y gran robustez de esqueleto, de los órganos y del alma.»

El hecho es que la temprana sensación de ser diferente -pobre entre ricos, judío entre gentiles- provoca en Sachs, en lugar de la búsqueda de la aprobación de sus colegas, un exacerbado rechazo a la mayoría y la firme disposición a exagerar esa diferencia mediante una reactiva respuesta de diferenciación que la confirme. Enfrentado al mundo por características de las que no es directamente responsable, acepta el reto y combate sin importarle la derrota, revolcándose en el fango del fracaso y esperando llegar a la liberación por medio del autocastigo de forma parecida a los mártires cristianos, esos masoquistas a quienes el castigo elevaba a su máxima realización y que, por tanto, jamás abjurarían de su fe, pues la mortificación había devenido su alimento espiritual.

«Hijo maldito de la hija maldita de la rama maldita de una familia sobre la que pesaba la doble maldición del divorcio y de la ruina, estaba sediento de nuevas maldiciones.»

Cabaret Voltaire

En el otro extremo, en el papel de contrapeso para equilibrar la balanza, se halla el descubrimiento del arte, esa factura exclusivamente humana que eleva al bípedo erecto a la cúspide del reino animal, esa creación inútil desde el punto de vista evolutivo pero fundamental en el desarrollo del homo sapiens y que es el único intento conseguido de contacto entre la humanidad y la naturaleza, la única transcendencia posible no condicionada por la moral ni reprobable éticamente, el único indicio de libertad plena del ser humano. Cómo compaginar ambas ambiciones, la autodestructiva y la artística, es la tarea a la que Sachs dedica su vida. La falta de moral de personajes como el francés no se sustenta en el desconocimiento de las reglas de la interacción humana ni tampoco en un afán enfermizo por la transgresión, incluso ignorando las consecuencias y la motivación, digamos profunda, para subvertir el orden en que se basa la convivencia, sino en la consideración del acto inmoral como éticamente neutro, cuando no aceptable o, en su máxima expresión, digno. No se trata tanto de cometer actos inmorales o de ignorar el juicio moral sobre un acto concreto como de dotar de cualidad moral un hecho claramente punible: ni inmoralidad ni amoralidad, sino un paso más allá, desligando el concepto de moralidad de las nociones del bien y del mal, que podría denominarse transmoralidad.

«Nacido niño varón stop mal educado stop desgraciado stop abandonado familia stop entrado comercio viajó regresó conocido gente stop echado a perder arrepentido entrado seminario stop salido seminario militar licenciado stop busca el orden.»

Si bien la educación de un joven y la forja de su carácter son procesos que se alargan en el tiempo y que vienen condicionados por multitud de factores -entre los cuales, el propio y aparentemente neutro devenir no es de los accesorios-, es probable que exista un hecho, una fecha, una coincidencia a partir de los cuales se pueda considerar que el camino tomado es la primera manifestación de un nuevo ser que surge de la indeferenciación y al que se podrá atribuir una conciencia  unitaria y cerrada; es decir, la manifestación de un individuo concreto suficientemente indemne al posterior paso del tiempo y a la posibilidad de afectación de cambios fundamentales.

«El Maurice Sachs que dejó lamentables recuerdos en muchas memorias (y algunas buenas impresiones en otras, y una mezcla de bien y de mal por algún sitio), el Maurice Sachs turbio, huidizo, amigo de tejemanejes, borracho, pródigo, desordenado, curioso, afectuoso, generoso y apasionado, ese Maurice Sachs se ha ido formando siempre un poco a mi pesar, pero con mi complicidad, y ha dado lugar a ese personaje a veces repugnante, con frecuencia afectuoso, al que doy tanta importancia porque, a fin de cuentas, soy yo, ese Maurice Sachs al que desde entonces apaleé, humillé y del que me alejé, y al que luego animé para hacerlo mejor, del que intenté canalizar los peores defectos y desarrollar las cualidades, ese hombre al que nunca (porque me era más querido que ningún otro) renuncié para encontrar la dignidad humana con su cortejo de virtudes, ese hombre que no lleva mi verdadero nombre, pero del que ya no puedo cambiar su estado civil para darle el mío, porque ya habíamos hecho demasiado camino juntos, ese Maurice Sachs del que espero que con la mano que es la suya y la mía escriba en estas páginas la confesión que cierra un ciclo de nuestra vida, data realmente de aquellos primeros días del año 1922, cuando volví de Inglaterra.»

