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Ficción documental

25 noviembre 2019 Críticas, Portada

Valeria Luiselli | Foto: Sexto Piso

“Supongo que todas las historias comienzan y terminan con un desplazamiento; que todas las historias son en el fondo una historia del traslado: nuestra mudanza hace cuatro años; las mudanzas previas de mi marido y también las varias mías; las mudanzas, exilios y migraciones de cientos de personas y familias que habíamos entrevistado para el proyecto del paisaje sonoro; la diáspora de niños refugiados cuya historia iba a intentar documentar; y los despojos y desplazamientos forzados de los apaches chiricahuas, cuyos fantasmas mi esposo comenzaría a perseguir en breve. Todo el mundo se va, si necesita irse, o puede irse, o tiene que irse. Y al día siguiente, después de desayunar, lavamos los platos que quedaban y nos fuimos”.

El origen de Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019), novela de Valeria Luiselli, se encuentra en 2014, cuando la escritora mexicana comenzó un proyecto de novela alrededor de la llamada crisis migratoria, en especial la que afecta a los niños; pero según avanzaba y su implicación era mayor a un nivel personal y profesional, Luiselli dejó de lado la novela para escribir un ensayo, Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016). Una vez publicado y la escritora liberada de cierta presión, pudo llevar a cabo la escritura de Desierto sonoro, obra que tiene tanta relación con aquel ensayo en cuanto algunas cuestiones temáticas como completa autonomía en tanto a su carácter de ficción.

“Nunca está del todo claro qué convierte un espacio en un hogar, o un proyecto de vida en una vida”.

En Desierto sonoro, un matrimonio abandona junto a sus hijos su cotidianidad para emprender un viaje por Estados Unidos desde Nueva York hasta el sur del país después de haber emprendido un trabajo en la ciudad basado en registrar los sonidos más emblemáticos o distintivos del ecosistema urbano. La pareja tiene dos hijos, pero la niña es hija de la narradora y el hijo, segundo narrador de la novela, del padre. Desde el inicio, hay algo que no fluye en la relación entre ambos y la narradora tiene la sensación de que, quizá, este sea el viaje que certifique el inicio de su ruptura. Tensión que acompaña a los narradores en todo momento, consciente de que, quizá, este sea el último viaje juntos.

Sexto Piso

A partir de esa premisa de viaje, de búsqueda, de exploración, Luiselli escribe una novela en movimiento, tanto externo como interno, que comienza narrando la madre en primera persona para, en un momento dado, ceder el punto de vista al hijo, quien se dirige expresamente a su hermana, más pequeña que él durante el viaje, para que pueda entender qué es lo que pasó durante aquellos días. Luiselli enfrenta dos miradas complementarias y dos mundos, adulto e infantil, para poner de relieve la manera en que se articula el relato desde una mirada y cómo se reformula desde otra. Hay en ambos casos un deseo de testimoniar, de dejar constancia acerca de unas realidades. No en vano, la narradora quiere documentar acerca de los niños que cruzan la frontera de México hacia Estados Unidos, en muchos casos solos, perdiéndose en el desierto o en centros de detención, en una diáspora que no solo denuncia abiertamente, sino que busca profundizar más allá de lo meramente discursivo y, cuando no, mediático. Por su parte, el marido se desplaza para documentarse sobre el genocidio de los nativos norteamericanos. Ambos proyectos, en apariencia tan separados y, a su vez, en lo que se refiere a los personajes, tan personales, confluyen en una mirada amplia a una problemática cuya realidad presente tiene raíces muchos más profundas, históricas.

“Nadie considera el panorama más amplio, en un sentido histórico y geográfico, cuando se habla de la migración. La mayoría de la gente piensa en los refugiados y en los migrantes como un problema de política exterior. Pocos conciben la migración sencillamente como una realidad global que nos atañe a todos”.

