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Ficticios comentarios

Stanislaw Lem | Foto: WikiMedia Commons

En literatura lo importante no es solo lo que se dice sino cómo se dice, y no se trata aquí del estilo, que es el azúcar que le da el dulce a lo que se narra, sino de su formato. Hay muchas maneras de dar a conocer el mensaje que vive en la mente de quien escribe, o, puesto en términos más utilitarios, de narrar una historia. Experimentos literarios ha habido y sigue habiendo, y muchos son tan exitosos que, luego de años, terminan por dejar de ser innovadores y pasan a ser una herramienta más en el arsenal del escritor.

El ensayo falso y la reseña de libros inexistentes son otras de muchas formas de producir ficción. Tienen su antigüedad; ya Borges escribió una semblanza sobre el ficticio Herbert Quain y sus novelas, así como un comentario académico a la obra del falso hereje Nils Runeberg. También tienen su truco; requieren de credibilidad. No la credibilidad detrás de los hechos a los que el autor hace referencia, que pueden ser fantásticos, fuera de toda realidad posible, sino a la manera en que escribe sobre ellos. Reseñas y ensayos tienen códigos diferentes a los de un relato o una novela. No es lo mismo contar la historia de un robot que se descubre poseedor de consciencia, como haría un Isaac Asimov, a escribir acerca de cierto libro rico en terminología cibernética y matemática en el que se plantean los principios teóricos detrás de dicha consciencia artificial, como haría un Stanisław Lem.

La vida de Lem fue curiosa. Polaco y burgués de nacimiento, judío por herencia más no convencimiento, creyó que era ario hasta que estudió a detalle las leyes de Nüremberg. Desde joven se inclinó por las ciencias duras y la literatura, pero estudió medicina en la universidad de Lépolis, asunto que dejó sin concluir para evitar ser un médico en el ejército soviético. Hizo nombre como autor de ciencia ficción sin compartir el optimismo tecnológico de aquellos años, y despreció con pasión lo que se escribía al otro lado del telón de acero. Sobre todo si venía de los Estados Unidos. No por sentires patrióticos o ideológicos, sino por gigantismo intelectual. En su opinión, nadie por aquellas tierras sabía lo que tenían entre manos, ninguno parecía poseer el talento para sacar provecho a los alcances del género. Nadie, salvo Philip K. Dick, quien en opinión de Lem era el único autor que sabía exprimir ideas nuevas, miedos nuevos, a las ricas posibilidades de la ciencia ficción. Tanto era su aprecio por él, que participó en la traducción de su novela Ubik, incluso a sabiendas que el respeto no era mutuo. Dick, en su conocida paranoia, dudaba de la existencia de Lem. Lo consideraba una personalidad falsa; una simulación ontológica creada por un grupo de espías del Partido Soviético para conquistar América por medio de la infiltración cultural. Escribió una carta al FBI en la que detallaba sus sospechas, y el documento debe seguir guardado en algún archivo. En Estados Unidos no se apreciaba mucho al polaco; su membresía honoraria como miembro de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción fue revocada en 1976. Lem tan solo se encogió de hombros.

Su vasta cultura y erudición fueron las constantes con las que construyó literatura. En algunos casos cómica, como las aventuras de Ijon Tichy en Diario de las estrellas, otras veces sobria, rayana en la sequedad académica, como La voz del amo o La fiebre del heno. Se le conoce en especial por la que se considera su obra maestra, Solaris, llevada al cine primero por Tarkovski, después por Steven Soderbergh. De la versión del ruso, Lem no tuvo muchas cosas buenas que decir, a pesar de haber ayudado en la escritura del guión. De la del americano, aunque tuvo la cordialidad de admitir no haberla visto, comentó que, hasta donde él sabía, su libro trataba sobre asuntos mucho más trascendentes que los dramas eróticos de la gente en el espacio.

Impedimenta

A la sombra de Solaris, o en paralelo, la Biblioteca del siglo XXI podría ser vista como su trabajo más ambicioso y de mayor alcance en terrenos de lo ficticio. Una serie de reseñas, prólogos y críticas literarias a la obra de autores inexistentes, ideas para cuentos y novelas que el propio Lem quiso escribir, pero a las que no encontró tiempo, o la voluntad física, para fabular en el papel. Vacío perfecto, Golem IV, Magnitud Imaginaria, y ahora Provocación (2020), todos editados en nuestra lengua por Impedimenta y con la pauta de calidad, en contenido y materialidad, con la que han hecho nombre.

Aquí hay cuatro documentos, cada uno en un estilo propio y enfocado a un asunto diferente. La primera reseña se dedica a Der Völkermord (El genocidio), ensayo a nombre de un tal Horst Aspernicus, un antropólogo alemán que se propone dar una interpretación del Holocausto más allá de los criminales alemanes y las víctimas judías. Más de una vez se han escrito cosas atroces sobre el hombre contemporáneo, menciona Lem en las primeras líneas, y a continuación considera por separado las dos secciones en las que se divide el libro del germano. La primera, Die Endlösung als Erlösung (La Solución Final como salvación) comienza con la antropología de los genocidios, sus razones funcionales en el pasado remoto para evitar represalias de las etnias vencidas sobre las vencedoras, y la manera en que estas justificaciones prácticas en el pasado dieron lugar a alegatos meramente sentimentales, religiosos o nacionales como motor tras los montones de cadáveres apilados por las ideologías extremas del siglo pasado. La segunda parte, Fremdkörper Tod (Muerte del cuerpo extraño) toma los análisis anteriores y los utiliza para sugerir como los genocidios armenios y judíos fueron la tierra de cultivo de la que surgieron los diversos movimientos terroristas en los últimos cincuenta años.