A los dieciocho años Sachs conoce al hombre que ejercerá la mayor influencia en su vida, Jean Cocteau, y es seducido al instante por su mezcla de localismo y cosmopolitismo:

«Siempre estaré en deuda con Jean Cocteau, pues fue el primero en hacerme experimentar esa profunda voluptuosidad del alma en la que se mezclan la amistad, el sentido religioso, la devoción por lo bello y la veneración por la grandeza, que son una especie de amor que sólo puede florecer en nosotros a una cierta edad, pero que en esa edad es más necesario que el agua y el pan, fervor sin el que la juventud no merece la pena ser vivida»;

Cocteau está en el cenit de su gloria y Maurice tiene la edad adecuada para rendirse a los pies de lo que aquél representaba. Es cierto que posteriormente percibió con claridad sus sombras, pero efecto ya se había producido y la huella había quedado estampada:

«En definitiva, ¿qué aprendimos con él? No mucho, sólo algunas palabras de un léxico que resultaba grotesco en cualquier otra boca que no fuera la suya. ¿Qué recuerdo guardamos de él? El de un espantoso ilusionista que sabía birlar los corazones y sólo devolvía un conejo.»

También por mediación de Cocteau, cuya influencia en la juventud que le rodeaba era inconmensurable, Sachs conoce al Dios cristiano. Fanático de forma casi innata, vive una época de fervor religioso, aunque no tanto creyente, deslumbrado por la idea de un ser omnipotente, por la imagen de Cristo y, sobre todo, por la hagiografía cristiana y la historia sagrada: la parte mítica del cristianismo le conquista porque halla en ella la confirmación de parte de sus ideas sobre la impureza y la redención. Pero también el sentimiento de pertenencia a un grupo -¡con dos mil años de antigüedad!- en el que disolver la responsabilidad sobre actos e ideas individualmente cuestionables. Para una personalidad arrebatada y excesiva, el cristianismo, a diferencia del judaísmo, mucho más estático, es un excelente campo de juego.

«Yo no creía en Dios ni firme, ni agresiva, ni virilmente como hay que creer en Dios o en cualquier otro, yo me abandonaba a la idea de Dios, deliciosamente transformaba un quizás reflexivo en un voluptuoso probablemente

Pero Sachs nunca hace nada a beneficio de inventario: es una cuestión personal de la que saca una enorme satisfacción desde una triple perspectiva: por haber sido admitido en su seno, por haber permanecido fiel el tiempo que se lo propuso y haber sacado de esa experiencia los beneficios privados que buscaba cuando ingresó -pasó una época en el seminario, aunque no está claro si fue por vocación o por huir de sus numerosos acreedores-, y por haber desarrollado la firme convicción, una vez fuera, de no regresar a la disciplina cristiana jamás.

«Espero, en efecto, no conocer nunca otro templo que el de la naturaleza, no adorar sino al sol, no venerar sino el clamoroso miembro que hace al hombre y el vientre profundo que lo lleva, no alabar a otro Dios sino al confuso e indeterminado que es la esencia de la vida material, pues la materia es todo el espíritu.»

Y es que la misma convicción que aduce cuando habla de la paz, del retiro espiritual y del deseo de abstención sexual le sirve para echarse atrás en sus propósitos cuando llega, en unas vacaciones del seminario, la primera tentación.

Es cuanto menos curioso el placer y la recompensa que halla un sujeto tan individualista y misógino en organizaciones tan gregarias como el seminario y el ejército. Es cierto que la alta jerarquización libra al individuo de la responsabilidad en la toma de decisiones, que se diluye entre las órdenes de los rangos superiores y el sujeto colectivo de quien no tiene más tarea que obedecer, pero la predilección de Sachs parece motivada, ante todo, por las posibilidades de un homosexual en tales ambientes, así como por la posibilidad de disentir y desobedecer, mediante un complejo sistema de sobreentendidos y conductas equívocas, a una superioridad omnipotente pero difusa, como si se tratara de una competición consistente en transgredir las órdenes sin la posibilidad de ser reprimido por falta de pruebas, a pesar de ser posible una atribución indudable de la transgresión.

En el fondo, la relación de Sachs con su homosexualidad es altamente conflictiva: intenta ocultar bajo la máscara de una supuesta justificación metafísica una homosexualidad absolutamente instintiva y procaz; teoriza, en un fragmento que dedica a las mujeres, con la supuesta superioridad del amor inter pares, pero se muestra completamente arrebatado, sin que quepa aducir ninguna justificación, ante la primera oportunidad homoerótica con que tropieza. Atribuye a las mujeres con las que ha mantenido relaciones sexuales una serie de carencias afectivas, morales e intelectuales que se guarda muy mucho de exigir a sus amantes masculinos. Aunque es cierto que las tres personas decisivas en la vida del joven Sachs fueron tres hombres: Jean Cocteau, Max Jacob y André Gide; y que no se trata únicamente, que también, de admiración, sino de una cierta búsqueda de aprobación de esos personajes públicos de notoriedad -a quienes, con toda seguridad, aspiraba a parecerse- con los cuales compartía más pretensiones personales que literarias, un espejo en el que le huibiera gustado verse reflejado.