Luiselli usa diferentes registros literarios en Desierto sonoro para complejizar un relato, a priori, asentado en una base sencilla, como es el viaje de la familia y sus problemas personales. Así, la escritora entreteje una narración que se mueve entre lo íntimo y lo general, en la que, como buena historia de carretera, el movimiento externo influye en los personajes. Los paisajes que recorren, cada parada, cada hotel y motel y cada habitación, conforma un relato en el que los personajes se mueven en un presente continuo que mira al pasado, que cohabita con su presencia y en busca de aquello que permanece, de una manera u otra, en la actualidad. Luiselli lleva a cabo un trabajo literario de gran hondura introduciendo dentro de la ficción, fotografías e imágenes, sonidos, diferentes tonos genéricos e inventarios que evidencian las fuentes tras la novela, ampliándola y enriqueciéndola; incluso, aparece una novela dentro de la novela. Desierto sonoro documenta a través de la ficción un viaje y sus implicaciones en diversas direcciones, pero también documenta su proceso de creación, pero no a través de un simple juego metaliterario, sino para mostrar la dificultad inherente al deseo de documentar una(s) realidad(es), los diferentes puntos de vistas que construyen lo real y la complejidad de conseguir que todo confluya en un conjunto cerrado.

“No hemos entendido la forma exacta en la que ahora se experimenta el tiempo. Y quizás la frustración del niño al no saber qué fotografiar, o cómo encuadrar y enfocar las cosas que observa desde el coche, mientras atravesamos este paisaje extraño, sea simplemente un signo de cómo nuestras maneras de documentar el mundo resultan insuficientes. Tal vez si encontramos una nueva manera de documentarlo empezaremos a entender esta nueva forma de experimentar el tiempo y el espacio”.

A través de las páginas de Desierto sonoro, sobre todo cuando la narradora es la madre, la escritora mexicana se adentra en la duda, en el cuestionamiento, no solo hacia la realidad y el ordenamiento social y político del mundo; también sobre cómo desde la ficción se ayuda a construir el mundo. En este sentido, y no solo por aquellos temas que aborda, Desierto sonoro es una novela política, aunque no se presente como instrumento o vehículo para unas ideas. Lo es porque plantea nuevas formas de construir la ficción, y lo hace, además, desde una base en apariencia convencional que se ocupa de ir transformando según avanza el relato, con ese cambio afortunado de punto de vista, aunque regrese puntualmente al de la madre, para dar voz al niño y representar pasajes anteriormente transitados desde la narración inicial de una manera diferente: “la imaginación de los niños desestabiliza nuestro sentido adulto de la realidad y nos obliga a cuestionarnos los fundamentos mismos de esa realidad. Sin duda, cuanto más tiempo pasamos rodeados de niños, desconectados de otros adultos, más se filtra esa imaginación por las grietas de nuestras endebles estructuras”.

“Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva”. Así, Luselli compone una magnífica novela cuyo presente ficcional se abre hacia otros tiempos y otros espacios; hacia otras voces y hacia otros paisajes, en un relato sobre esos niños que abandonan sus hogares en busca de otra vida y que en muchos casos quedan varados, perdidos o desaparecidos. También sobre los lazos íntimos, familiares y emocionales que conforman un grupo familiar compuesto de individualidades como representación de la levedad que sustenta, de manera global, las conexiones sociales actuales. Una novela que, a su vez, ahonda sobre la relación del sonido, el espacio y el tiempo y su interconexión, a través de la palabra, de la literatura, dando forma a una mirada que busca ser no tanto original como nueva al posarse en aquellos lugares que ya han sido transitados con anterioridad. Para, finalmente, entregar una novela profundamente humana tanto en su acercamiento a los personajes como en su mirada hacia la realidad, para preguntarse, en última instancia, qué es lo que actualmente significa ser humano y, a su vez, y en relación con esa cuestión, plantearse cómo seguir construyendo ficciones y documentado el mundo en un contexto de deshumanización en el que parece haberse perdido todo interés hacia el otro y hacia sus construcciones de la realidad. Ahí reside una de las grandes aportaciones de Desierto sonoro: que no da una respuesta certera, pero sí se erige como la demostración de que, en el fondo, y a pesar de todo, se puede seguir creyendo en la importancia de seguir haciéndolo.

“Los comienzos, los desarrollos y los finales son sólo una cuestión de perspectiva. Si nos vemos forzados a elaborar una historia en retrospectiva, la narración se articular selectivamente en tornos a los elementos que parecen relevantes, saltándose todos los demás”.

Etiquetas: Desierto sonoro, documental, imágenes, México, Nueva York, paisaje, Valeria Luiselli, viaje

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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