La segunda reseña se dedica a One Human Minute (Un minuto humano), escrito por J. y S. Johnson, sobre los que Lem se pregunta si serán un matrimonio, hermanos o un mero pseudónimo. Nada excita más a los editores y a los autores que un libro que nadie necesita leer, pero que todos deberían tener, dice, y pasa a hacer crítica ligera a textos como El libro Guinnes de los récords y la insatisfacción ociosa que causan la tecnología y los grandes medios de entretenimiento, representados en ese entonces por la televisión por cable, pero que hoy bien podría ser cualquiera de las inagotables proveedoras de video por streaming. Con esto Lem pone contexto para entender la clase de público que se interesaría en One human Minute, un estudio hecho por los Johnson sobre todo lo que ocurre alrededor del mundo en un solo minuto: cuantas muertes por accidente automovilístico, por suicidio, por asfixia erótica, por aborto, por asesinato, por accidente o por descuido. Cuantas personas tienen sexo, cuantas personas lloran, cuantas nacen, cuantas se lamentan por haber nacido, cuantas planean golpear a sus esposas, cuantas acuchillar a sus maridos. Cuantos litros de sangre se derraman, cuantas lágrimas se lloran. Los Johnson, reseña Lem, se apoyan en tablas y datos para sostener su ensayo, y la pregunta obvia es si el propio Lem hizo algunos de los cálculos que aquí se mencionan, o si los inventó. En realidad no hace diferencia; los números son tan grandes que solo tienen relevancia en el mundo de la abstracción intelectual.

The World as Holocaust (El mundo como holocausto) se presenta como la introducción a un ensayo sobre cosmología (jamás) escrito por el mismo Lem, ya que no se da el nombre de ningún otro autor. Con su argumento intenta recuperar la posición de importancia que el ser humano solía tener en el centro del Todo, previo a la revolución copernicana y el descubrimiento del Big Bang. Posición renovada que tiene su base en las leyes del azar que permiten no solo el surgimiento y preservación de la vida, también de la inteligencia, el conocimiento y la civilización, entre el caos de supernovas e impactos de asteroides en el ambiente estelar que recorre nuestro sistema planetario en su trayecto alrededor de la Vía Láctea. Los datos técnicos abundan y el estilo es austero, más propio de un documento para profesionales en la materia que para el público de un divulgador. Hay detalles en las ideas que Lem tiene sobre la casualidad, y su rol en la aparición y evolución de la vida, que recuerdan un poco a Pierre Teilhard de Chardin, incluso si ambos hombres defendían metafísicas opuestas: el francés asignaba a la vida y la evolución en la Tierra una condición teleológica, una dirección hacia un punto omega de máxima consciencia; el polaco se ubicaba en los parámetros de la mera casualidad del materialismo duro, el yugo de los números grandes. Aún así, es difícil concluir esta lectura sin tener una nueva apreciación del delicado balance cósmico que permite, para bien o para mal, que la historia continúe en este planeta.

Con una nota inicia Lem su comentario del último libro, Weapon Systems of the Twenty First Century (Sistemas armamentísticos del siglo veintiuno): promete que se trata de un texto venido del futuro que, por razones que se niega esclarecer, cayó en sus manos. Intenta dar pruebas con una pregunta retórica; ¿existe mejor manera de ocultar información venida del futuro que codificándola en novelas de ciencia ficción, conocida por sus cualidades predictivas? En este punto Lem se adentra en la metaliteratura, y la propia Impedimenta le sigue el juego con un pequeño guiño a su propia edición de La voz del amo (2017), en la que el autor menciona cierta doctrina propia de la carrera armamentista de los años por venir. Por desgracia es ahí donde se detiene, y quienes quisiéramos saber más sobre la manera en la que este supuesto libro cruzó los prados del espacio-tiempo tendremos que recurrir a nuestra imaginación. A partir de aquí, Lem elabora de manera un poco trabajosa los desarrollos bélicos y su filosofía de creciente destrucción que, sin que nadie lo sospeche, dará origen a una revolución de la robótica que dejará al aparato militar al borde del desempleo.

Aunque se trata de un libro delgado que no llega a las 200 páginas de texto, no es una lectura ligera. Lem nunca lo fue. Ya sea en el desarrollo obsesivo de una o dos ideas, o una variedad de conceptos, sus páginas siempre están llenas de información que muestra el gran alcance de su conocimiento y la maestría en los estilos narrativos: su novela La fiebre del heno es una trama policiaca embutida de las matemáticas de la probabilidad, sobria, rígida y un tanto aséptica; El hospital de la transfiguración es el testimonio agridulce de la vida en un psiquiátrico olvidado, mientras que su cuento Máscara es una tragedia espacial exenta de los rigores de la ciencia ficción dura, en casa dentro de los bosques de la fantasía científica. Fue llevado al cine de stop motion por los hermanos Quay en 2010, y es hasta la fecha una de las joyas más brillantes en el catálogo de los dos animadores.

Provocación fue traída por Impedimenta, casa en la que Lem ha encontrado buen cobijo en los últimos años con esas ediciones tan coquetas que a todos nos gustan, pero el trabajo de traducirla del polaco al castellano fue doble. Gracias hay que darle a Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz por su tiempo. No debió haber sido fácil, en parte por las sutilezas de aquella lengua eslava, en parte por el peso de la información que hay aquí adentro. Lo que nos llegó a las menos es testimonio de las grandezas que se logran cuando se aman a los buenos libros.

Etiquetas: Big Bang, Borges, ciencia ficción, Estados Unidos, Isaac Asimov, La voz del amo, Philip K. Dick, Provocación, sexo, Solaris, Stanislaw Lem

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

J. Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Su libro 'Historias naturales' ganó el premio único, en el género de cuento, de X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018. Vive en Barcelona y trabaja en su primera novela.

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