«Nunca me sentí peor que cerca de Cocteau, nunca mejor que cerca de Gide (y sin embargo, y estas son las contradicciones del ser, estuve mucho tiempo empleado al servicio de Cocteau con la habilidad de que era capaz, mientras que nunca supe ser útil cerca de Gide).»

En su búsqueda de reconocimiento se traslada desde los notables hombres de letras, dado que Sachs parece sospechar que el acceso por esta vía le está vedado, hasta la sociedad del faubourg Saint-Germain, donde podrá añadir a la consideración profesional la notoriedad social de la rive gauche, donde existe la mayor concentración de guapos, ricos y famosos de nuevo cuño de todo París. Sachs no busca tanto un ascensor social para acceder a una sociedad, unas relaciones y unas maneras que le procuren grandes beneficios, sino hacer coincidir su situación en la escala social con la ambición natural de estar destinado desde su nacimiento a grandes alcances. Pero tampoco ese intento de trasvase tuvo éxito: el orgullo de Sachs no resistió el grado de servilismo que la alta sociedad exige a quien, desde otra posición de partida claramente inferior, pretende acceder a ella. Abandona, pues, el intento, pero con la clara determinación de triunfar socialmente por su suenta para poder vengarse con posterioridad desde una posición que habrá alcanzado sin necesidad de renunciar a su vanidad.

«En mi caso, me hizo el mencionado favor de animarme a escribir un libro, que nunca publiqué, pero que me sentó muy bien escribir. (¡Es extraordinario cómo la composición de una novela le vacía a uno de humores! Se sudan las amarguras exactamente igual que se transpiran las acideces al hacer gimnasia. Probablemente es por lo que todo el mundo escribe hoy en día: por higiene, nuestra época es la más higiénica que haya conocido nuestra civilización; pero una vez escritos, es recomendable no publicarlos, pues toda publicación genera nuevos humores.)»

Y para satisfacer esa aspiración, cualquier camino, desvío o atajo son válidos: robo, estafa, engaños y abusos legitimados en nombre de un bien superior. El periplo hacia el éxito -secundario- y el reconocimiento -principal- de Sachs rinden destino hacia América, lugar en el que se dedica a gestionar una exposición y a dar una gira de conferencias sobre temas acerca de los cuales su competencia es más que discutible -pero que los norteamericanos sobrevaloran por provenir de la vieja Europa-. Tampoco obtuvo los frutos esperados esta huida, tuvo que verse desenmascarado como impostor y forzado a escapar de nuevo de regreso a Europa tras una desgraciada y falaz aventura matrimonial mal planeada y pésimamente materializada. El regreso a París, en compañía de un amante americano, no significa más que volver a la situación altamente precaria que dejó atrás cuando viajó a América, a pesar de los nuevos sablazos a los amigos y conocidos y al empleo en la Nouvelle Revue Française que le consiguió André Gide.

«Es agradable, cuando se sale de la prisión de un vicio -de una locura o algo así- y cuando se sabe que la libertad sólo serviría para, de nuevo, lanzarle a uno a esa espantosa cárcel – es agradable ser prisionero de la razón.»

Pero Sachs no parece hecho para la estabilidad; la holgazanería, el dispendio constante, la prodigalidad y la recaída en el alcoholismo siguen condenando cualquier propósito de enmienda, y las contadas oportunidades para enderezar su vida acaban invariablemente fracasadas.

«Â¡Curioso testamente el de este libro! Un pobre libro que describe a un personaje bien miserable. Me hubiese gustado retratar otro hombre: un ejemplo a seguir y no a evitar. También me hubiese gustado que el trabajo literario hubiese sido superior, oculto entre las preocupaciones del artesano. Pero todo me ha fallado. He fracasado en todo. ¿Esta obrita podría escapar a mi destino? ¿Me liberaré de la mala suerte? Quizás sólo me vaya para intentar, de nuevo, escapar a la ronda infernal del sabbat.»

Alta literatura para estómagos resistentes.

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

1 Comentario

  1. Wow, increíble. La selección que has hecho de algunos pasajes cortan la respiración, a saber cómo será al completo. Ganazas de leerlo, gracias por la recomendación

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